Oscuridad. Roberto Malo


Un nudo se formó
en mi garganta
y un escalofrío recorrió
mi espina dorsal.
El vello de mi nuca
se erizó
y el pánico inundó
cada fibra de mi cuerpo.
¿Por qué?
Pues porque sentí
que la oscuridad me perseguía...

   


Sentí que la oscuridad
cobraba forma
y venía a por mí
con funestas intenciones.
Sentí que toda la atmósfera
del pasillo cobraba vida.
Sentí que a mis espaldas
nacían cientos y cientos de monstruos horrendos,
aprovechándose de la total negrura...





Había sido un estúpido.
El anterior interruptor de la luz
lo había dejado atrás sin pulsarlo
para así no tener que volver luego a apagarlo,
y desde luego había sido un grave error,
ya que el pasillo era tan largo...


Sí, no lo veía,
pero sabía que ahora era muy largo,
inmenso, interminable...
Dios, tenía que llegar a mi habitación como fuese.
Una vez allí podría encender la luz
y seguramente con ello moriría la oscuridad,
se esfumaría, desaparecería, se olvidaría de mí.
Pero ahora la notaba a mi lado,
cada vez más cerca.


Y entonces sentí que algo férreo
me abrazaba por la cintura
y que algo viscoso rodeaba a la vez
mi cuello con tenacidad.
Caí de bruces al suelo
y algo gelatinoso me rodeó todo el cuerpo
como una manta bañada en mermelada rancia.


Profiriendo gritos de locura y dolor
me incorporé como buenamente pude,
abrazado por mil brazos que no eran brazos,
avancé un par de metros
llevando a cuestas mil bocas que me devoraban
y busqué a tientas el interruptor de la luz,
pasando mis manos
con fruición y desesperación
por las frías paredes.


De pronto
lo sentí y lo pulsé.
Y al brotar la luz
como una explosión de color blanco
y ver a la perfección lo que me cubría y me devoraba
lamenté sobremanera
el haber encendido la luz.
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