La piel que habito (2011)


no le tiembla el pulso y no se reprime en escatimar recursos y medios para –a falta de mejor palabra- almodovizar  el material de origen hasta dejarlo irreconocible

     


Vulnerable como soy a los mandatos de la publicidad, arrollado por la excelente campaña propagandística -dirigida a giliprogres como yo que vamos de (re)posmodernos- sobre las virtudes y bondades que se hacinan en La piel que habito y, siento de natura bien mandado, voy y hago lo que se espera de mí: pagar una entrada de cine y, ya de paso y a falta de mejor plan, decido por mi cuenta pasar a la sala y verla.

inútiles momentos choni

No puedo negar que me cosquilleaba un cierto interés: al fin y al cabo, me había sido imposible -como a cualquier españolito de a pie- zafarme de las letanías publicitarias que durante días y días han consagrado La piel que habito como un paseo del Almodóvar más sobrio y puro por las aristas más afiladas de la realidad, por los balcones de los abismos más pronunciados de la conciencia y por las tinieblas más enquistadas de la psique; en dos palabras, que con La piel que habito el Genio del Cine Español había pergreñado, una especie de Walk on the wild side pero en manchego.

A mayor abundamiento que la película se base en la espléndida Tarántula de Thierry Jonquet (un perturbardor cuanto de hadas que recrea Barba Azul, al igual que La Bella y la Bestia –de mismo autor– reelabora el celebérrimo Gato con Botas) hacía irresistible no asistar a la proyección, aunque solo fuese para contemplar como el Apóstol de la Modernidad, el Hombre que acarrea sobre sus Espalda el nombre de España por el orbe, se descrisma con el enorme material de la novela.

Así que Almovodar, sin prejuicios o reparos, aferra la oscura, sobria , desoladora y malsana historia de venganza y obsesión para desarmarla y desactivarla, convirtiendola en un cursilísimo cuentecillo de diseño; para ello no le tiembla el pulso y no se reprime en escatimar recursos y medios para –a falta de mejor palabra- almodovizar  el material de origen hasta dejarlo irreconocible.

El manchego despliega todos sus amaneramientos y artificios sin reservar ninguna bala en la recámara.

Entre otros y a saber: la luminosa y delicada fotografía de diseño, los interiores y mobiliarios de lujo, estilo y vanguardia; el añadido de una madre sufrida y sacrificada; la suma al argumento de inútiles momentos choni (personaje disfrazado de tigre que enseña un lunar en la retambufa para identificarse, un papá y un nene que van vendiendo ropas de saldo por boutiques pijas) y un par de secuencias inservibles de violaciones que llamen la atención y escandalicen al populacho burgués.

Todo lo anterior no sería tan grave si el Gran Manchego no descalabrase la continuidad de la narrativa (esencial en Tarántula ) con dos flashbacks (uno innecesario y otro improcedente) y, además, no solo no se moleste en desarrollar la relación entre los personajes principales que es la columna vertebral de la historia sino que la redondee con un final feliz inane e impostado.

Además hay que añadir la impecable dirección de actores y actrices marca de la casa que exprime el talento del reparto hasta extremos impensables. Así, Antonio Banderas ofrece una actuación sobria e inexpresiva (a base de poner el gesto de disgusto de un contable a quien no le cuadra el IVA trimestral); Elena Anaya borda -transida, solemne y pomposa- una chica Almodóvar de primera; Marisa Paredes, por el contrario, está más contenida que nunca (es decir, simplemente sobreactuada). Un Jose Luis Gómez acortanado y un Jan Cornet eficaz redondean el deslumbrante elenco.

En fin, que La piel que habito es puro Almodóvar, un melodramón infatuado, hueco y prescindible; es decir que un taquillazo seguro; un par de Goyas, también y, como poco, una nominacioncita al Oscar por la cara. Misión cumplida Pedroooooo.

Luis de Luis
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