El escondite de Grisha. Ismael Martínez Biurrún


Lo que en otras manos hubiera derivado en un relato lleno de sorpresas, se convierte en manos de Martínez Biurrún en una narración sentimental, bella dentro de su extrañeza

inquieta, sugerente, metafórica...


Decía el cineasta David Lynch, llevando la contraria a los entendidos, que lo importante de una historia, más que lo que se cuenta o cómo se cuenta, es lo que se agita por debajo de lo contado. Con El escondite de Grisha, Ismael Martínez Biurrún ha aportado una obra inquieta, rica en sugerencias, con gran capacidad para la metáfora. Y en este caso, podemos aplicar el comentario de Lynch: lo más importante es lo que se agita por debajo, lo subyacente, porque la experiencia de la lectura trasciende con mucho la mera lectura literal.

la mirada de Ismael Martínez Biurrún

Estas páginas taciturnas, llenas de melancolía –quizás al estilo de Ray Bradbury o Richard Matheson– nos narran el encuentro entre Olmo y Grisha. Son personas atípicas, dotadas de capacidades inusuales, pero Biurrún eludirá saciar de manera inmediata la curiosidad del lector, y por tanto no recurrirá a flashbacks folletinescos que nos ilustren los traumas y poderes de los personajes; al contrario, nos invitará a seguir, a veces de forma críptica, la aventura acompañados por ellos dos, dos seres inusuales que emprenden el camino de su redención.

Lo que en otras manos hubiera derivado en un relato de suspense lleno de sorpresas, se convierte en manos de Martínez Biurrún en una narración sentimental, bella dentro de su extrañeza, donde los sucesos se siguen con fluidez unos a otros, y no hay lugar para grandes sobresaltos.

Finalmente, y después de haber disfrutado el misterio, nos daremos cuenta de que en la novela apenas hay elementos sobrenaturales; que toda la magia y la capacidad de evocación no está más que en la mirada de Ismael Martínez Biurrún, que ha sido lo suficientemente convincente como para hacernos ver fantasmas y aparecidos por el rabillo del ojo. Intentaremos, una vez cerrado el libro, retener todas esas presencias con nosotros antes de que se evaporen definitivamente.

Salto de Página, 2011

David G. Panadero
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