La niña que hacía llorar a la gente. Carlos Pérez Merinero


Desde las primeras páginas conocemos el desenlace de la historia: él acabará asesinando con sus propias manos a su amada

Los recuerdos más dolorosos

Y después de tanto tiempo, volviste. Esta primera frase, con la que se inicia la novela, funciona como invocación. El primero de los hilos sobre los que se trenza una historia densa, claustrofóbica, que nos va envolviendo hasta atrapar nuestra mirada –sí, nosotros también, convertidos en mirones– entre sus páginas; páginas escritas de manera espontánea, bajo una fuerte necesidad, a modo de desahogo después de unas vivencias extremas, pesadillescas.

ese sentimiento de amor enloquecido no tardará
 en teñirse de locura

Ella fue actriz, una niña prodigio del cine español, como Marisol, como tantas otras. Entonces la secuestraron. Él era hijo de uno de los secuestradores. Han pasado muchos años desde entonces, pero todo ese tiempo no ha bastado para cicatrizar los recuerdos más dolorosos. Ya en la madurez, el azar querrá que los dos, no tan niños a estas alturas de la película, vuelvan a encontrarse. Será él quien nos cuente la historia, arrastrando un sentimentalismo lánguido y enfermizo. Nunca pudo olvidar a la niña que hacía llorar a la gente.

Pero todos los caminos les arrastran al crimen, y ese sentimiento de amor enloquecido no tardará en teñirse de terror, de locura, cubiertos los dos amantes por el rojo de la sangre.

Carlos Pérez Merinero confía plenamente en las posibilidades de la historia que se trae entre manos, y por eso se permite eludir el suspense más elemental: desde las primeras páginas conocemos el desenlace de la historia: él acabará asesinando con sus propias manos a su amada, la que fuera niña prodigio del cine de los sesenta. Y cuando haya acabado con su vida, empezará a escribir la historia, de forma compulsiva y obsesiva, arrojando las páginas de su manuscrito, sin orden ni concierto, pues él sabe que es autor de las mismas y el único lector, que a través del texto trata de asimilar las vivencias y comprender el azar que ha querido unirles y la locura que les ha arrastrado hacia la destrucción.

El estilo literario de la novela se ajusta perfectamente a la historia: las redundancias, las contradicciones, los titubeos y una retórica basada en la reiteración nos introducen en la mente obsesiva del agresor, que parece condenado a poner fin a la historia de la forma más violenta posible.

Estamos ante una novela inusual, atrevida, en la que el autor opta por una voz narrativa insólita: de la primera a la última página, se dirige a su víctima empleando la segunda persona, sin alterar en ningún momento ese punto de vista. Su objetivo es llegar a la palabra más ansiada, la palabra FIN, gracias a la cual podrá verse liberado tanto de ella como de sí mismo.

Cuando llegue la palabra fin, el lector encontrará un post scriptum de Carlos Pérez Merinero, que indica que con La niña que hacía llorar a la gente, se cierra la trilogía Fronteras de la inocencia, una trilogía de novelas donde los protagonistas son los niños, compuesta por Razones para ser feliz (1995), Sangre nuestra (2005) y la presente obra. En estas tres novelas se percibe, más que nunca, cómo Pérez Merinero ha buceado en su propia prosa, hasta encontrar un estilo vanguardista, sorprendente, poco o nada habitual.

El Garaje, 2011

David G. Panadero
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