El campo del alfarero. Andrea Camilleri


Así, se reúnen en El Campo del Alfarero  todos los tics y amaneramientos (digo, los rasgos de estilo) que hacen de Camilleri un Mito Viviente

Un puto clásico, con perdón


Pongamos, ums, no sé... por ejemplo, la primera leyenda viva que se les ocurra... es decir, uno de esos seres sobrenaturales, aquejados de todo tipo de virtudes y ante quienes los meros mortales, que con nuestra devoción les hemos puesto por encima del Bien y el Mal, no podemos por menos que postrarnos, ansiosos y anhelantes, para que nos bendigan con, al menos, unas migajas de su inmenso talento... a ver, ums, sí, Van Morrison sin ir más lejos, Van Morrison puede valer...

entrega su alma en cada nota

Sigo. Veamos, si recuerdan, el enano irlandés y cabreado, comenzó su carrera facturando discos considerados, por aquel entonces (últimos 60, primeros 70), como deslumbrantes y capaces de obrar el prodigio de provocar unánimes cataratas de baba en críticos y público a la vez[1].

Pues bien, según van declinando los 70, el ínclito Van sigue entregando –con mayor profesionalidad y más afinado talento– discos al mercado para comprobar, perplejo, que el antes ferviente público se aburre y, gradualmente, pasa a ser considerado un Pedo Viejo y un Puto Koñazo (así, con k). El pobre Van no se lo explica ya que sigue haciendo más y mejor la música con la que triunfó. Ya que no tiene otro oficio ni beneficio sigue haciendo giras, depurando su talento y entregando una y otra vez, con puntualidad británica, el mismo disco con títulos distintos.

De repente, mira tú por donde, pasan un par de decaditas de nada y van las tornas y cambian. Así, sin saber muy bien porqué, a estas alturas de la peli, va Morrison y se encuentra que donde antes se le consideraba un carcamal anquilosado, ahora está por encima de las modas, cuando antes se le calificaba de enano histérico, ahora se le llama “El León de Belfast” [2] ; donde antes le decían que berreaba sin sentido, ahora le cuentan que entrega su alma en cada nota; donde antes se le culpaba de ser repetitivo ahora se le dice que es fiel a un estilo y un modo de vida; en fin que las lanzas se han tornado cañas y ahora nadie osa decir que es un Puto Koñazo, sino que se le aclama como un Puto Clásico y todo ello sin haber dejado de hacer una y otra vez el mismo R&B de sus comienzos (eso sí, la veteranía es un grado y ya no le hace falta plagiar a los clásicos, como el gran Jose Luis Perales le basta con plagiarse a si mismo) .

Bueno, me reconduzco que me disperso. Todo este meandro venía a cuento de que con Camilleri, Santo Patrón de las Letras Negras, paso un mucho como con Van Morrison o leyendas vivas ad hoc.

Si no cuento mal El campo del alfarero es la decimoséptima entrega protagonizada por el insufrible comisario Montalbano y ha sido saludada con la habitual salva de elogios desmesurados, comentarios acríticos y halagos injustificados que las dieciséis anteriores y, en cierto sentido, es lógico y sincero que sea así ya que la novela es –si se cambia la portada-perfectamente intercambiable por cualquiera de las que la preceden (salvo, quizás, con la primera que es particularmente mala[3]) .

Así, se reúnen en El Campo del Alfarero  todos los tics y amaneramientos (digo, los rasgos de estilo) que hacen de Camilleri un Mito Viviente. A saber y entre otros: los dos casos que se entrecruzan (uno que viene de una leyenda del pasado y otro actual, generalmente la búsqueda de un desaparecido por bromear con la Mafia); la pandilla de tarados y lerdos que integran la plantilla de la comisaría (dignos de ejercen como secundarios en La que se avecina ); el irritante recurso de las preguntas que Montalbano se dirige (y contesta) a si mismo (en serio, ¿ustedes conocen a alguien que se autohaga tests a su conciencia?); la insufrible novia eterna llamándole a deshoras solo para tocarle las pelotas; los cursilísimos bañitos de madrugada, en el mar y mientras llueve; los místicos paseos por la playa para reflexionar mientras se pone el sol; la muy repipis recetas y la rubia wenorra (sueca para más señas) de corazón de oro, cabeza hueca y pototo en llamas que, a pesar de estar salida 25 horas al día, no logra derrumbar la acrisolada virtud del meapilas de Montalbano ocupado, como suele estar, en juzgar con condescendencia y beatorrería...

En fin, que el último libro del Maestro es el mismo libro de siempre, aunque eso da igual, el reino de Camillieri -como el de Van Morrison– ya no es de este mundo, y pueden dedicarse a hacer más y más de lo mismo que no solo no decrecerán los halagos y las ventas sino que irán in fortísimo crescendo, es un privilegio que solo está al alcance de quienes han entrado, por la puerta grande, al Nirvana; es decir, de los Putos Koñazos , digo ... los Putos Klásicos. Así, con k.

Salamandra, 2011

Luis de Luis


[1] El asunto, en cualquier caso, no era para tanto ya que Morrison no hacía otra cosa que fusilar - con más o menos tiento - a enormes cantantes negros de rhythm and blues como Ray Charles o Big Joe Turner pero los gañanes blancos somos muy catetos y como vamos ¡encima! de enterados tenemos tendencia y facilidad para dejarnos estafar y deslumbrar por otros gañanes blancos (Clapton, Stones, Zeppelín, Paperboy Reed,...) a quienes, de paso, convertimos en millonarias estrellas solo por plagiar, sin rubor o miramiento alguna, la música que hacen los putos negros.
[2] Acojonante cursilada, por cierto.
[3] Así lo reconoce, con honradez y sinceridad, el propio Camillieri



     

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