El Hospital de los Dormidos. Francisco García Pavón


Reflexión serena, lúcida y sabia; una mirada libre que, despojada de prejuicios y condicionantes, encuentra que una vida es solo una farsa, un escenario poblado de personajes acribillados de extrañas melancolías

A modo de despedida


Fue en 1981 cuando Francisco García Pavón publicó El hospital de los dormidos. El autor cumplía, por aquel entonces 62 años, edad suficiente, edad sabia para concederse volver la vista atrás; máxime en alguien que había vivido –se dice pronto- dos dictaduras, una república, una guerra civil (con posguerra adjunta) y una incipiente democracia. 

arrebatados de melancolía

Así, la novela -la última de la serie de Plinio- tiene un “aire” a despedida: de una época, de una vida, de unos recuerdos. Plinio y Don Lotario deambulan más que nunca por Tomelloso diciendo adiós a personas, recuerdos y lugares (cuando pasan los años recordamos que en cada calle del pueblo nos quedó un capitulillo de nuestra vida). 

Y conversan, conversan mucho, desmontando certezas (Toda la historia de España es un depósito forense. Las guerras nunca nacen de verdaderos enfrentamientos ideológicos, religiosos o militares sino de la obsesión del hombre de convertir en tierra a sus semejantes) arrebatados de melancolía (Las mismas luces de siempre Manuel. En fila, solas y sin esperar nada, alumbrando para nadie) evocando los antiguos parajes ya desaparecidos (esos sarmientos dieron las uvas de la guerra ; que la Mancha se haya quedado sin Guadiana no había pasado en la historia; quien nos iba a decir que los cuartillejos de Tomelloso de hace cuarenta años se iban a convertir en estos elegantes hospitales del pito) , extrañados de un presente al que ya no pertenecen (cada uno es de la música con que nació. Es lo más difícil de quitarse de las orejas; la gente de estos tiempos es muy especial, quiero decir muy diferente a nosotros; Así que la gente tuvo más dinero y la posibilidad de hacer cosas diferentes, va a los mismos sitios, con los mismos coches y viendo desnudas las mismas miserias) durante un recorrido en que los muertos –absurdos y grotescos- se hacen una compañía obsesiva (¿ Y los muertos?. Mucho más distraídos, seguro. El gusanillo que te empieza comer el ojo derecho, el otro que se te meterá mañana por el testículo zurdo, el riñón que te explotará mañana de tan hinchado de la orina póstuma… hasta que luego ya hecho esqueleto, solo oigas los ruidetes de los huesos que se te desencajan solos y también te lo pases estupendamente; 
 En la boca entreabierta, entre los malos y escasos dientes del pobre, como si se le hubiera sido completamente imposible tragárselo tenía encajado un escombro triangular con pajillas que entresalían del yeso. Amante de tener así la boca tan abierta, el gesto del muerto parecía sin susto, tranquilo.; 
El pobre Don Manuel quedó en la casa en una postura muy fea, ya que no pudieron estirarle las piernas y hubo que ponerlo de perfil en una caja anchísima, como en cuclillas ; 
entre tía amortajada y esposa viva me quedo con la del pelo amidonado; 

y estás toda la muerte viendo la tapa de los caja por dentro, y luego la bovedilla del nicho, y luego la calavera del tonto del pueblo que te toque encima, o el fémur del cura en castigo por no haberle confesado nunca, encima de los dientes amarillos, toda la eternidad) . 

Y no, no es, sin embargo El hospital de los dormidos, un largo y postrer lamento o una ácida diatriba final. No hay en la novela amargura, resquemor o ajustes de cuentas; es, al contrario, una reflexión serena, lúcida y sabia; una mirada libre que, despojada de prejuicios y condicionantes, encuentra que una vida es solo una farsa, un escenario poblado de personajes acribillados de extrañas melancolías que permiten que un sacerdote muera repentinamente escuchando la retahíla de pecados de una beatilla tan hermosa y de ojos tan tristes, que un novio aguarde dormitando –frente a la puerta de una iglesia– derrumbado en un sillón la aparición imposible de una novia fugada ,que un vecino muera aplastado por una pared derrumbada a ronquido limpio y que una prostituta conceda a sus clientes, con sus abrazos, sueños ocultos, secretos y anhelados. 

Y es que está es una novela muy onírica donde los personajes narran sus sueños dormidos (tacones amarillos, orejas bajo el sujetador…. Que sueños más cenizos; sino lo digo por mí sino por lo que sueño, luego contó Plinio que cuando sonó el teléfono estaba soñando; ) y despiertos (déjate de imaginación, son sueños … Cuando uno no está consciente es cuando ve las cosas buenas, yo no estoy loco ) porque los “dormidos“ del título son solo personas que, ajenas da la realidad (o tal vez, conscientes de ella) se dejan embriagar de placer meciéndose entre los brazos de una prostituta de nalgas espléndidas; sueños que callan porque “cuando se despabilan por ahí, todos se callan, porque son casados, padres y hasta abuelos”. 

Sueños como el que García Pavón concede a Plinio, a quien acunará la prostituta para otorgarle un sueño que quedará oculto para los lectores –antes de despedirse definitivamente de él dejándole perderse en la lejanía, junto a Don Lotario discutiendo ambos de lugares y objetos, ya lejos de la memoria, ya ajenos al recuerdo, aferrados a la evocación ya que de todo lo que fue queda algo en esta vida. 

Amén. 


Rey Lear, 2011,

Luis de Luis 

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