Sparrow (2008)

Con espíritu lúcido y afán lúdico, el hongkonés Johnnie To se ha convertido en uno de los grandes malabaristas del cine de género contemporáneo. Su gran talento es el de subvertir y reciclar los códigos, principios y convenciones del film noir, resultando de ello una serie de películas que se construyen precariamente ante nuestros ojos para acabar dinamitando sus propios cimientos. El espectador ha sido invitado a este juego de construcción y deconstrucción del que resultan obras tan disfrutables por su carácter de desenfrenado entretenimiento genérico como por su clara dimensión autorreflexiva

Camaradería entre carteristas
Su cámara se ha filtrado ya bajo las puertas de sórdidos restaurantes ligados a las Tríadas y ha deambulado por las calles nocturnas de una ciudad herida por la devastación física y moral, dibujando un retrato tenebroso y, en ocasiones, deliberadamente hermético, de las colisiones frontales entre personajes procedentes de cualquiera de los puntos cardinales de la Ley. Como tantos westerns, casi siempre ha preferido a los personajes fronterizos: a medio camino entre el deseo de una vida familiar y gregaria y su condición de outsiders inmersos en un bucle de violencia desesperada. Basta recordar a los hombres que vivían y perecían en The Mission (1999), Running out of time (1999), Fulltime Killer (2001) o Exiled (2006).

película extraña e inusual

Las obras que preceden a la reciente Vengeance (2009) —película en la que juguetea, más visiblemente que nunca, con el dispositivo cinematográfico— pueden ser entendidas como una suerte de films de transición en los que el cineasta transita hacia espacios de mayor libertad representativa. Dentro de ellas podemos encontrar Sparrow (2008), artefacto extraño e inusual, tanto en su filmografía como en la historia del cine de género hongkonés.

El film nos aproxima al universo del carterismo, oficio que alimenta los días de Kei —magistral, una vez más, Simon Yam— y sus hermanos, entre quienes el director urde las acostumbradas relaciones de camaradería viril con un plus de cálida fraternidad. Ya en su prólogo, To entierra pistolas y cuchillos y otorga el protagonismo a la coreografía de manos raudas y astutas que se deslizan, silenciosamente, en bolsos y bolsillos.

Entregados a una danza
En sus últimos films, To ha desplegado una serie de recursos en pos de representar lo irreal: en Sparrow, los protagonistas son apenas fantasmas, gorriones imbuidos de una mágica libertad de movimiento, entregados a una danza que los aleja de las esculturas evanescentes de Election (2005) o Police Tactical Unit (2005). Pero, además, la propia puesta en escena incide en esta idea de irrealidad: la recurrencia a la técnica del ojo de pez y, sobre todo, a un trazado escenográfico del todo insólito potencian esta visión que tiene mucho de idealización alucinada. Hong Kong aparece como espacio luminoso y hermosamente bullicioso, y la muerte ha sido definitivamente desalojada del relato. El director, así, recurre incluso a la técnica del ojo de pez para recrear los barrios y rincones de una ciudad que se erige como la auténtica protagonista del film, como contraplano de la temible, implacable y despiadada urbe que ha sustentado buena parte de la producción anterior del artista. Es a través de su propia ligereza como este gorrión acaba alzando vuelo: nos encontramos ante una suave y armónica comedia, que zarandea al espectador a ritmo de vals y que, en sus últimos compases, invoca el fantasma de Jacques Demy y nos regala un visual y vertiginoso musical sin música.


Ignacio Pablo Rico
Publicar un comentario en la entrada