No soy tan malo como creía. Roberto Malo

     
El semáforo en rojo del cruce me alertó de que ya no era momento de pasar y detuve mi caminar. Como buen peatón sabía que las bestias sobre ruedas se abalanzarían sobre mí, dispuestas a cazarme y darme muerte, si yo cometía la insensatez de intentar cruzar en rojo. Sí, a los vehículos les encantaba cazar peatones, era su deporte favorito; en los rostros de los conductores había siempre una expresión de alerta, una mirada de cazador, siniestra, amenazante. Pero yo no me iba a dejar cazar, no; no era tonto. Nunca cruzaba estando en rojo; siempre en verde. Incluso si estaba rojo y no se veía ningún vehículo a la vista, tampoco cruzaba. Me era imposible. No sabría cómo explicarlo, pero sentía que, si cruzaba en rojo, un vehículo invisible aparecería como salido de la nada, como esperando mi error para cazarme y matarme. Pero yo no le iba a dar ese gusto; no le iba a dar ninguna opción.

Mientras pensaba esto, un ciego bajito y de pelo canoso llegó lentamente a mi lado, resonando su bastón blanco en la acera. Al igual que yo, se disponía a cruzar. Al verlo decidí hacer mi buena obra del día; hacía mucho tiempo que no hacía ninguna.

“¿Le ayudo a cruzar?”, le dije.

“Si no es ninguna molestia...”, susurró el ciego.

“No, no es ninguna molestia”, atajé, y lo cogí con fuerza de los dos brazos, tirando ferozmente de él; le hice perder el equilibrio y lo lancé con violencia al carril de los coches.

El ciego cayó como un fardo sobre el asfalto, gritando con horror y volando por los aires sus gafas negras. Lo vio al instante un conductor avispado y se lanzó sobre él a toda velocidad, embistiéndolo duramente y haciéndole saltar por los aires.

“¡Muchas gracias!”, me agradeció el conductor mientras se alejaba sonriente, dejando tras de sí el cuerpo deshecho del ciego.

“De nada”, asentí, sintiéndome de maravilla.
Publicar un comentario en la entrada