Teoría y práctica de la «Fabada Negra»


Autoridades presentes y presentas, damas y caballeros, escritores y escritoras:

      A punto estamos de entregarnos a una fabada colosal y tan decisivo hecho debe ser cantado como corresponde y obligan las circunstancias. Hallámonos para tal banquete en el muy famoso «Lucus Asturum», angular núcleo comunicativo de  la Asturias romana; ítem más, a dos pasos de la estación de ferrocarril donde el llorado escritor Juan Benet, a quien es fama que todos los comensales y comensalas aquí reunidos leen sin descanso y con inenarrable gozo durante las húmedas y frías noches de invierno,  construyera la que fue su primera obra ingenieril de fuste, la doble vía y sus endemoniados túneles hasta Villabona, mientras urdía a su vez las bases de su novela negra El aire de un crimen. «Ahí, en Llanera —me confesaba don Juan— escuché de mis capataces y obreros las blasfemias más contundentes que me fue dado oír en vida». Patria también es Llanera del afamado futbolista internacional don Santiago Cazorla González, a quien las enfervorecidas masas del Málaga CF veneran ya como su nuevo ídolo tras abonar este club veinte millones de euros al Villarreal CF, es decir, tres mil trescientos veintisiete millones setecientas veinte mil pesetas, y aún dicen que hay crisis para el pueblo soberano, y aún dicen que el pescado es caro. El Conceyu Llanera da sede, asimismo, a la Escuela de Seguridad Pública del Principado de Asturias donde reciben sutil formación específica quienes más tarde se encargarán de poner a los malos a la sombra de la cercana prisión en la antes citada Villabona. Pláceme, pues, tan rico lugar para caer en brazos de ese feroz ayuntamiento carnal entre las papilonáceas y nuestro señor el Gochu, de esa coyunda entre los hidratos de carbono y doña Matanza, del maridaje indisoluble de fabes, tocín, choriezu, morciella, llacón, azafrán, agua y sal: de la fabada, señoras y señores mías y míos, gloria de la gastronomía norteña, emblema de Asturias, prueba del nueve de estómagos, radical colonizadora de intestinos gruesos y delgados, opio del ánimo, religión de fartones.

Ernesto Mallo, Juan Madrid, Francisco García Pérez
y Alejandro Gallo

      Ningún otro plato es tan adecuado para una reunión de escritores negros. La fabada es una novela negra total, costumbrista y sin metafísica, en la que sus personajes —cabales unos, aviesos otros—  labran un argumento aparentemente intrincado, mas simple en su resolución, que el lector comensal degusta y del que guardará imperedero recuerdo. Las relaciones entre la negra doña Morcilla, el rojo indignado don Chorizo, los secundarios pero decisivos don Tocino y don Llacón se desarrollan en un paisaje de agua y sal, tintado de color azafranado. La tiránica, altiva y castrante doña Morcilla quiere para sí todo el poder, pero aparece muerta y destripada. La morcilla, «¡Oh, gran señora,
digna de veneración! / ¡Qué oronda viene y qué bella! / ¡Qué través y enjundias tiene! / ¡Cómo la traidora pica!»
(cantaba Baltasar de Alcázar), pudo haber sido asesinada por la abrumadora inquina del  primer sospechoso: don Chorizo, aún manchado de sangre bien a la vista. Acaso, sin embargo, sus liquidadores hayan sido el taimado don Tocino, ahí, casi al margen, con su doble personalidad de vetas oscuras y trazos blancos; o tal vez el orondo y serio don Lacón, un personaje de una pieza en un primer vistazo, pero al que basta escudriñar para comprobar cómo se desmenuza en finas tiras que se van escapando en el gusto del fartón leyente. ¿Habrá muerto doña Morcilla, por el contrario, ahogada en agua de Asturias, tan salada, como su hinchazón ahogado indica? ¿Sería el misterioso don Azafrán su ultimador, con un ardid tan propio de su carácter como es el estar no estando, el que sepamos de su presencia sin verlo, obligándonos a buscarlo, encontrándolo al fin oculto y parásito de la gran protagonista? Porque, sépase, la gran protagonista, la urdidora de todo el enredo, es la imponderable doña Faba, el telón de fondo aunque la razón de ser de la disputa. Es un personaje ubicuo en el plato página, aparece a cada instante en el bocado o en el párrafo, es una madre platónica, ideal, la Idea hegeliana, cuyas hijas, las demoledoras doñas Fabes, actúan como catalizadoras del conjunto narrativo, lo inclinan hacia el lado de la tragedia fatídica por su poderío, lo conforman, unen y traman, le añaden resoluto cumplimiento. Nada, insisto, como la fabada para darnos palmaria fe dialéctica de esta vida negra que llevamos y que a las páginas de vuestras obras traspasáis con éxito y con tino.

Scarlatti (Librería Estudio en escarlata)José María Sánchez Pardo (nuestro colaborador )
y los papás de Juan


¿Y qué queda tras la lectura comida de la fabada? Dos cosas: el nirvana y, empero, la persistencia. Una fabada es literalmente inolvidable: por horas o por meses. Al medio año de haber convidado a unas fabes al escritor Julio Camba, el político asturiano Melquiades Álvarez se lo encontró en Madrid y le preguntó: «¿Recuerda usted, querido amigo, aquella fabada que comimos?» Don Julio Camba, palpándose la tripa, respondió con un rictus: «¡Cómo no! Aquí está, aquí está…». La fabada persiste, es pertinaz y, en ocasiones, contumaz. Ella vuelve a uno sin falta de que uno vuelva a ella. No obstante, lo primero a que induce la digestión de una fabada es al estado nirvanático, a dejar fluir el yo, a la mente en blanco, al estado zen total. Una fabada seguida de arroz con leche, esa especie de epílogo para poner las cosas en su sitio y congraciarse con el lector, «viene a demoler cualquier resistencia de la voluntad humana», como escribió Taibo Senior, no confundir. En contra de lo que ocurre con platos menores, es decir, con obras literarias menores, la unión mística con les fabes te va dejando sin habla a medida que la repiensas, relees y digieres, somnoliento, abandonado, entregado, con pulso bajo, tensión arterial descendente, a punto de Dalai Lama. Tras un arroz mediterráneo, tras un pescado a la plancha, tras unas puntas de solomillo aún puedes discutir, oponerte, negociar e incluso, se han dado casos, reñir. No así tras les fabes. Una máxima incontestable al respecto reza así: «Después de una fabada, no hay que hacer nada de nada». La fabada, como se verá dentro de una hora, arruina ese sentir popular que tiene a quienes escriben novela negra por mujeres y hombres entregados de continuo a la lujuria, la lascivia, la concupiscencia y la crápula, quién sabe si a la salacidad, pero todos dicen que al apetito venéreo urgente. El tonelaje de la fabada sí lleva a la cama, sí, pero no en demanda de amor carnal y efusión de glándulas: en procura de siesta, de reposo en penumbra, de calma y desmadejamiento. No es su efecto secundario, sino su efecto primario, como el de una novela que nos dejara sin aliento, ensimismados, enyoecidos: como una buena novela negra.
Emilio Frechilla y los de Sábados Negros



      Y claro que persiste, que se ancla en nuestra memoria así como en nuestro cuerpo mortal. Siguiendo con la mixtura literaria y gastronómica, la fabada tiene su crítica y esa crítica es el denostado pedo, el cantado por don Francisco, señor de la Torre de Juan Abad, y el que prohibió defender el obispo don Francisco Javier Mier y Campillo, Inquisidor General, bajo pena de excomunión mayor. Recordad, caros amigos y caras amigas: toda faba lleva dentro un pedo, y, si fuera grande, dos. Así como existen críticos literarios que parasitan las obras ajenas, existe don Pedo, un lector que, tras consumir lo escrito comido, se expele a sí mismo en forma de lo que es: una explosión controlada, un aire, un lamentable olor y, enseguida, nada. Un crítico literario que tiene su momento de gloria en una reseña destructora, con algo de ruido y cierta furia, pero que no significa nada: he ahí a don Pedo.

Entrega del premio de lectores de la Gangsterera
a Juan Ramón Biedma por "El humo en la botella"


      Pero ya suenan los claros clarines llamándonos al plato y es hora de dejar de arengar y perorar. Desde aquí quiero acuñar como «Fabada Negra» este acto y los iguales futuros. Y os ruego a todos entrega total al mismo. Os lo encarezco y casi exijo. Ha de convertirse en mítico, en iniciático para los neófitos, en confirmación cuasi sagrada para los militantes. La «Fabada Negra» ha de formar parte de los aquí presentes y de las aquí presentas para siempre jamás. Con el fin de terminar, voy concluyendo, como decía el otro, mientras a mi mente retornan las más grandes fabadas que he comido y que ni vieron los pasados siglos ni esperan ver los venideros. Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. He visto hombres como armarios desplomarse sobre improvisados y duros lechos tras tres platos de fabes. He visto a dueñas recatadas exhibir sin rebozo su más íntima intimidad al calor de una fabada. Me he visto desdoblado, cual experiencia sufí, mientras conducía por una autopista tras una fabada en el pueblo de Tellego. He visto fabes como puños trebolgando más allá de Orión. He visto fabadas resplandecer en la oscuridad, cerca de la puerta de Tanhauser. Que todos estos momentos no se pierdan en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de comer.

Muchas gracias.

Francisco García Pérez

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La presente oda al plato del país, fue compuesta y declamada por el Catedrático de Lengua y Literatura, escritor y periodista Francisco García Pérez, en el «Restaurante Blanco», en el antaño Lucus Asturum y hodierno Lugo de Llanera, en la víspera de la luna nueva de julio del año 2011, festividad de Santa Marta, con motivo de la «Fabada Negra» organizada por la revista «La Gangsterera» que allí entregó sus premios de relato corto y novela.
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