Treinta motivos para reencarnarse en mosquito. José Luis Gracia Mosteo


Ganas de llevar la contraria, coger el toro por los cuernos y embestir a cada capote que se ponga por delante

Letraherido sin cura


Como bien saben quienes le conocen, no cabe en el temperamento de José Luis Gracia Mosteo quedarse quieto y, dejándose llevar por la indolencia, permitir que las inquietudes le maceren, los azogues le reposen y los desasosiegos yazcan plácidos y queden calmos. No es de extrañar, entonces, que, siempre enredado en conspiraciones -incluso consigo mismo–, no tarde en elucubrar una nueva empresa, cocinar un propósito lozano o imaginar un flamante dislate.

anécdotas, vivencias, pensares y pesares

Consciente de ser y estar letraherido sin cura, remedio o alivio posible, Mosteo emprende con Treinta motivos para reencarnarse en mosquito su penúltima correría. Del mismo modo que en su anterior andadura (en que fue a la busca de putas y chulos) y armado apenas con una bota de vino y un cayado, sale el sabio baturro a la caza y captura, al encuentro, hallazgo e invención de sus compañeros de armas en los (des)encantos y (neg)ocios de este arte o, tal vez, oficio, tan difuso e indefinible, que se viene –que venimos- a llamar literatura; y no, no recorrerá Gracia Mosteo la -por así decirlo- Autopista de las Letras, ni aunque le invitasen al peaje. ¡Al contrario!, el cuerpo le pedirá deambular por caminos de cabras y perderse por vericuetos donde escarbar en arcenes y rebañar alcorques donde encontrar talentos dudosos, genialidades inciertas y maravillas incógnitas.

Así, en treinta jornadas, el autor relata sus vivencias como lector con “los libros minoritarios o simplemente extraños con el objeto de formar una biblioteca básica de iconoclastas, olvidados e incluso clásicos”. Hará bien el lector en acompañarle -atento y alerta- durante su periplo, pues por donde hoza Mosteo siempre se escarba la trufa y conocerá, entre otros, los avatares de Armando Buscarini, santo y seña de los escritores que padecen de tenacidad tan desproporcionada como su ausencia de talento, aprenderá la existencia de Calaceite un espectral pueblo del fantasmagórico Teruel donde se reúnen, ocultan y agazapan escritores cuasi, y se ilustrará sobre lecturas tan provechosas para la paz del espíritu y de las entrañas como la existencia de una Propuesta de Estatuto de Autonomía de Aragón pergeñado en rudas greguerías por Joaquín Carbonell y Roberto Miranda; la verídica biografía del Conde Aranda, aristócrata de rijo exultante, ejemplar terquedad y sincero cinismo; relatos de humor veraz sobre el periodismo como los que contiene, sesudos cuentos sobre palíndromos, brumas celtas, los poemas insomnes de Fernández Mallo y los diáfanos de Luis Alberto de Cuenca, las memorias sinceras por inverosímiles de Jose Luis de Villalonga (sí, ese)...

Y esta hoja de ruta de escritores y cuaderno de bitácora de escritos viene, a mayor abundamiento, envuelto en anécdotas y vivencias, adobado con pensares y pesares y entreverado de maledicencias, melancolías y retranca ; de ganas de llevar la contraria, coger el toro por los cuernos y embestir –se ofrezca o no- a cada señuelo, reclamo o capote que se ponga por delante (o detrás).

Bien hecho, Maestro Jose Luis. No aflojes, ni decaigas. Ni te pega, ni te sentaría bien. Recuerda siempre que (como dijo no sé quién): Al demonio es parecido el que vive enamorado, más perdido y más penado, y menos arrepentido.

Pues eso.

March Editor, 2011

Luis de Luis
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