Fatal. Jean-Patrick Manchette

Para escribir Fatal (Bruguera, 1987) Jean-Patrick Manchette escoge una prosa neutra, aséptica y descriptiva, ausente de valoraciones y subjetividad. Para entendernos, una prosa azoriniana que, en lugar de ofrecer estampas de las llanuras castellanas o de las tradiciones de, es un suponer, Riofrío de Ávila, muestra la incursión de una criminal en la cotidianidad de una pequeña ciudad de provincias francesa

El autor se descerraja

No es, de entrada, un mal punto de partida, utilizar dicho personaje como abrelatas que descerraja la cara B de una pequeña y cerrada sociedad burguesa, desvela mezquindades y miserias y aprovechar la prosa calma y minuciosa, detallada y concisa para narrar un cuadro de costumbres siguiendo devenires y pululares del personaje principal por los distintos ámbitos sociales.

inenarrable, desnortada y descarrilada

Hasta aquí bien. El problema es que el que se descerraja es el autor y empieza a acumular indescriptibles secuencias como, por ejemplo: la manera de fumigarse los remordimientos de la protagonista (atracándose de chucrut); cómo se descubre la posibilidad de cárcel para uno de los personajes (durante una partida de cartas que, ya que lo primero es lo primero... ¡no se interrumpe!); la palanca que usa la prota para chantajear a los corruptos bienpensantes de la ciudad (recortes de periódico y cotilleos del friki del pueblo); la conversión a la “bondad” de la asesina (durante una larga y pulcra conversación que sostiene con su único amigo, el citado friki, a quien, por cierto, acaba de acribillar a quemarropa; charleta que se ve interrumpida porque el acribillado se da cuenta, de repente, que tiene más agujeros que un colador y, en vista de lo cual, opta por fenecer); un largo acorralamiento contra nuestra heroína desarmada a cargo de 7 u 8 colegas armados hasta los dientes que acaban inevitablemente fiambres, entre otras cosas, porque cometen errores tales como abandonar la caza y captura para ¡en serio! irse a mear (ya dije que en esta novela, lo primero es lo primero) y, todo culmina con un final, absolutamente delirado, en el que la tantas veces citada prota asciende -moribunda y ataviada con traje de lamé y tacones- por una montaña nevada cuya cima orla la aurora, mientras invoca, con su ejemplo, la unión de las mujeres voluptuosas y filósofas del mundo mundial.

En dos palabras: A Cojonante.

En fin, Fatal es una novela inenarrable, desnortada y descarrilada. Aunque, bien visto, si el lector se enfrenta a ella consciente de que va a leer algo escrito y narrado como si Azorín se hubiese fumado un brote verde (pero verde que te quiero verde), y, en el proceso, le hubiese poseído el espíritu de ese titán que caminó entre los hombres con el nombre de Emilio Carrere, puede resultar toda una marihuanesca, insólita e irrepetible –aunque no se si literaria (eso dependerá de la calidad del costo)- experiencia. 


Luis de Luis


    

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