Scream 4 (2011)


Declaración de principios de un cineasta fundacional hastiado del paisaje que él mismo contribuyó a edificar; una invectiva llena de malicia contra la incipiente cultura fan
Una saga satírica
Wes Craven ha cortado, a lo largo de su trayectoria, una ingente cantidad de leña dispuesta a alimentar la hoguera de la mitología cinematográfica. La pionera La última casa a la izquierda (1972) adalid de la moda del rape & revenge  o ese extrañísimo objeto fílmico que es Pesadilla en Elm Street (1984) son sólo dos muestras de ello. Carroña para mitómanos que, en más de una ocasión, relegaría al olvido obras tan notables como La serpiente y el arcoíris (1988). Su último caramelo para la cinefagia internacional llegó en 1996 con Scream. Vigila quien llama, que proponía un reciclaje de los arquetipos del slasher a través de la autoparodia, a la par que delineaba los contornos de una generación de cinéfilos marcada por los videoclubs y el formato VHS.  Le siguieron dos secuelas, exacerbaciones de la parodia que no aportaban al mito signos evolutivos suficientes como para justificar su vida cinematográfica. Ya la primera entrega había hablado con voz suficientemente clara aunque con cierta simplicidad del vacío emocional de una generación marcada a fuego por el consumo irreflexivo y desaforado. Su mayor desatino: que la venenosa perorata se dirigía antes a las reglas del género que a sus códigos y principios.
el filo de un cuchillo es el instrumento ideal
La satírica saga se proclama, de ésta forma, como la declaración de principios de un cineasta fundacional hastiado del paisaje que él mismo contribuyó a edificar; una invectiva llena de malicia contra la incipiente cultura fan, voraz y desmesurada devoradora de cintas de vídeo, obsesionada con la inane memorización de citas y fechas. No obstante, resulta paradójico que Ghostface se haya convertido en el nuevo estandarte de quienes son claro objeto de mofa del director...
Pasados once años de la tercera entrega, Scream 4 se presenta como la nueva tentativa de quien se ha propuesto reescribir una mitología esterilizada por el reciclaje continuado de sus elementos. Buena parte de los logros debemos atribuírselos –sin desmerecer la precisión de un Craven que ejerce su labor con firmeza-, sin lugar a dudas, a los afilados dardos de Kevin Williamson, autor de todos los guiones de la tetralogía.
 El juego de matriuskas que abre el filme supone mucho más que un brillante ejercicio de estilo: es una socarrona reflexión sobre las sucesivas capas de banalización que recubren la violencia en el audiovisual contemporáneo, anestesiando e inmunizando a la sociedad frente al lacerante dolor ajeno. Tal como ocurre en la realidad, en la última ficción de Craven Ghostface será el becerro de oro de una generación incapaz de establecer una separación apropiada entre el jugo de tomate y la hemoglobina. Mutando hacia las formas de la spoof movie, la película nos devuelve, en el grueso de su desarrollo, a la sátira de las normas del slasher; pero, a diferencia de las entregas precedentes, trabaja en la elaboración de una auténtica teoría sobre la evolución del género. Los habitantes de Woodsboro, conociendo al dedillo los tópicos del cine de terror, creen firmemente en su capacidad de escapar a una muerte segura. Personajes que, en su arrogante autoconsciencia, creen poder instituirse en personas; sin embargo, el filo de un cuchillo es el instrumento ideal para devolverlos a su estatuto de acartonadas figuras de la ficción.
No nos importa excesivamente la falta de lógica del twist final, prevaleciendo un contundente y brutal derechazo a la era de las redes sociales y los videoblogs; tiempos en los que la empatía ha sido suplida por un furioso narcisismo. El predecible triunfo de la inmortal Sidney Prescott no es otra cosa que la épica victoria de la experiencia vital sobre la experiencia cinematográfica: su carácter de auténtica superviviente la convierte en el único personaje capaz de trascender el papel que le ha sido asignado. Por cuarta vez.
Ignacio Pablo Rico
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