El coleccionista de niños. Stuart MacBride


Como las estrofas del inmortal himno de Gaby, Fofó y Miliki, El Barquito Chiquitito: y si esta historia parece corta/ volveremos, volveremos a empezar

   


Vamos a ver, la cosa va como sigue: un policía de estos que se llevan ahora (léase, llorica, con sus traumitas a cuestas, sus heridas mal cerradas y un preocupante principio de alcoholismo) va a la caza de un psychokiller de estos que se llevan ahora (versiones gore de Holden Caulfield con infancia mutilada, madre tocapelotas, desubicación existencial y afición malsana por la infancia).  

un coñazo de novela, vamos

Bueno, pues el caso es que va el psycho a la caza y captura de tiernos infantes, les da bambú y les deja hechos un cristo, luego aparece el poli y lo descubre (al finado, se entiende) y se lleva al cadáver a los forenses, quienes se vienen arriba en tablas y se dan un homenaje desvelando los secretos que atesoran los entresijos, gallinejas y casquería surtida del otrora saludable impúber. El poli, alma sensible aunque cotilla asiste con macabra fascinación a las operaciones de desguace y despiece y, claro, acaba por asquearse y, para recuperarse, se taja en el primer bar que encuentra a mano y, hasta que se desploma completamente mamado, deja pasar el rato deleitando su retina deslizándola por los lomos de su muy wenorra compañera de patrulla... y solo han pasado 80 páginas de las casi seiscientas (de apretada letra y caja ensanchada) que tiene la novela.

A partir de aquí, cabe sospechar que el autor Stuart MacBride ante el (comprensible) apuro de tener que rellenar semejante tocho y no saber cómo, optó por invocar a los clásicos para inspiración y, repitiéndose como un mantra las estrofas del inmortal himno de Gaby, Fofó y Miliki, El Barquito Chiquitito ( y si esta historia parece corta/ volveremos, volveremos a empezar) tomó carrerilla y empezó a repetir ad nauseam y con todo lujo de detalles la misma secuencia ya conocida : nene escarallado// forenses que se ensañan//sospechosos poco prometedores// poli cocido hasta la extenuación // y tía güena cada vez más ídem hasta alcanzar las seis centenas de páginas.

Hay que reconocer que, si bien la labor conseguida es digna de grafómanos de resistencia hercúlea y verborragia mística, la novela, a base de reiteración va pasando de tener su gracia (macabra pero, al fin y al cabo, gracia) a no tener maldita la ídem... Es ¿cómo decirlo? Como si el Día de la Bestia fuera mutando en el Día de la Marmota. Un coñazo de novela, vamos.

Aunque, bien es cierto que es justo reconocer que la novela exhibe estimulantes cualidades que espolean las virtudes del lector: es larga (se tarda muchos trayectos de metro en consumirla , lo que favorece) ; da igual por donde se abra ( ya que siempre pasa lo mismo y se evita al lector el enojo de releer lo anterior o de tener que recordar la trama) ; es un truño (lo que permite conciliara el sueño) y abulta como un ladrillo (por lo que siempre servirá como tope de puerta o como arma con la que participar en discusiones domésticas. ¿Les parece poco? En dos palabras: ¡Best seller!

Ambar, 2011

Luis de Luis
Publicar un comentario en la entrada