¿Por qué escribes, Rubén Sánchez Trigos?

    
Preguntarle a alguien porqué escribe es cómo preguntarle porqué quiere a tal o a cual persona, porqué viste con un determinado estilo o porque al comer no puede evitar un determinado tic en concreto. Cualquier respuesta sonará irremediablemente a evasiva, en especial las que se pretendan más ingeniosas.

No hay manera humana de justificar una actividad que nos obliga a arañarle al día horas de sueño, a aislarnos de las demás personas, que casi siempre está abocada al fracaso –muy pocos libros permanecen en las estanterías de los grandes almacenes dos meses después de ponerse a la venta- y que en la mayoría de los casos ejercemos sin esperar a cambio más retribución que el saberse creador de algo, signifique lo que signifique eso.

No se escribe por dinero, por prestigio o por realización personal, o al menos yo no. No porque no sea ambicioso ni necesite reforzar mi ego, sino porque escribir casi nunca aporta nada a ninguna de estas cosas. Visto así, da la impresión de que no hay ningún motivo para hacerlo. Mi conclusión es que escribo porque la alternativa contraria –una vida sin escribir- me parece inconcebible.
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