El resucitador

    
–¿Podrá resucitarla? –preguntó angustiado el padre de la chica ahogada.
El resucitador examinó el cadáver de la joven. Una joven ciertamente hermosa, de unos dieciocho años; morena, bien formada, estaba todavía en bañador, tumbada sobre la mesa de la consulta. Su padre la había traído en su propio coche, conduciendo como un loco desde el río fatal.
–¿Cuándo ha muerto? –quiso saber.
–Eh... Hará dos horas.
–Bien, creo que podré hacerlo.

Sudando copiosamente, el nervioso padre salió de la consulta y se sentó en la sala de espera. Encendió con dedos temblorosos un cigarrillo mentolado y lo aspiró hondamente. La vida de su hija estaba en manos del resucitador.

Dentro, el resucitador cerró la puerta con cerrojo. Se acercó a la joven y la observó con agrado. Era un buen cadáver. “Será un placer resucitarlo”, pensó, “No como el tío gordo del otro día...”
Se quitó su bata blanca. Debajo no llevaba nada. Desnudó también a la chica, quitándole el bañador con extrema delicadeza. El cuerpo de la chica le encantó. La besó en la boca, en los pechos, en el sexo... Después la abrió de piernas y, amorosamente, le metió su miembro prodigioso.

Cuando el resucitador eyaculó dentro de la chica, ésta abrió los ojos de golpe. El hombre sonrió; de nuevo lo había conseguido. Se separó de ella, se puso la bata blanca, lavó a la joven y le puso de nuevo el bañador con la tranquilidad que da el saber que los primeros minutos para una persona resucitada son muy confusos y apenas se recuerda nada. Después, tras hablar con ella y comprobar que estaba bien, dejó entrar a su padre.

El padre estaba loco de contento. Su hija había vuelto, estaba de nuevo a su lado. Llorando de emoción, abrazó al resucitador y le preguntó:
–Dios mío, ¿cómo lo hace?
El hombre sonrió ligeramente.
–Polvos mágicos –explicó.

    
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