Neuromante. William Gibson


Doctores tiene la Iglesia que han acomodado la novela en el más elevado de los altares y bautizado como hito, túmulo y mojón que señala un antes y un después

El cielo sobre el puerto, y tal


No seré yo ¡Dios me libre! Quien ponga en duda los conceptos internaúticos y cyberespaciales desvelados con profética visión y milimétrica precisión por William Gibson en su ya lejana (se publicó en 1985) y mítica Neuromante. Doctores tiene la Iglesia que han refrendado, evaluado y calificado la novela como anticipatoria, visionaria y genial la novela.

novela incomprensible y pretenciosa, vana,
 vacua y ¡encima! letalmente aburrida

Tampoco seré yo ¡Dios me siga librando! quien ponga el dedo en la llaga sobre la depurada e innovadora prosa de la novela. Doctores tiene la Iglesia que la han calibrado como ajustadamente bella y marchamado como espléndida y atroz en simultánea comunión.

Y menos aún seré yo ¡Dios continúe librándome! quien hurgue en las entrañas de tan sacrosanto texto, incorrupto en su gloria cual brazo de Santa Teresa, e intente entender al menos un algo de su compleja construcción, su panorámica cosmovisión y su exquisita arquitectura concebidos para propulsar infinitud de miradas y catapultar abanicos de interpretaciones a cual más exacta o indefinida. Doctores tiene la Iglesia que han acomodado la novela en el más elevado de los altares y bautizado como hito, túmulo y mojón que señala un antes y un después, un mientras tanto y un durante en la evolución no ya (que también) de la historia de la literatura sino de la de la Humanidad.

Pero si seré yo, con la autoridad que me confiere no haber llegado en el escalafón eclesial ni siquiera a monaguillo, quien se cisque en las entendedoras de los malhadados Doctores: ¡Dios les confunda y corrompa su maltrecha sabiduría!

Es Neuromante novela torpe y confusa; novela artificialmente enrevesada, farragosa y equivocada; novela incomprensible y pretenciosa, vana, vacua y ¡encima! letalmente aburrida. Después acabada la lectura de este coñazo infame y sobrevalorado que tantos ilustres, sabios y eruditos pontifiquen ad nauseam sobre sus inagotables virtudes me confirma una sola certeza: que del libro no se han leído ni la solapa ... ¡y así cualquiera habla bien!

Minotauro, 2006
Luis de Luis
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