Entrevista con Carlos Pérez Merinero a propósito de La niña que hacía llorar a la gente


Yo creo, siempre desde mi posición de descreído, que la literatura ni es catarsis ni te libera de nada. Y hablo por mí. Soy igual de idiota cuando escribo que cuando no escribo, y si no fuera escritor, más de lo mismo


“Fronteras de la inocencia” es la trilogía formada por Razones para ser feliz (1995), Sangre nuestra (2005) y La niña que hacía llorar a la gente (2011). ¿Cuáles son los puntos de unión entre las tres novelas?

Lo que une a las tres novelas es que están protagonizadas por niños. Niños que se ven sometidos a experiencias que les superan. Hay una diferencia, sin embargo. En Razones para ser feliz y Sangre nuestra, los niños son los protagonistas directos, y en La niña que hacía llorar a la gente, indirectos.

En la última novela, los protagonistas son dos adultos que creen que dejaron hace años de ser niños, pero a los que todavía les queda un ramalazo; sobre todo, de maldad.

La maldad que cualquiera que tenga ojos puede ver en muchas de las cosas que hacen los niños, esos ángeles, ángeles caídos, auténticos demonios.

Si hablamos de la forma de atacar la narración, que es, como escritor, lo que verdaderamente me interesa, y no sólo desde un punto de vista técnico –y conste que a mí la técnica a la hora de contar una historia me interesa mucho; un torero sin técnica no es nada; un escritor, tampoco–, si hablamos de la forma de atacar la narración de esas tres novelas de las que hablas, las diferencias son, creo, abismales. Razones para ser feliz está contada en tercera persona; Sangre nuestra, en primera persona del plural; y La niña que hacía llorar a la gente, en segunda persona.

Como ves, en la trilogía hay de todo, como en botica.

Man que pierda!!


La protagonista de La niña que hacía llorar a la gente es una niña prodigio al estilo de Marisol. ¿Crees que se puede calificar de españolada tu novela?

Yo, creer, creer, lo que se dice creer, creo en pocas cosas. Como decía aquel: “Ni en el silencio de los cementerios creo”.

Sé lo que es una españolada porque las he sufrido y las he gozado, y pienso, luego existo, que La niña que hacía llorar a la gente no tiene nada que ver con eso. Ni para bien, ni para mal. Son cosas distintas. No sé cómo se te ocurre compararlas. Es como sacar a colación en unas jornadas gastronómicas de qué componentes están hechas las hostias. A las de consignar, me refiero.

Es confundir las churras con las merineras.

Se había prometido a sí mismo
que no lloraría, y cumplió su palabra:
no lloró...


A partir de que escribieses novelas como Desgracias personales o Las noches contadas, el sentimentalismo se ha ido adueñando de tu prosa. ¿Podemos decir que ahora te tomas más en serio a tus personajes?

Yo siempre he sido un sentimental. A veces, enmascarado, y a veces, cínico. Pero un sentimental.

Y no creo que por el hecho de ser más o menos sentimental se tome uno más o menos en serio a los personajes.

Los niños, mis personajes, siempre han sido serios. Yo me los he creído cuando escribía en primera persona, en nombre de ellos. Y me los he creído seriamente, por mucho que alguno saliera, me saliera, golfo, gallito y matador.

Yo, insisto hasta ponerme pesado, si hace falta, siempre me he tomado en serio a mis personajes. ¿Qué clase de escritor sería entonces si no?

Hoy hemos soñado que
habían acabado con nuestros sueños...


¿Podemos decir, a colación de tus novelas, que la escritura sea catarsis y liberación? Al menos para tus personajes, lo es.

Yo creo, siempre desde mi posición de descreído, que la literatura ni es catarsis ni te libera de nada. Y hablo por mí. Soy igual de idiota –o de listo, si es que tengo algún gramo de listeza, que me parece que tendría que buscarlo muy bien rebuscado para encontrarlo–, sí, soy igual de idiota cuando escribo que cuando no escribo, y si no fuera escritor, más de lo mismo.

Respecto a lo que les pasa o no les pasa a los personajes, eso ya está, o debería estar, en las novelas. Fuera de ellas, de las novelas, los personajes no existen, como tampoco existo yo como escritor.

Yo dejo de ser escritor cuando dejo de escribir. Yo sólo soy escritor en mis horas de trabajo, de trabajo como escritor; no tengo otro oficio, ni otro beneficio.

Si para mis personajes la escritura es esto o lo otro, me importa un pito. El pito de un árbitro al servicio del sevillismo y en contra del Betis. ¡Será cabrón el tío! Mira que pitarnos, ya que de pitos hablamos, ese penalti. ¡Vendido, que eres un vendido!

Volvamos al redil literario y salgamos del lodazal futbolero. ¿O es al revés? Volvamos al lodazal literario y abandonemos el bético redil futbolero.

Pues volvamos. Y una vez vuelto, diré que cuando los personajes salen de mi jurisdicción, es decir, cuando pongo la palabra “Fin” en una novela, que hagan lo que les venga en gana, que piensen lo que les dé por pensar, y que pidan hora para el psiquiatra, que buena falta les hace… si es que están vivos, porque, a veces, ay, les da por morirse antes de tiempo.

Y después de tanto tiempo,
volviste...


El estilo de La niña que hacía llorar a la gente redunda en la autoconciencia del escritor, y está lleno de juegos de palabras y galimatazos. ¿Crees que sería posible traducirlo a otros idiomas?

Si ya, a mis años, me cuesta publicar en el español de mis mayores, no me imagino traducido. Si algún día se da el caso, será un problema del editor extranjero al que le ha interesado la novela, y del pobre –pobre porque a los traductores les pagan poco– traductor.

No sería un problema mío. Cada uno a lo suyo. Si el estilo, como dices en plan finolis, es posible traducirlo o no a otros idiomas, allá ellos. Yo toreo mis toros, y tú los tuyos. Y que Dios reparta suerte.

Por cierto, no sé qué significa “galimatazos”. Un día, Panadero, me lo explicas bien explicado. Eso sí, digerible para intelectuales cortos de pienso como yo, y, a lo mejor, hasta te retiro la palabra.

Yo, que pensaba que eras una persona seria, y ahora vas y me sales, Panadero, imitando a Antonio Ozores. ¡Galimatazos! Veo al Ozores diciendo “Galimatazos” y no me meo de la risa, sólo suelto un pis. Y después, si me he acordado de llevarla encima, saco la pistola para disparar ya no sé contra quién. Menos contra el galimatías, contra cualquiera. Incluido tú, Panadero, que se te está poniendo mala cara en cuanto que he hablado de armas. De armas de fuego.

Y hablando de “Pum”, vas y me preguntas: “¿Me das fuego, Merinero?” Y yo te respondo: “Toma fuego, Panadero, pero no llames a los bomberos”. Y te disparo y caes muerto. Por preguntón, por hacer entrevistas.

Pero, ay, todo es mentira. Ahí sigues, con tu siguiente preguntita, ésa que yo ahora mismito te respondo. Es la sexta, ¿no?, pues a la sexta vamos.


El clásico de Charles Laughton, La noche del cazador, podría ser una de las referencias de tu nueva novela. ¿Con qué otras obras la compararías?

No tengo memoria de elefante, y me resulta literalmente –sic: literalmente– recordar con qué otras obras –la palabra “obra” referida a la literatura, y no a la construcción ni a otras industrias productivas, me produce urticaria y otras enfermedades cutáneas, por no hablar de las venéreas, que es de mal gusto–, no, no tengo memoria ni de mosquito y no sé con qué otros libros compararía éste de la dichosa niña, que no sé quién diablos me mandó escribir para que luego vengan a interrogarme.

Pero reconozco que sí, que sí me acuerdo de La noche del cazador –¡no me voy a acordar!–, y no veo relación, ninguna relación, con La niña que hacía llorar a la gente. Tampoco veo, siento, ni vislumbro, ni nada que la tal película, tan admirada desde siempre por mí, me haya influido conscientemente. Ojo que he dicho: “Conscientemente”. Y ya se sabe que el inconsciente va a lo suyo. No hay, por tanto, que descartar nada.

En La noche del cazador, el protagonista, ese personaje tirando a malón que interpreta Robert Mitchum, anda continuamente planteándose, medio en serio, medio en broma, dilemas morales.

En los dedos, en sus nudillos, llevaba escrita, por ejemplo, la palabra “Odio” y reflexionaba sobre ello. A los niños que le acompañaban les daba bien la lata con el bien y el mal, y demás zarandajas, reitero, morales.

En La niña que hacía llorar a la gente, no sé si por suerte o por desgracia, el lector queda desde el principio libre de esas ataduras. Morales las ataduras.

Y eso siempre es una liberación. Aunque ésta, la liberación, sea a costa de la muerte de otros. La vida misma. Al final va a resultar, quién me lo iba a decir, que soy un escritor realista.

Yo, que no paso de ser en mi modestia, puede –¿sólo puede?– que falsa, un simple seguidor del Real –a ver cuándo viene la Tercera República y quitamos lo de “Real”– Betis Balompié.


Para ver entrevista en Youtube, click

Entrevista realizada por David G. Panadero. Octubre de 2011
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