Yo, la ejecutora

Hace no muchos veranos, mi amigo Francis P. Fernández me invitó a visitar la casa de su abuelo. Sabía de mi pasión por la novela de kiosco, y aseguró que allí podríamos encontrar ejemplares muy curiosos.
El libro que más me gustó fue Yo, la ejecutora, que me sirvió de inspiración para mi novela Los viejos papeles.
Recuperamos aquí unas pocas páginas de ese libro, donde se puede apreciar la inspiración, y donde, además, aparece Vicky Colt, una fémina de armas tomar...

Simplemente soy la ejecutora

I

El estampido de la nueve milímetros acalla las últimas súplicas de mi primera víctima al atravesar el silencio de la noche. Él cae a mis pies, la punta de su nariz roza mi zapato derecho. Un charco rojo se extiende bajo su cara, despacio, desplazándose hacia mí con lentitud. Doy un paso atrás para evitar que su podredumbre me alcance. El muy cerdo… Temo de repente que el ruido del disparo, tan fuera de lo común en esta calle tranquila, alarme a alguien, pero no ocurre nada. No se mueve nada. Supongo que fue una mala idea no comprar también un silenciador, pero al menos tuve los aciertos de aprovechar el día libre del servicio y de envenenar a los perros. Nada es perfecto, pero me prometo a mí misma hacer el esfuerzo de mejorar y aprender de mis errores. Afuera, en el jardín, los grillos vuelven a cantar como si nada hubiera ocurrido. Sin embargo, a pesar de mi inexperiencia, soy consciente de que no puedo quedarme allí plantada por más tiempo pues no conviene tentar a la suerte.

Guardo el arma en el bolso entretanto voy limpiando con un pañuelo todo aquello que recuerdo haber tocado. Recojo el abrigo, cruzo la planta baja hasta la parte trasera, atravieso la cocina y abandono la casa por la puerta de atrás. Hay un pequeño caminito de gravilla chirriante, mal iluminado, que conduce a la parte posterior del jardín, donde se encuentra el acceso para el servicio. Sé que la cancela no gime puesto que la noche anterior, cuando dejé el coche aparcado al final de la calle, tuve buen cuidado de lubricar los goznes. Miro al exterior, hago oído, me cercioro de que todo sigue en silencio.

Camino lentamente hasta mi viejo coche, aparcado tras los contenedores de basura, camuflado con ellos, prácticamente invisible a los ojos hambrientos y ambiciosos de los ricos. Subo. Acciono el contacto. Me pongo en marcha y pienso que ha sido un buen bautismo de fuego. La primera piedra en el muro de una venganza largamente planeada. Había imaginado más miedos, dudas y temblores. Supuse equivocadamente que matar a una persona se me haría más difícil, pero lo cierto es que ha resultado sencillo. Tan simple como mirarle a los ojos, decirle mi verdadero nombre –soy Vicky Colt, ¡llámame Vicky Colt!–, expresarle los verdaderos motivos de mi presencia en aquella casa, apretar el gatillo y ver cómo la luz iba desapareciendo de su mirada sorprendida.

Ya casi he olvidado cómo empezó aquella historia infernal, y la verdad es que casi ni me importa. Todo ha perdido su sentido más allá de la necesidad de revancha. Sé que necesito hacerlo para poder continuar con mi vida, aunque en realidad ya no estoy segura de que haya vida alguna más allá de mis proyectos inmediatos. A veces creo que morí entonces y que soy una muerta viviente, un espíritu rencoroso y vengativo… El fantasma de un pasado que ya nadie recuerda, pero que en realidad, yo sí recuerdo, detalle a detalle.

Cuando abandono la zona y me adentro en la oscuridad de la carretera comarcal me percibo en mi elemento. La noche aterciopelada. La oscuridad infinita. Enciendo un cigarrillo. Conecto la radio. La voz de Armando Manzanero me recuerda lo que ya sé: que soy un reloj que no marca las horas, un cadáver. El monstruo ultrajado que quedó tras el paso procaz de aquellos hombres enfermos y malditos. Tras su ultraje. Creo, entretanto empiezo a trabajar en el esbozo de mi siguiente asesinato, que ni tan siquiera tengo un nombre que merezca la pena mencionar.

Sé que otros hombres supuestamente buenos me perseguirán por lo que estoy haciendo, por lo que pretendo hacer. Por lo que voy a hacer. Siempre ellos. El mundo pervertido de los hombres en el que una mujer sólo puede ser víctima o transformarse en el peor de los verdugos. Todo ese mundo pondrá en marcha los engranajes de su maquinaria represora para encontrarme y destrozarme, pero no antes de que haya terminado mi obra. No antes de que haya cumplido con mi venganza. Dirán de mí que estoy loca, que estoy enferma, que soy un ser antinatural, que no tengo derecho a la vida, que se me debería encerrar bajo siete cerrojos. Publicarán cosas espantosas que mancillarán mi memoria y empozoñarán los oídos de la gente con viejas mentiras diseñadas para ocultar su culpa. Me es indiferente. Ya he comenzado a cobrar mi parte y no pienso detenerme.

Cuando me incorporo a la autopista y veo al fondo las luces de la ciudad, al fundirme con el escaso tráfico de la madrugada, tengo una revelación que me lleva a asumir en qué me he convertido. Pienso que quizá sólo nací para ello.

La ejecutora… Ya simplemente soy la ejecutora.


II

Los hombres son animales de costumbres. Las mujeres también lo somos. ¿Acaso creéis que para mí es fácil tomarme la justicia por la mano? No estoy hablando de arrepentimiento. Ya es tarde para eso. Yo no hablaré de perdón, de culpa, ni de arrepentimiento, porque los otros tampoco lo hicieron. ¿Ves? No puedo evitar pensar en ello, darle una y mil vueltas. Por eso sé que hasta que no cumpla mi plan, no podré descansar. En todo caso, estaba diciendo que soy animal de costumbres. Por eso, voy a celebrar –si es que el sanguinario asesinato de ese cerdo se puede celebrar– en el local que más disfruté cuando todo estaba en orden: el Colt Club.

Cuando vivía James, mi marido, era un local de veras especial y único. Aquí tocaban las mejores bandas de jazz, y se bebía el mejor whisky irlandés. Ahora… Desde que desaparecieron las mentes pensantes del crimen organizado, y aparecieron estos niñatos, todo se ha echado a perder.

Mi indumentaria es discreta, y prefiero que lo sea, pues de lo contrario, me podrían confundir con una de las fulanas baratas que pululan por aquí. Bien. Mi cara de pocos amigos y mi vestuario espartano, consistente en pantalón y jersey amplio, y pelo recogido, me ayudan a pasar desapercibida.

Y veo cómo se mueven. Los muy hijoputas se mueven. No contentos con haber arrasado con todo el whisky, se mueven de un lado a otro, casi por espasmos, aturdidos por el alcohol barato que ahora se sirve aquí. En el local que regentaba mi marido antes de que lo asesinasen, donde yo tenía un trato de algo así como Dama de Honor.

Pensaba que una copa en el Colt me ayudaría a acabar el día con calma, pero no es así. Veo la decadencia del local, y siento la necesidad de seguir machacándolos, hasta la muerte. Y decido que esta noche no ha terminado mi jornada. Todavía hay algo que puedo hacer.

Si no me engaña la vista, ese niñato, al que el traje, posiblemente heredado de su tío abuelo, le está grande, era uno de los matonzuelos que acabó con mi marido.

–Perdone, caballero.

No se me hace complicado ganarme su atención. Seguramente estará pensando que hoy tiene fiesta completa: una incauta, vestida como si fuese chica de provincias, le va a acompañar a su hotel para escuchar sus hazañas. No le saco de su error.

–Caballero, tengo un problema con mi coche. No arranca. ¿Saldría un momento fuera, para ayudarme?

La cuestión es hacerlo rápido y que no tiemble el pulso. Imagínalo de forma que te resulte ridículo, y no tendrás reparos en acabar con él. Imagínatelo desnudo, con una manzana en la boca, o trajeado, con una mierda de vaca por sombrero. Cualquier cosa. Y actúa rápido. La zona de aparcamiento es silenciosa, y no hay nadie rondando por allí, nadie al menos que quiera buscarse problemas con la policía testificando.

Salimos del local mientras él se muestra confiado, gesto triunfador en la sonrisa, pensando que me llevará al huerto, y que conmigo hará todo lo que no se atreve a hacer con su sufrida esposa. Un golpe certero en la sien con la llave inglesa. El espinazo roto cuando se cierra el maletero, él con medio cuerpo dentro, siempre dispuesto a ayudar desinteresadamente a una damisela en apuros; es decir, a mí. Un disparo al corazón, un corte limpio en el cuello…

Se acerca el momento, y me he entretenido fantaseando con todas esas posibles muertes. Ahora llega el momento de no pestañear, y decidir qué pasaporte doy a este inútil. Podría haberlo premeditado, pero admito que el simple hecho de barajar todas estas opciones, me ha entretenido lo suyo.

Reza si quieres, gilipollas. Tu momento ha llegado.


   

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