Una conversación del Círculo Holmes con Alberto López Aroca (y III)

En la anterior parte de la entrevista, Alberto López Aroca habla su recientísima Sherlock Holmes y los zombies de Camford y da un avance sobre Charlie Marlow y la rata gigante de Sumatra, su nueva obra holmesiana de inminente publicación

     
Para leer la segunda parte, click


Apenas faltaban unos días para agotar 2010 y publicas, con la editorial Dolmen, tu primera novela dedicada al detective consultor, Sherlock Holmes y los zombies de Camford. ¿Cómo nace la novela? ¿Cómo fue su proceso de creación?

Pues fue una propuesta que Jorge Iván Argiz, director de la Línea Z de Dolmen, me realizó durante el pasado julio, en la Semana Negra de Gijón. Estábamos hablando con Jesús Palacios, y Jorge Iván me dijo: “¿Tú escribirías un Sherlock Holmes Z?” Y a mí aquello me pareció un disparate, así, en frío. No sabía si tomarme aquello en serio, y así lo expliqué. Y debo decir que fue Jesús el que me convenció con argumentos de peso, yo diría que bastante irrefutables, como la frase “¡hay que matar a la gallina de los huevos de oro!”, entre otras cosas.

Lo que yo no quería de ningún modo era hacer una revisión de algún texto canónico, como esas cosas que se hacen ahora con Orgullo y prejucio, por ejemplo, que respetan el texto original y le meten zombis, y hala, a vender. Eso no me interesa en absoluto. Pero los zombis eran una excusa tan buena como cualquier otra para contar un caso de Sherlock Holmes y el reto de reunir a Holmes con los zombis sin hacer una cosa obvia (“Moriarty monta un ejército de zombis”) me convenció.

Además, tener un contrato firmado hace que las cosas sean más fáciles, eso tenlo por seguro. Incluso diría que en algunas ocasiones, es lo que lo hace factible el proceso creativo que consistió, como en tantas otras ocasiones, en sentarme delante del ordenador y escribir y fumar como si me fuera la vida en ello. Y ya está.

¿No temes que la palabra “zombis” eche a los lectores para atrás? ¿Que lo identifiquen con entretenimiento barato?

Los lectores pueden pensar lo que mejor les plazca, la verdad. Y lo de barato, si echas un vistazo al precio de los libros en cualquier tienda, verás que eso es muy relativo...

Al margen de esto, creo firmemente en el entretenimiento, que es el objetivo último de leer: pasar un buen rato (como el sexo con condón, como diría mi amigo Sergio Bleda). La gente no va al cine para que le enseñen gramática, historia del arte o la teoría de cuerdas, sino para que le cuenten una historia. El concepto de que la literatura debería ser, de forma sistemática, didáctica, me parece aborrecible, insultante y perversa, propia de dinosaurios que deberían estar extinguidos. Leer es un proceso intelectual que requiere un esfuerzo notable y voluntario, y debe ser premiado con la obtención de algún tipo de placer, por retorcido que sea ese placer. Es lo que sucede con las “lecturas obligatorias” de los actuales planes de enseñanza...

Vamos a ver, ¿qué cojones es eso de “lectura obligatoria”? Por esa regla de tres, quizá tendría que haber también “visitas al bar obligatorias”, o “merendolas obligatorias”, o lo que sea. Mira, el esfuerzo de leer, el proceso de la lectura, ya genera bastantes beneficios por sí mismo, nuevos enlaces sinápticos en el cerebro, e insisto, si lo que lees te agrada —aunque sea la lista de la compra—, llega al centro del placer del cerebro y da gustito. A los chavales no se les muestra eso, sino que les enseñan que leer es un coñazo insufrible... porque si no, no sería obligatorio, ¿verdad?

Con respecto a los zombis del título de mi novela, veamos, ¿estaríamos hablando de una novela más seria si se titulara “Sherlock Holmes y la heterogeneidad del ser”, o bien “Aprenda tópicos victorianos con Sherlock Holmes”? ¿O simplemente parecería mucho más peñazo y menos atractiva que Sherlock Holmes y los zombis de Camford?

Te garantizo que si una obra, literaria o no, consigue entretenerme y hacerme pasar unas horas agradables, el precio me habrá parecido justo. Incluso barato, si me apuras.

¿Por qué crees que los zombis han resurgido como personajes de la novela popular?

Pues no tengo ni idea. Hay un montón de explicaciones psicológicas que relacionan la figura deshumanizada del zombi con los tiempos que corren y tal, y seguro que son ciertas, pero yo ni me lo planteo. Supongo que sí, que el zombi (el muerto viviente de Romero, ojo) es el monstruo de nuestra época, y ha conseguido conectar con las generaciones más jóvenes a través del cine. Esto retroalimenta a otras industrias, como la de los vídeo-juegos, o la literatura, que se está volcando mucho en este subgénero de terror. Al tiempo, hay que añadir que hay buenos autores haciendo buenos trabajos; yo leí hace unos años Mi vida entre los muertos, del francés Serge Brussolo, y me gustó mucho, y sin duda la magistral Guerra Mundial Z de Max Brooks también ha tenido mucho que ver en todo esto.

La duda que a mí me queda es si los zombis han venido para quedarse, o si son una moda pasajera que se está prolongando más de la cuenta. Yo apuesto por lo primero, no por nada, sino porque creo que el zombi ya se ha establecido como icono monstruoso. O lo que es lo mismo: que si hay que hacer un crossover de Drácula, la Momia, el monstruo de Frankenstein y el Hombre Lobo, ya hay que incluir también al Zombi en la historia (o la horda de zombis, en su defecto).
    

La novela tiene una honda raíz canónica, tomas como punto de partida el argumento y los personajes de ese enigmático, triste, crispado e inquietante relato que es “El hombre que reptaba”, que ya llevaba tiempo rondándote por la cabeza...

“El hombre que reptaba”es uno de los dos relatos de ciencia ficción pura y dura que aparecen en el Canon (el otro, por si alguien tiene dudas, es “La aventura del pie del diablo”). Estuve examinando los textos canónicos en busca de referencias a zombis, a vudú, o lo que fuera, y localicé en “El pabellón Wisteria” la cita del falso libro de Eckerman, El vuduismo y las religiones negroides, y en principio pensé que iba a tirar por ahí. Pero después de pensarlo un poco, opté por “El hombre que reptaba”, que como dices, siempre me ha rondado la cabeza un poco.
Y es que la historia de un “elixir rejuvenecedor” es tan sumamente atractiva, y al tiempo, tan poco holmesiana... Sé que muchos críticos “duros” consideran “El hombre que reptaba” poco menos que un agravio, un chistecillo sherlockiano que no cuadra con el Canon. A mí me parece que es todo lo contrario: más allá de todas las referencias outré de casos no contados, este relato abre las puertas de Baker Street a planteamientos y argumentos fantásticos, y hace que la relación entre Holmes y, digamos, el profesor Challenger, sea mucho más cercana.

Es una historia que podríamos definir como bizarra, casi psicotrónica, y lleva implícitas un montón de connotaciones sexuales, pues el elixir no sólo rejuvenece, sino que “vigoriza”, como se muestra en el relato. Para mí, “El hombre que reptaba”, uno de los últimos textos canónicos de Doyle, fue un intento de llevar a Sherlock Holmes al territorio de lo desconocido.

La narración es en primera persona, pero no utilizas a Watson sino a Otis Mercer (un ex presidario y sabueso a sueldo de Sherlock Holmes) para contarla.

Watson no es el narrador más apropiado para dar detalles escatológicos, obscenos, o sencillamente desagradables. Y en una historia de zombis suele haber mutilaciones, desmembramientos, canibalismo, y lindezas que un autor como Watson le ahorraría al público. Y yo no quería eso, sino a un narrador victoriano que no tuviera tantos prejuicios y pudiera ser algo más explícito. De ahí la elección de un hombre de la calle como Mercer, que hace una velada aparición en “El hombre que reptaba”. Además, si Mercer le fue útil a Sherlock Holmes durante la ausencia del doctor Watson, ¿por qué no habría de servirme a mí?

Las posibilidades que desarrolla el argumento, que gira sobre la mutación genética y las creencias sobre cómo la ciencia puede vencer a la muerte, ya se planteaban en el relato de Conan Doyle (digo, del Dr. Watson). Tu novela las exprime y las lleva a las últimas consecuencias basándose (en el mejor estilo woldnewtoniano) en las investigaciones de los doctores Moreau y Jekyll...

    
En realidad tampoco queda muy claro ese aspecto, me refiero a la implicación de los doctores de Wells y Stevenson. De hecho, el verdadero responsable de todo el asunto es H. Lowenstein, a quien conocimos en “El hombre que reptaba”. Y ya ves lo que sucede al final... (Mejor no lo destripamos, ¿verdad?)

Me gustaba la idea de explicar las implicaciones que tenía el suero del langur de Lowenstein, un tema que, al ser un tanto cienciaficcionero, los sherlockianos han dejado bastante de lado tradicionalmente. Esto es algo que me sorprende, pues al tratarse de un elemento “no real”, cualquier autor podría explayarse buscando explicaciones de todo tipo. Al menos yo me he dado el gusto... y aún así, he dejado unas cuantas lagunas.

Además, en la novela desarrollas esas relaciones personales, atroces y ocultas q
ue laten en el Canon y que, pudorosa y elegantemente, el doctor Watson nos ocultaba (matrimonios por interés, con edades desiguales, incestos...)

Claro, claro; de ahí lo que te decía del narrador: Necesitaba a alguien con bemoles para decir las cosas con todas sus letras, alguien como Otis Mercer. En el Canon hay montones de detallitos que uno puede leer entre líneas, verdaderas monstruosidades que podemos intuir aquí y allá: Te recomiendo una relectura en clave “obscena” de “Las Hayas Cobrizas”, por ejemplo, que ya es un relato bastante fuerte por sí mismo, y descubrirás muchas cosas extrañas aquí y allá, y lo mismo te digo del asunto de “Lady Frances Carfax”, que antes comentábamos... Warren Ellis, por ejemplo, realizó una adaptación al cómic, fidelísima, de “El vampiro de Sussex”. Pero hay un par de viñetas al final, donde Sherlock Holmes explica qué recomienda hacer con el jovencito, y las imágenes dan una idea bastante clara de a qué me estoy refiriendo. El texto es, literalmente, el del cuento del Canon, pero las imágenes dan una interpretación muy distinta de las palabras de Holmes...

 La acción de la novela es trepidante y su tiempo se desarrolla en poco más de un día muy largo y en un escenario cerrado (la Universidad de Camford) la estructura y prosa de la novela transmiten al lector una (imprescindible) sensación de agobio y claustrofobia....

La claustrofobia y el agobio pueden proceder de las muchas horas que he tenido que estar sentado delante del ordenador, casi sin descanso y en una atmósfera irrespirable, en el más puro estilo Baker Street.

¿Qué problemas y retos te planteó la novela?

Lo más jodido fue intentar comprender cómo diablos funcionan las universidades inglesas. A mí me pasa como a Mercer, que no tengo ni idea de esas cosas. El sistema de Oxford y Cambridge es un lío de mil demonios, y a día de hoy, sigo sin terminar de entender todo ese complejo entramado de colegios, departamentos, rectorados...

También resulta complicado representar determinados conceptos actuales que, en teoría, eran desconocidos para la época. Por ejemplo, el helicoche de Seth Pride: tenía que describirlo, pero no podía decir en ningún momento “bueno, pues es como un helicóptero”. Eso habría sido lo fácil... y también habría sido incorrecto, pues en ese momento histórico, no existían los helicópteros. Lo mismo sucede con nuestro concepto moderno de “zombi” o “muerto viviente”: En las obras actuales, se asume que todos los personajes han visto la película de Romero, y saben lo que es un zombi. Pero en los tiempos de Holmes y Watson, esa película no existía... Por suerte, Holmes sí que había leído la obra de Eckermann, y rápidamente hizo la asociación de ideas entre “muertos que caminan” y “zombis haitianos”.

Por lo demás, siempre resulta un tanto confuso trabajar con muchos personajes que entran y salen de la acción, y luego vuelven a entrar, y luego... Y más todavía cuando narras en primera persona: ¿Cómo te las ingenias para contar algo de lo que el narrador no ha sido testigo? Pues te tienes que buscar las castañas y recurrir a los consabidos “fulano nos contó que...”, “más tarde supimos que...”, y todas esas viles artimañas que, como no estén bien traídas, quedan como metidas con calzador.

Y luego siempre hay detallitos absurdos que pueden interrumpirte el trabajo: Me pasó con la “wisteria”, que no sabía cómo narices se llamaba en castellano, o ya puestos, qué clase de planta trepadora era. O los consabidos lanzallamas: ¿Cuándo se inventaron? ¿Los tenía el ejército británico en 1903? ¿Cómo funcionaban? En fin, ese tipo de paridas te pueden costar algún que otro disgusto.

No es, desde luego, una novela de zombies al uso: Hay reflexión, respeto por el desarrollo de la vertiginosa trama, cuidado a los personajes, y las atrocidades se reducen a lo imprescindible...

Hombre, yo no diría que todas esas cosas (la reflexión, los personajes, etc.) no existan en las novelas de zombis, que como te he dicho antes, las hay muy buenas y muy cuidadas, claro que sí. Por otra parte, por supuesto que no es una novela de zombis “al uso”, y esa era mi intención desde el principio. El zombi-muerto viviente es una excusa estupenda para ver cómo los muchachos (Holmes y Watson, Pride, Tim Jekyll, Crandle, MacDare) disfrutan de las
carnicerías, o compiten en crueldad, inteligencia, ingenio, o lo que sea.

Habrá quien piense que los zombis aparecen poco, pero quizá haya que señalar que cuando salen, la lían gorda.

Y me apuesto dos perras gordas con quien sea a que nunca antes se había visto una solución final para el problema zombi como la que yo he planteado... (¿Te había dicho que para leer los últimos capítulos de la novela, recomiendo escuchar la Obertura 1812 de Chaikovski?)

En la novela utilizas también a Bernard Barker un personaje de “La aventura del fabricante de colores retirado”...

Sí, el “rival de esta orilla de Surrey”, o algo así. En el Canon, de cuando en cuando, aparecen “competidores” de Holmes, otros detectives, aunque casi nadie los recuerda. Holmes tenía relación con algún agente de Pinkerton, por ejemplo, y estaba el neoyorquino inspector Wilson Heargreave, al que yo mismo rescaté en mi novelita Card Nichols investiga... El misterio de la armadura pródiga. Y en “La casa deshabitada” Watson menciona a un hombre alto y fuerte, con gafas de color, que también era detective, y que yo creo que era Bernard Barker.

La idea de un detective privado masón me resultó muy interesante, y decidí incluirlo, desde el principio, en este relato. La verdad es que en el futuro me gustaría recuperar a Barker, al que he tratado como un personaje casi humorístico, aunque pienso que tiene un trasfondo bastante más siniestro... En el índice onomástico del libro, incluso sugiero algunos títulos para diversos casos de este curioso investigador privado.

Durante toda la novela, Holmes va dejando caer ya la inevitabilidad de desaparecer al ser consciente de que su tiempo ya ha pasado, de que el siglo XX (la novela se data en 1903, la fecha de la retirada de Sherlock Holmes) pertenece a otro tipo de héroes...

...o mejor dicho, otro tipo de monstruos.

Esto es un ejemplo de metaficción al más puro estilo de Alan Moore —eso sí, salvando las distancias con respecto al Maestro de Northampton, ¿eh?—, pues lo que dice Holmes es cierto a distintos niveles: El siglo XX es una época para otro tipo de héroes... pero en realidad, todos ellos son descendientes, de algún modo, de Sherlock Holmes. En la historia, además, Holmes está a punto de retirarse, y los acontecimientos que se suceden a su alrededor no hacen más que confirmar la idea de que él empieza a estar obsoleto, o al menos, que debe dejar paso a los “nuevos monstruos” que vienen detrás.

De hecho, en la novela introduces —en un fabuloso guiño para lectores atentos y avisados— a los héroes de la IPC británica, como Zarpa de Acero o El Hombre Araña, quienes tienen una parte esencial en la trama...

Vamos a ver, vamos ver: Tengo que decir que no son ellos, ¿de acuerdo? En todo caso, se trata de los “personajes reales” en los que, años más tarde, se basaron los autores de IPC para escribir relatos de unos “personajes ficticios”. Por ejemplo, Charlie Peace, que fue un criminal auténtico y real como la vida misma (y amigo de Sherlock Holmes, tal y como se menciona en el Canon), fue reutilizado por algunos autores para escribir tebeos sobre él entre 1964 y 1974, creo... Lo mismo puedo decir de Seth Pride y de los demás.

 Es curioso que hoy esos personajes —que gozaron de una enorme popularidad —hayan caído —salvo para el libro Albion de Alan Moore & Co— en el olvido. ¿Qué te inspiró para recuperarlos?

Mi propia afición y devoción por ellos. Son lecturas de mi niñez, y convengo con el maestro Moore en que todos ellos eran, de un modo u otro, monstruos, como te decía antes. Esa idea un tanto sadomasoquista que poseen los ingleses de lo que es un héroe me resulta fascinante, y completamente opuesta a la de los norteamericanos, que piensan más en términos de Superman o Capitán América. Incluso el mismo Sherlock Holmes tiene un cierto aire de monstruosidad, con su ego e inteligencia sobrehumanas, al tiempo que posee debilidades —pensemos en las drogas— que autores mojigatos le atribuirían a los villanos. A Charlie Peace, que ya hemos dicho que fue un criminal convicto, los autores de IPC lo convirtieron en el protagonista de una disparatada serie de tebeos que en España sólo hemos podido atisbar en parte, y de esto hace cuarenta años por lo menos.

En otro orden de cosas, se nota mucho que Albion no es una obra de Alan Moore, sino de su hija Leah y del yerno, John Reppion (que por cierto, han hecho un buen tebeo sherlockiano, The Trial of Sherlock Holmes). La idea de Albion es cojonuda, y se nota que el concepto es de Moore padre, pero el desarrollo deja bastante que desear, en mi opinión.

La novela está plagada de guiños para los iniciados —coherentes, por cierto, con el resto de tus escritos sobre Holmes— y, sin embargo, es accesible para cualquier lector...

Pues eso me gustaría a mí, que fuera accesible para cualquiera. Una cosa es salpicar una obra con referencias a esto y aquello (lo que podemos llamar “enriquecer”), y otra cosa es convertirla en un “quién es quién” sin mayor sentido: Para eso, mejor me dedico a hacer diccionarios de personajes e historias, y terminamos antes.

Mi idea no erá hacer que la lectura de la novela sea insufrible por la cantidad de cosas que el lector se pierde, sino que sienta la inquietud de averiguar quién es ese fulano de la mano de metal, o si el mono que fuma tiene alguna historia previa que todo el mundo debería conocer... Ya era así mi trabajo en Los Espectros Conjurados, y espero haberlo conseguido en este Sherlock Holmes y los zombis de Camford.

Con respecto a lo anterior, ¿te planteaste que la novela pudiera quedar en una “tierra de nadie”? Es decir, ¿que no agradase ni a los aficionados holmesianos ni al, por así decirlo, aficionado de “a pie”?

Claro que lo he pensado, pero ¿quién puede saber cómo va a reaccionar tal o cual lector? Si uno se dedica a cavilar en esos menesteres, puede acabar sin escribir una sola palabra, por miedo a la incomprensión o a la falta de aceptación. Por lo que a mí respecta, quería ser fiel a Holmes y al Canon, y también quería demostrar que se pueden escribir historias de zombis sin recurrir al manidísimo argumento de la “supervivencia post-apocalíptica”, que ya estaba presente en La noche de los muertos vivientes de Romero, y que parece que nos estará persiguiendo eternamente.

Creo que la figura del zombi ya tiene una entidad propia, como la del vampiro o el licántropo, y los autores deberían ir pensando en contar historias en las que el zombi sea un elemento, y no necesariamente un argumento. Es como si el concepto de “extraterrestre” se hubiera quedado estancado en las historias de “invasiones alienígenas”. Hay que dar un paso adelante, hombre...

Y bueno, como veo que ya has leído la novela, te habrás dado cuenta de que lo conflictivo en esta historia no es la presencia de los zombis, sino todos los demás elementos fantásticos, netamente británicos, por cierto. Quería que esta disparatada mezcolanza pudiera funcionar. Espero que así sea.

Es una novela arriesgada que cuadra la acción y la reflexión, es holmesiana y heroica, es terrorífica y elegiaca, es nostálgica y, a la vez, diferente a todas las novedades que plagan las mesas de novedades...

Hombre, pues gracias por esas apreciaciones. Sí que es una obrita algo arriesgada por los motivos que antes comentábamos, sí; y en cuanto a que sea diferente de otras obras que andan ahora por las librerías... pues me gustaría pensar que estás en lo cierto, y que los lectores sabrán valorarlo y disfrutarlo. Por lo que a mí respecta, estoy hasta las narices de clichés.

¿Cómo han sido las reacciones iniciales? ¿Qué expectativas tienes para el libro?

A los correctores les ha gustado mucho, y parece que nadie se ha tirado demasiado de los pelos al ver a Holmes empuñando una escopeta para disparar contra... en fin, ya lo verán los lectores. En cuanto a las expectativas, pues habrá que tener paciencia y esperar a ver las cifras de ventas. Los editores de Dolmen han depositado muchas esperanzas en este libro. Yo qué sé, Luis, el tiempo lo dirá...

Actualmente, estás sumido en la escritura una nueva novela holmesiana: Charlie Marlow y la rata gigante de Sumatra, en la que recuperas a dos de tus personajes preferidos: Marlow y a Sebastian Moran...

Pues sí, en eso andamos ahora mismo. Con Marlow ya jugueteé un poco en el relato “El mundo volverá a saber de mí”, del que hablábamos antes, y la verdad es que lo maltraté un poco. Ahora veremos sus verdaderas posibilidades, y qué sucede cuando su camino se cruza con el de un tal Sigerson, notable explorador noruego.

El coronel Moran, como tantos otros personajes del Canon, merece un trato deferente en cualquier historia sobre el Gran Hiato holmesiano... Ya lo verás, ya...

La novela transcurre durante el Gran Hiato y te dejas caer en la tentación de contar tu versión de la Rata Gigante de Sumatra, uno de los temas favoritos de escritores, ensayistas y aficionados...

Es el pastiche que más veces se ha escrito, cierto. Y tienes razón en describirlo como “una tentación”, por lo sugestivo del caso, y por la cantidad de buenas plumas que se han atrevido con la historia.

Lo interesante del caso de la rata de Sumatra es la cantidad de información canónica de que el pastichero dispone para trabajar, tanta que en ocasiones, los autores olvidan este o aquel punto. Se sabe que en el caso hay, al menos, una “rata gigante de Sumatra”, que hay un barco llamado “Matilda Briggs”, que es un caso “para el que el mundo aún no está preparado”... y casi todos los autores se olvidan del bufete de abogados expertos en tasación de maquinaria “Morrison, Morrison & Dodd”. Y por supuesto, que es un asunto desconocido para Watson, lo que ha llevado a los cronologistas y pasticheros a situarlo tradicionalmente en la época previa al encuentro entre el detective y el doctor, en 1881. Creo que nadie había caído en la cuenta de que era muy probable que el asunto tuviera lugar durante el Gran Hiato de 1891-1894, aunque no estoy del todo seguro.

Sobre la rata de Sumatra hay versiones para todos los gustos: epidemias de peste bubónica, historias a lo “Isla del doctor Moreau”, un monstruo pariente del gran Cthulhu, y un camión de variantes más. Mi opción, lo admito, no es original mía, sino que procede de... ya lo verás. Y si te digo que de por medio hay una isla llamada “de la Niebla”, “Kho-Pha-Nong”, y también “del Cráneo”, seguro que adivinarás por dónde van a ir los tiros...

(¿Te imaginas al coronel Moran, con su rifle de matar tigres, en medio de cierta jungla perdida, con el monótono e inquietante sonido de tambores de fondo, y los pasos retumbantes de algo enorme que se está acercando cada vez más, y más, y...?)

¿Qué más nos puedes contar de esta novela? ¿Cuándo la podremos disfrutar? ¿Quién la editará?

Si te cuento mucho más, igual nos quedamos sin novela, que por aquí ya he hecho algún spoiler... Aunque te diré que da comienzo en los años 30, en el Billiards Club de Londres (donde, como todo el mundo sabe, no se juega al billar, sino que se bebe whiskey con soda); allí se han reunido unos tipos muy curiosos, entre ellos el narrador de la historia, el señor Richard Hannay y el señor Joseph Jorkens... todos ellos son viejos amigos del desaparecido capitán Charlie Marlow. Y hasta aquí puedo leer.

El cuándo se editará depende del editor, que hasta que se demuestre lo contrario, será Salto de Página, y de cuándo entregue yo, que espero será a primeros de febrero.

Y ya por último, ¿crees que te cansarás de Holmes alguna vez? ¿Que llegará el día en que no te haga disfrutar más?

Je, eso tendría mucha gracia... Si alguna vez me canso —y no descarto que eso suceda— de escribir relatos sobre Holmes, quizá tenga que enviarlo por segunda vez a las cataratas de Reichenbach... Aunque estoy seguro de que no sería algo definitivo. A Holmes no se le puede matar así como así. Y si no, que se lo pregunten al profesor Moriarty, a Sebastian Moran... o a Conan Doyle.

 ¿Y Holmes? ¿Crees que llegará el día en que se canse de nosotros? ¿En que dejará de estar presente en todos los aspectos de la cultura popular? ¿Crees que morirá, alguna vez, el Mito?

Ya sabes que Sherlock Holmes siempre ha sido un caballero muy discreto, que gusta de disfrutar de largos retiros fuera de la circulación, y que observa el mundo desde una granja apícola, , o quizá en algún lugar secreto, reunido con otros extraordinarios individuos que, como él, velan por nosotros. Sinceramente, espero que no nos desahucie nunca, que nunca se desentienda de nosotros, pobres mortales. Porque Sherlock Holmes es necesario. No puedo imaginar cómo serían las investigaciones policiales de hoy en día sin el trabajo previo de Holmes, o cómo serían nuestros libros, nuestras películas, nuestros tebeos, nuestros héroes, si no hubiéramos tenido las crónicas de Watson. De verdad te digo que si Sherlock Holmes no existiera, tendríamos que inventarlo.

Y si muriese, tendríamos que resucitarlo.

    

Fin


Una entrevista de Jabez Wilson
 (Luis de Luis Otero) para el Círculo Holmes


   

   

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