Personal Jesus. Tercera parte: Depeche Mode

Depeche Mode son uno de mis grupos favoritos. Y con el que, como me suele ocurrir con los grupos que me gustan mucho, me une una relación amor-odio. En este caso, el detonante de que, cada vez que vea a este grupo, me dé un ataque de acidez, es que convirtieron un género, en principio tan minoritario, como el synth pop (luego synth rock, como veremos más adelante), en algo masivo, además de demostrar que un grupo de culto puede llenar estadios y hacer espectáculos tan horteras y borreguiles como cualquier dinosaurio del rock cargado de tópicos y estereotipos

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macarrilla cool
Hagamos un poco de historia. A principios de los 80, en Basildon, una británica villa, se forma un grupo que, en principio, se llama Composition of Sound, integrado por Vince Clarke, Martin L. Gore y Andrew Fletcher. Dave Gahan es un macarrilla de barrio, que tontea con un grupo punk, y un día, Vince Clarke (compositor en esta primera época de la banda) le escucha cantar “Heroes” de Bowie en los salones parroquiales del barrio (mira tú, precisamente), y le propone unirse a la banda como vocalista. Lo primero que hace Gahan es cambiarle el nombre al grupo, que pasa a llamarse Depeche Mode. Graban alguna cosilla por ahí (como la primera versión de “Photographic”) y finalmente fichan por Mute, discográfica muy ligada a la explosión de la música electrónica de principios de los ochenta. 

¿Jugamos a las tabas, Dave?
Su primer disco, del año ochenta y uno, titulado “Speak and Spell”, esta íntegramente compuesto por temas de Clarke, a excepción de dos, compuestos por Gore. A pesar del éxito de este primer trabajo, inexplicablemente, Vince Clarke decide marcharse de la banda. Por qué Clarke se da el piro del grupo que el mismo ha formado, y del que es compositor principal, es, a día de hoy, un misterio sin resolver. Las malas lenguas dicen que Clarke, homosexual de pro, quería beneficiarse a Dave Gahan, bello efebo en aquellos tiempos, pero que este, en su condición de heterosexual convencido, se negó a dejarse apretar las tabas, con lo que Clarke, despechado, decidió vengarse abandonando el grupo a su suerte y fundando, con diferente fortuna, el dúo de tecno-soul lésbico Yazoo, y el grupo más mariquita del pop electrónico (con permiso de los Pet Shop Boys), Erasure.

Con Clarke fuera, Martin Gore toma las riendas compositivas del grupo, y sacan “A broken frame”, en el año ochenta y dos, un disco que no es ni chica ni limoná, pero que contiene alguna de las canciones más bonitas del grupo (como “The sun and the rainfall”). Para el tercer disco reclutan a Alan Wilder, un tío, por lo visto, bastante rancio que, sin embargo, resulta una eminencia en lo tocante a instrumentos electrónicos (parece ser que, tanto Gore como Fletcher, a pesar de pertenecer a la que quizá sea la banda de música electrónica más importante del mundo, son algo paquetes con la tecnología), y se hace cargo del sonido del grupo, llevándoles por terrenos más espinosos y vanguardistas, y por ello más interesantes. “Construction time again” y “Some great rewards” componen el díptico “industrial” del grupo, donde predomina el ruido, los sonidos disonantes y las percusiones metálicas (y de donde salen los éxitos de la época “Everything counts” o “People are people”). 

Este es el mejor
“Black celebration” (mi álbum favorito) o “Music for the masses” les meten de lleno en el tecno digamos “gótico” (qué pereza me da usar este tipo de adjetivos, parezco una abuela poniendo etiquetas en una tertulia de mesa camilla), para terminar esta primera etapa, cada vez con más y más éxito, con el doble directo “101”.

Y ahí es donde la hemos cagado. Otro día hablaremos de lo que yo llamo “el síndrome del doble directo”, por el que todos los grupos que graban un disco doble en directo, entran en decadencia tras su publicación (en este caso decadencia artística, se entiende, porque en el tema monetario les empezó a ir de perlas). Bien, tras “101” viene “Violator”, donde aparece “Personal Jesus”, el tema que nos ocupa. 

“Violator” es, seguramente, el disco más exitoso de Depeche Mode, y no veo por qué: es un disco raro de cojones, oscuro y opresivo, muy alejado de lo que se entiende por un trabajo comercial. Por otra parte, el sonido empieza a mutar, comenzando esa mezcla de tecno con el rock guitarrero que tanto ha influido a otros músicos. Esa tendencia se confirma en “Songs of faith and devotion”, donde el grupo ya aparece como una especie de banda de grunge con toques electrónicos (¡que malos fueron los noventa, joder!). 

Paradójicamente, aunque estos discos son más flojos (siempre en mi humilde parecer) y más difíciles de digerir que los anteriores, se consigue poco a poco el milagro: que una banda de tecno llene pabellones deportivos, recayendo en los peores tópicos del rock de estadio: espectaculares montajes, himnos coreables, momentos para que el público levante las manitas o el mechero (ahora el móvil)… Y es ahí donde, para mí, Depeche Mode pierden su encanto. Llámenme elitista si quieren, pero cuando un grupo (o un libro, o una película) pasa a ser de dominio público en lugar de materia de unos pocos iniciados, cuando se pone de moda… no sé, como que ya es menos tuyo.

Parecía Camarón de cómo iba
Desde ese momento la trayectoria del grupo ha pasado por todo tipo de vicisitudes: desde la adicción a la heroína de Gahan (tristemente recordado es el momento en que, en mitad de un concierto de la gira “Devotional tour”, puesto hasta el ojete, le dio una pájara y se puso a potar en mitad del escenario), a la marcha de Wilder (por lo que se ve no se sentía ni valorado ni querido), y al baile de productores con desigual fortuna: como vimos antes, Wilder es el artífice del sonido del grupo, y desde su marcha, la banda se encuentra a merced del productor que le toque en suerte, pudiendo variar de lo abyecto (“Exciter”, su peor disco con diferencia) a lo regulero (“Playing the angel”, su penúltimo disco a la hora de redactar estas líneas, con el que recuperan un poco el tono de sus mejores trabajos).

En cuanto a “Personal Jesus”, fue, como decía antes, la canción emblema de los nuevos Depeche Mode: adiós a Kraftwerk, hola a ZZ Top. Adiós a la ropa de sex shop, los correajes de cuero y el pelo de punta, hola a los andrajos de diseño, a las perillitas de malote y al pelo churretoso. El tema mezcla un riff de guitarra country-blues, con una base rítmica machacona y electrónica. La letra habla de los telepredicadores que se ofrecen a salvarte el alma si llamas a un numero 900 de esos que cuestan una pasta, aunque Martin Gore, su autor, comentó en una ocasión (quien sabe si por jugar al despiste) que, en realidad, habla de la devoción que Priscila Presley sentía por su marido, Elvis: su Jesús personal… Sea como sea, lo que tengo claro es que, para mí, las religiones no se ocupan tanto de la salvación del alma eterna del fiel, sino del engorde de la cuenta corriente de quien dice salvarla, en nombre de Dios (del Dios que sea).

Fin

     


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