El hombre reloj. Roberto Malo


¡Un cuerpo que
da la hora!

Creíamos que nos tomaba el pelo. Se miraba la muñeca desnuda para ver qué hora era y no llevaba reloj. Y lo hacía tan serio que pensabas que él veía la hora.

Se llamaba Daniel. Era compañero de clase y es de esos raros personajes que te presenta la vida.

Al principio, todo hay que decirlo, lo tomamos por loco, pero poco a poco cambió nuestra opinión. Si le preguntabas la hora, él te la decía correctamente. Y nunca llevaba reloj. Nunca.

A veces se pasaba por nuestras mentes la idea de que él había conseguido contar mentalmente los minutos y las horas, y de que tal vez lo seguía haciendo inconscientemente o por costumbre, pero con la exactitud de un reloj.

En una ocasión, en la clase de gimnasia corríamos los ochocientos metros en grupos de diez alumnos, y él nos ganó, nos ganó a todos, pues hizo el mejor tiempo, pero lo raro del caso es que cuando el profesor le dijo el tiempo que había hecho, Daniel le corrigió.

–Un segundo menos –le dijo.

–Eh, yo llevo el cronómetro y tú no llevas ni reloj. No me vengas a decir el tiempo que has hecho –le espetó el profesor.

Daniel pasó de discutir por esa estupidez y se fue al vestuario. Desde aquel día, lo apodamos “el cronos”.

Daniel nunca llegaba tarde a clase. Siempre llegaba a la hora justa. Un día, comentando esto, nos dijo que no lo despertaba nadie, que él se despertaba instintivamente a la misma hora todos los días.

Daba gusto quedar con él para ir a algún sitio, pues nunca te hacía esperar ni un segundo. Nos empezaba a caer muy bien. Era un gran tipo. También era un poco raro, pero todos los genios lo son. Y él era un genio, sin duda alguna. Se podía quedar con cualquiera. En clase de matemáticas, por ejemplo, teníamos a un imbécil de profesor. Entre otras cosas, este profesor no aguantaba las alarmas de los relojes digitales, le sacaban de quicio, y nos dijo que las quitáramos. Así lo hicimos todos. Pues bien, en una clase, al dar las once en punto se oyó el ruidito típico: “Pííí, Pííí, Pííí”.

–¡Otra vez las dichosas alarmitas! –exclamó el profesor–. ¿Quién ha sido?

–Yo –dijo Daniel–. Perdone, se me olvidó quitar la alarma.

–Está bien, está bien –aceptó el profesor, como perdonándole la vida–. Pero que no se repita.

Todos los alumnos nos quedamos extrañados. Como siempre, Daniel no llevaba reloj.

Pasado algún tiempo, Daniel cayó gravemente enfermo. Fue hospitalizado con urgencia y en menos de una semana, sin que los médicos lo pudieran evitar, murió.

–Fue como si se le agotara la energía de vivir –explicó uno de los médicos.

–Las pilas –pensamos todos.
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