La viejecita que recogía piedras. Roberto Malo


      

Faltaba poco para las nueve de la mañana y Carolina recorría las frías calles apresuradamente. Llegaba tarde a la oficina, como siempre. Sus tacones bailaban aceleradamente sobre la acera, su bolso se zarandeaba para un lado y para otro y sus largos cabellos cobrizos volaban hacia atrás. Caras con sueño pasaban a su alrededor; estudiantes y trabajadores la seguían, la adelantaban, se cruzaban con ella. El barrio era un ir y venir de personas; con prisa, casi siempre con prisa. Personas que se veían prácticamente todas las mañanas, fugazmente, y que con toda seguridad nunca se llegarían a conocer. Y de entre todas esas personas, sin saber por qué, Carolina se fijó en una. Y la observó como hechizada, como hipnotizada. Era una viejecita pequeña y encorvada, ataviada por completo de negro. Estaba agachada al lado de una zona en obras, y observaba detenidamente unos montones de piedras que había en el suelo. Con suma lentitud, tomó una piedra esférica de superficie lisa, del tamaño de un puño, y la contempló con fijeza, como sopesando si sería una buena piedra o no. Y le debió de parecer que sí que lo era, pues acto seguido la metió en el bolso. Carolina se había detenido, observándola con atención. Le conmocionó sobremanera el ver algo así. ¿Para qué había recogido esa piedra? ¿Acaso creía que las piedras se pueden comer? ¿Es que estaba loca como una cabra?

Ignorando estos pensamientos, la anciana se alejó de allí con serena mansedumbre. Carolina, unos segundos después, prosiguió su camino hacia la oficina, persistiendo en su mente la imagen de la vieja recogiendo una piedra del suelo. Sin saber la razón, sin darse apenas cuenta, esa visión la había trastornado, la había turbado. Se imaginó a sí misma vieja y loca, vestida de riguroso luto, sola en el mundo... y estuvo a punto de gritar: ¿Ése es mi futuro?

Intentó echar semejantes pensamientos de la mente, pero no podía. No podía. Habían entrado de golpe, con fuerza, y no se irían fácilmente. Llegó al trabajo, entró en su oficina, se sentó ante el ordenador y al poco empezó a teclear, pero su mente no veía ni las teclas ni el ordenador: sólo veía una vieja, una vieja loca recogiendo piedras. ¿Acabaría ella así? ¿Acabaría recogiendo piedras del suelo como quien recoge joyas de increíble valor? Siempre le había impresionado muchísimo el ver a mendigos hurgando en los cubos de basura, pero esto había sido peor, mucho peor. ¡Había visto tanto en esa vieja! La amargura, la tristeza, la resignación y la serena locura la rodeaban. Y ahora, algo similar rodeaba e invadía la mente de Carolina. Algo que se arrastraba, lentamente, sobre el suelo de su mente.

Cuando dieron las dos –la hora en la que terminaba el trabajo-, Carolina todavía seguía pensando en la vieja. Se levantó de la silla, salió del despacho, y la vieja la acompañaba. Salió a la calle, y otra vez las personas la adelantaban, se cruzaban con ella. Sin embargo, ella no las veía: sólo veía una vieja. Caminaba ausente, como en un sueño. Pero su sueño se quebró, bruscamente, al sentir un fuerte tirón en el hombro, y estuvo a punto de caerse de bruces al suelo.

Un ladrón le había quitado el bolso en cuestión de un segundo, y ya corría con él entre la gente, por delante de ella.

-¡Eh! –gritó sorprendida, viendo que sus pensamientos se esfumaban con sonidos de cristales rotos, transportada brutalmente a la realidad-. ¡Al ladrón! -chilló-. ¡Al ladrón!

Y se echó a correr tras él, maldiciéndose por llevar zapatos con tacones y por llevar toda la documentación y las llaves en el bolso.

Pero de pronto algo pasó, rasgando el aire, y el ladrón cayó al suelo. Carolina fue a toda prisa hacia él. Lo tenía a diez metros. Si no se levantaba rápido...

Pero no se levantó. Carolina llegó hasta él y le quitó con presteza el bolso, que todavía aferraba débilmente con una mano. Lo miró: el ladrón estaba tumbado en el suelo, boca abajo e inconsciente, y su cabeza había recibido un golpe tremendo, pues sangraba abundantemente. A su lado había una piedra del tamaño de un puño.

Carolina se volvió. Iba hacia ella una viejecita pequeña y encorvada, ataviada completamente de negro. Se agachó sobre el ladrón, cogió la piedra y la metió en su bolso.

-¿Usted le ha lanzado la piedra? –le preguntó Carolina, asombrada.

La vieja sonrió levemente.

-Vaya, tiene usted muy buena puntería –señaló Carolina-. Muchas gracias.

-No hay de qué –repuso la vieja con voz queda. Y se alejó de allí, lentamente, muy lentamente.
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