El Códice Purpúreo. Herminia Luque Ortiz

Si se ofreciese a un lector un ejemplar sin tapas de la misma, éste no dudaría en aceptarla como un auténtico texto del siglo IV

         


No, no es Herminia Luque Ortiz narradora dada a amilanarse, al contrario, tengo para mí que no solo acude con ganas a los retos literarios, sino que se los impone como manera de crecer como escritora.

Con El Códice Purpúreo, su tercera incursión en la narrativa, tras la desgarrada, veraz y tortuosa de amor de Piscinas de Enero (www.publicatuslibros.com, 2009) y la intimista e inquietante Bitácora del Poseidón (Paréntesis, 2010), Luque Ortiz afronta el desafío de narrar una novela epistolar y, a mayor abundamiento, coral y sale, del nuevo reto, airosa.

De entrada, no es El Códice Purpúreo, novela histórica al uso, es decir, de esas en las que los cavernícolas razonan como jurisconsultos de Harvard, los personajes (sean de la época que sean) hablan como urbanitas del siglo XX, cada dos por tres aparece en una biblioteca el futuro de la humanidad a nivel de lista de la compra, las tramas se plagian sin recato de los más abyectos culebrones y, para cumplir con el paripé histórico, cada x capítulos se incrusta uno copiado de la Wikipedia sobre las características de la época de turno.

Luque Ortiz rehuye todas esas trampas comerciales (y, a la larga, inútiles) para empaparse con rigor del siglo IV (época convulsa e incierta en que el Cristianismo aún pugnaba para imponer su homogeneidad como fuerza cultural, social e institucional dominante) y deja que afloren sus conocimientos a lo largo de la narración, con fluidez y naturalidad.

Además, con inteligencia de narrador, la autora se disuelve en la más de una veintena de personajes que pueblan la novela, pues es la única manera de concederles personalidades y perfiles propios y distinguibles, consiguiendo que ante el lector “desfilen” creíbles y vivaces los esclavos, nobles, intelectuales y orates que integran lo que hoy llamaríamos “entorno” de la protagonista del texto, Avita, una joven de abrupta e inesperada muerte cuya figura se quiere convertir , por aquellos que la conocieron, en una protomártir del Cristianismo.

La novela se desarrollará a través de trece cartas intercambiadas entre los distintos personajes, escritas con la prosa culta y lírica que corresponde a unos tiempos en que el alfabetismo era un privilegio, una prerrogativa y una anomalía. Cada punto de vista (a veces tan distinta como opuesta), cada motivación ( tan válida como equilibrada) y cada porqué (tan justificado como justificable) se tallan por la autora con escrúpulo y detalle, mientras, al tiempo, hace avanzar, inadvertidamente, la trama de la novela que gira en torno a las intrigas que giran en torno a la, nada inocente, manipulación de la figura de Avita para convertirla en icono de la incipiente religión cristiana.

Herminia Luque supera con engañosa facilidad y sencillez el triple reto que se ha propuesto para entregar una extraordinaria novela. Me atrevo a afirmar que, si se ofreciese a un lector un ejemplar sin tapas de la misma, éste no dudaría en aceptarla como un auténtico texto del siglo IV. No creo que quepa mejor aprecio de este excelente “Códice Purpúreo”.

Paréntesis, 2011

Luis de Luis
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