El chef ha muerto. Yanet Acosta


Una delicatessen purista con sabor añejo, ideal para combatir la depresión otoñal, y tan ligera y refrescante que se engulle con gula

Una apetitosa novela


La noticia de que un inocente cefalópodo ha tenido la feliz idea de alojarse en la garganta del chef más famoso del globo, acabando dramáticamente con su vida, ha convulsionado a la opinión pública de medio mundo.

suculenta ópera prima

Y es que, como es bien sabido, “a chef muerto, chef puesto”, por lo que el vacío de poder dejado por tan exquisito cadáver ha desencadenado una feroz lucha gastricida entre las supernovas Michelín por convencer a unos críticos con más pose que papilas gustativas de que son las más brillantes del impredecible firmamento de la nouvelle cuisine.

 Es lo que tienen los pulpos, tan poderosos y antojadizos como los dioses de la Antigua Grecia, que tan pronto te ponen en bandeja un cotizado torneo de fútbol, como te asfixian al cocinero más importante de la madre patria.

Ellos son así, despiadados y caprichosos, y les importa un comino que el tipo tenga un ronaldiano seguro de vida.

 A ellos no, pero está claro que para la compañía aseguradora del célebre cocinillas, unas cuantas decenas de millones de euros arriba o abajo sí que importan.

Por eso, lo lógico sería encargarle tan peliagudo caso a un profesional, a un investigador discreto, intuitivo y de avezado olfato.

Pero, como la crisis manda, prefieren contratar los servicios de  la cutrefacta empresa de investigación propiedad del Jeta, que encomienda el caso a su mejor detective, el carvalhiano Ven Cabreira.

Un tipo capaz de jugarse la vida en el CESID durante años, pero no de recuperar sus riendas tras el fallecimiento de su mujer.

De leerte los labios a distancia, pero no el buzón del móvil.

De tragarse sin rechistar los platos de mal gusto que la Fortuna le ha servido, pero no de distinguir entre uno de Fabada enlatada, su único medio de subsistencia, y uno de trufa blanca.

De bautizar a su gato Ken, pero no de tirar a la basura la monumental colección de Barbies de su difunta esposa.

Por suerte, pronto se cruzará en su camino el pecoso escote de Lucy Belda, una joven reportera, a ratos dulce, a ratos picante, que logrará resucitar el paladar y la entrepierna del melancólico viudo.
Así comienza la suculenta ópera prima de la profesora y periodista gastronómica Yanet Acosta, una apetitosa novela con que otro chef, el siempre original y polifacético Carlos Salem ha decidido iniciar el prometedor menú de “Negra, Urbana y Canalla”.

Una delicatessen purista con sabor añejo, ideal para combatir la depresión otoñal post-vacacional, y tan ligera y refrescante que se engulle con gula, dejando un regusto a un tiempo sabroso y amargo en el paladar.

Sabroso, por su estilo clásico y a la vez desenfadado, más próximo al del argeñol que al del Montalbán del que Acosta se confiesa incondicional. Un “bocatto di cardinale” que se devora con placer y en dos sentadas, gracias a su ritmo trepidante y original trasfondo gastrocriminal.

Y amargo, de sólo pensar en la larga lista de espera que tendremos que soportar hasta que Yanet nos permita degustar su próxima receta.

Esperamos, por el bien de nuestro pobre estómago literario, asqueado de tanto Fast Book travestido de caviar, que sea pronto, pues el aperitivo nos ha sabido a poco y ansiamos degustar el resto de especialidades de la casa.

¡Bon appétit, lectores!

Editorial Amargord, 2011

Sergio Vera
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