Reina del Crimen. Megan Abbott


Valdemar/Es Pop ofrece Reina del Crimen, de Megan Abbott, la cuarta entrega de su colección neo pulp que revoca, encala, enluce y regurgita para el siglo XXI la novela de quiosco de toda la vida

Fascinación, asombro y morbo

Así, Megan Abbott, con astucia narrativa y buen hacer, recrea concienzudamente y para mayor gloria de todos ese mundo imaginado (o imaginario) del hampa estadounidense de los años 50. Ese mundo de las novelas que se leen con la boca abierta y la imaginación dispuesta; ese mundo en el que no hay otras luces que las de neón, otros sombreros que los Stetson, otras mujeres que las fatales, otros tipos que los duros, otra música que el hard bop, otra bebida que el gimlet y otras miradas que las eternas.

un puto placer, con perdón

Y es en ese mundo fatídico y fatal, en ese mundo tan clásico, reconocible y querido, donde Megan Abbott reconstruye con minucia y credibilidad las andanzas contadas en primera persona de una aprendiz a criminal (ahora que me fijo, curiosamente innominada, como la protagonista de Rebeca) que es tutelada, enseñada y guiada por Gloria Denton (una veterana correo entre clanes mafiosos), que la ampara y enseña hasta que, claro, llega ese momento clásico de crecer a cuenta de matar a la madre.

La clave (y el éxito) de la novela está, claro, en la dinámica de la relación entre los citados personajes, que tiene al lector atrapado entre la fascinación, el asombro y el morbo.

Ums, ¿Cómo explicarlo? ¡Ah, sí! Retomo lo de Rebeca.

Imagínense un argumento alternativo de ese inmortal clásico.

Elucubren que la mojigata y sofocada Joan Fontaine se da cuenta de lo obvio y, nada más pasar un par de fotogramas, condecora con un par de merecidas hostias al descomunal y redomado gilipollas de Maxim de Winter (encarnado en la pantalla por el insufrible Laurence Olivier) y, ya libre del fardo, se emplea el resto de la película en dejarse envolver, feliz, en el juego de seducción y abyección de la sinpar Sra Danvers (la gran Judith Anderson), hasta alcanzar la absoluta y satisfecha amoralidad, sólo amenazada por esos dos grandes chulazos cínicos (uno por atolondramiento, otro por resabiado) que son, respectivamente, los enormes (pero ENORMES) Nigel Bruce y George Sanders.

Suculenta película ¿no?

Bueno, pues poco más o menos, así de sabrosa resulta Reina del Crimen, con esa relación Rotenmeyer/Heidi que es la turbina que la mueve y remueve, impulsa y propulsa.

Ni que decir tiene que la lectura resulta fascinante, entretenida, morbosa y disfrutable, muy, muy disfrutable; vamos, en lo que viene siendo, con permiso, un puto placer. Con perdón.

Valdemar/Es Pop, 2011
Luis de Luis
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