El día más corto. Roberto Malo

Comenzaba a amanecer, y los soldados alemanes sabían lo que eso significaba. Iban a atacar las líneas enemigas, y las posibilidades de morir serían muchas. Miraban absortos las trincheras inglesas y el espacio que les separaba: un espacio que parecía eterno. Lejos quedaban sus novias, mujeres, familiares y amigos. En este mundo sólo reinaba la muerte y la estupidez.

    
Ya estaban listos para salir en cualquier momento y tomar las malditas posiciones. Era una locura, un ataque suicida; pero qué demonios, la guerra es así.

El capitán Prüler salió de la trinchera.

-¡A por ellos! –gritó a los rostros temerosos de los soldados-. ¡Adelante!

Los rostros de temor se tornaron en odio y salieron gritando y vociferando en dirección al enemigo. Las trincheras fueron abandonadas rápidamente y la respuesta de los ingleses no se hizo esperar. Sus ametralladoras comenzaron a lanzar lluvias de balas, en tanto que la artillería alemana ayudaba a su infantería como podía. En medio de todo esto, el grueso soldado Franz, apodado “el gorila”, fue un fácil blanco. Fue como si todos los enemigos dispararan sobre él; reventó en mil partes. Al mismo tiempo, el soldado Schultz recibió un balazo en el pecho y cayó al suelo.

-La quinta... –gimió Schultz.

Desde el suelo vio cómo sus compañeros caían uno tras otro. Era una auténtica masacre. Se incorporó entre maldiciones y siguió avanzando. A su lado, el sargento Junkendorf fue atravesado por dos balas mortíferas y se derrumbó.

El fuego de los morteros ingleses empezó a actuar en el campo. Los soldados alemanes caían como moscas. En las trincheras, dos oficiales ingleses se refrotaban las manos al pensar en las medallas que sin duda alguna conseguirían.

En el fragor del combate, el cabo Heinz era uno de los alemanes más avanzados, pero una bala precisa le hizo frenar los pies y caer sobre unas alambradas. Justo después, una bomba hizo volar a Schultz por los aires y caer duramente al suelo.

La sexta, Dios mío, la sexta... –dijo débilmente.

Estaba destrozado. Sangraba cuantiosamente. Un soldado cayó muerto encima de él. Lo apartó a duras penas y se levantó fatigosamente. Y siguió avanzando hacia aquella inalcanzable línea enemiga.

Era tan absurdo como aquel niño que viendo por primera vez el mar, se dijo: Voy hasta la línea del horizonte y luego vuelvo.

Ahora algunos soldados empezaban a retroceder. Seguir avanzando era la muerte segura; el campo de batalla estaba plagado de cadáveres y de soldados heridos. Como el soldado Schultz, que fue alcanzado de nuevo por una bala enemiga, esta vez en el corazón, y cayó a tierra.

–La séptima... –balbuceó.

Un teniente ordenó retirada. Mientras, el soldado Schultz, apodado “el gato”, moría.


   

Publicar un comentario en la entrada