Cuerpos descosidos. Javier Quevedo Puchal

De Clive Barker ha aprendido a explorar los límites de la Carne, la fusión –confusión– de las sensaciones de placer y dolor. De su admirada Angela Carter, el autor ha heredado el gusto por la metáfora y un excelente ojo clínico para retratar situaciones emocionales

Excelente portada de Felideus

La novela no hace demasiadas alusiones al tiempo, ni se detiene demasiado a describir los parajes que visitamos, ya que el protagonismo recae sobre la conciencia de los tres protagonistas. Eso sí, en algún momento se nos habla de atardeceres lluviosos, que son, sin duda, el mejor momento para las confesiones más comprometidas, la ocasión perfecta para que estos extraños personajes se desnuden, despacio, de forma ceremoniosa, y nos muestren una a una sus heridas. Un chapero sin hogar ni lugar, una mujer que disfruta autolesionándose, y la misteriosa Papisa, que en ceremonias privadas purga las culpas ajenas, son el trío protagonista.

heridas de la carne y de la conciencia

Las tres historias que componen Cuerpos descosidos se van mezclando y fundiendo, conformando una novela de tensión lenta pero creciente. No faltarán lectores habituados al terror anglosajón que se impacienten, exigiendo un desarrollo contundente, salpicado de golpes de efecto. Sin embargo, Javier Quevedo Puchal se ha marcado estrategias bien distintas. De Clive Barker ha aprendido a explorar los límites de la Carne, la fusión –confusión– de las sensaciones de placer y dolor. De su admirada Angela Carter, el autor ha heredado el gusto por la metáfora y un excelente ojo clínico para retratar situaciones emocionales.

Pero a uno se le ocurren más autores, no del todo emparentados con el fantástico o el terror, que con su mirada inusual, podrían haber sido excelentes modelos para Javier Quevedo. En efecto, Cuerpos descosidos parece deber más a Tennesse Williams y sus claustrofóbicos dramas, como De repente, el último verano, que a un, pongamos por caso, Stephen King. Y, sin duda, el mayor acierto del joven autor es la naturalidad con que nos presenta una galería de personajes anormales, su capacidad para sorprendernos gracias a ellos, tal como hace Thierry Jonquet en sus mejores novelas, como Tarántula o Ad vital aeternam.

Insistiremos las veces que haga falta en que Javier Quevedo Puchal ha sabido personalizar las referencias que manejaba, escapando así de las fórmulas habituales del terror de consumo rápido. Es un gesto elegante el hecho de rehuir los momentos más sensacionalistas, y hacer que la atención se centre en las peculiaridades de sus muy bien retratados personajes. Ni siquiera llega a relatar de forma directa los momentos más truculentos. No olvidemos que estamos ante una novela sobre la culpa, y al autor le interesa más profundizar en las culpas de sus personajes que en las heridas de la carne.


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David G. Panadero 


   

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