La ducha. Roberto Malo

     

Aurora había visto demasiadas películas. Había visto demasiadas mujeres asesinadas en el cine. Había visto demasiadas mujeres asesinadas en la ducha.

(La ducha; el escenario ideal para un crimen.)

Aurora temía el ducharse. Le daba pánico. Se duchaba, claro; era una necesidad. Pero siempre tomaba sus precauciones.

Cerraba la puerta de la casa a conciencia (la atrancaba más bien), aseguraba todas las ventanas y sellaba la puerta del baño con tres cerrojos que se había puesto ella misma.

Todas las medidas eran pocas. Dentro de la ducha estaba desnuda e indefensa, con la pared a un lado y las cortinas al otro. Si alguien entraba, ella no lo oiría por el ruido del agua. Y si alguien entraba, ese alguien oiría el agua de la ducha y podría llegar hasta ella y eliminarla.

Era así de sencillo. La ducha era una trampa mortal.

Sin embargo, dentro de casa, hasta cierto punto, se sentía segura.

Pero ahora no se encontraba en su casa. Se encontraba en otra ciudad. Se encontraba en la habitación de un motel. Y se tenía que duchar.

Le daba miedo, pavor, pero no era una guarra. Se ducharía aunque la mataran. Eso sí, tomando sus medidas.

La puerta de la habitación no tenía ningún cerrojo. Eso había que solucionarlo de algún modo. Y lo solucionó, pegando a la puerta una gran mesa de madera de roble, que le costó lo suyo arrastrarla hasta ella.

No había ventanas. Mejor así.

Tras la puerta del baño colocó dos sillas haciendo palanca.

Ya dentro del baño sonrió. Había hecho un buen trabajo.

Se quitó la bata y observó en el espejo su hermoso cuerpo desnudo. No sería extraño que alguien quisiera verla así, pareció pensar sonriendo.

Corrió las cortinas y entró en la bañera con cuidado, pasando primero una pierna y luego la otra. Las plantas de sus pies sintieron el frío suelo. Luego volvió a correr las cortinas, encerrándose así en su mundo blanco de terror.

Sentía frío. Un frío blanco. La pared, la bañera y las cortinas eran blancas.

Encima del grifo de la bañera estaba colocada la alcachofa de la ducha. Tenía un largo tubo de alambre conectado a la llave del agua. Aurora lo tomó y lo alzó hasta colocarlo en un enganche de metal que había en la pared, encima de su cabeza, quedando así la boca de la ducha hacia abajo.

Abrió la llave del agua caliente y el agua salió de la boca de la ducha precipitándose sobre su cuerpo. Sus cabellos se pegaron a su cabeza; su cuerpo se vistió de agua.
Ahora era el momento en el que el ruido inundaba todo.

Si alguien entraba, seguramente Aurora no lo oiría.

“Nadie va a entrar”, se decía ella nerviosamente.

Y en verdad, nadie podía entrar. Nadie podía llegar hasta ella.

La aislaban las puertas, las paredes, las cortinas.

Estaba totalmente aislada.

Si gritaba, nadie la oiría.

Si gritaba, nadie podría entrar a salvarla.

Estaba dentro de una trampa mortal.

Sí, la ducha era el escenario ideal para un crimen.

Y en ese momento el tubo de la ducha serpenteó violentamente, soltándose de golpe del enganche metálico de la pared, y se lanzó sobre Aurora, rodeando su cuello rápidamente como si se tratase de una serpiente de metal.

Aurora resbaló sorprendida y cayó al suelo de la bañera. Llevó presurosa las manos al tubo que rodeaba su cuello e intentó sin comprender librarse de él. Pero el tubo se cerraba fuertemente sobre su garganta, dando vueltas y vueltas, y la cabeza de la ducha giraba sobre ella con fuerza, escupiendo agua en círculos hacia todos los lados.

Aurora, aterrorizada, sintió que se ahogaba, sintió que no podía respirar. Y sintió con horror que iba a morir; iba a morir en la ducha, asesinada por la misma ducha.

(La ducha; el lugar ideal para un crimen.)


     

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