Salvatierra. Pedro Mairal


Pedro Mairal recoge y asume rastros del lirismo de García Márquez y de la desolación de Onetti y, al tiempo, rechaza lirismos impostados y chirriantes ajustes de cuentas

El mejor rito de paso


¡Oh, la muerte del padre! ¡O melhor rito de paso du mondo! Tan trascendental y entretenido que catapulta –en lo que dura el responso de cuerpo presente– a la madurez de la que se lleva uno escaqueándose desde la cuna. 

¿pero, realmente, quién era este tipo?

Dada la frecuencia y habitualidad del fenómeno con ese espabile que la caracteriza al olfatear un nicho de mercado, la Industria del Ocio y Entretenimiento tiene diseñados y en perfecto estado de revista una gama de productos y actividades que, previo pago, neutralizan el amargo trago: desde una batería de protocolos psicológicos a un arsenal de pastillas multicolor, pasando por libros de autoayuda escritos para convencer al incauto que perder al padre es lo mejor que le ha pasado en la vida, y que se le ofrece una oportunidad para afrontar una nueva etapa de su vida.

Pues bien, a pesar de este arco iris de oportunidades, el común de los mortales debemos gestionar a pelo esta enorme putada. Talmente como un parto de los de antes: espatarrados, a empujones y bien jodidos. Y se hace, como decía Juanito de los minutos en el Bernabéu, molti longo... yo aún diría más, se hace molti, molto longo.

Y es, durante ese periodo de (des)incubación de la pena cuando brota, como quien no quiere la cosa, la pregunta : “¿pero, realmente, quién era este tipo?”. Cierto, mira que vas y te crees que lo conoces, pero va y resulta que, a pocos, te vas percatando que era más, mucho más, de lo que presumías...

Todo lo anterior ha debido de ser la argamasa de salida de Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) para escribir Salvatierra, una vivísima novela corta de apenas más de un centenar de páginas.

El relato se narra por el hijo de un (hoy en día) afamado, mítico y oculto pintor, a quien sólo se conoce por su apellido (si, el Salvatierra del título).

Desde el presente, Miguel Salvatierra narra su “aventura” desde el fallecimiento de su padre (funcionario de correos, mudo y artista) para desvelar las claves del enorme mural (de 4,5 kilómetros a cuya creación inmoló su existencia).

Así, inadvertidamente, entre tratos para comercializar el fabuloso lienzo –en el que Salvatierra padre tradujo en acuarelas todos los vericuetos de su vida–, meditabundas miradas, triste desvelo y sobria lucidez; Pedro Mairal se las apaña para narrar, mediante una alegoría (el análisis del cuadro vital) y con pasmosa sobriedad (que recoge –y asume– rastros del lirismo de García Márquez y de la desolación de Onetti y, al tiempo, rechaza lirismos impostados y chirriantes ajustes de cuentas) el recorrido hasta (re)conocer y, ¿por qué no?, asumir que, mira tú por donde, has perdido a tu padre. Acéptalo si quieres, como se cuenta en Salvatierra, con dolor y perplejidad, con lucidez y natutalidad... y siempre, siempre, déjate de hostias. Tardes lo que tardes. No hay prisa; ya no se va a ir.

El Aleph, 2010
Luis de Luis 


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