Personal Jesus. Primera parte: infancia católica

Soy ateo y apostata. Ateo, porque no creo en Dios, y apostata, porque he renunciado a la iglesia, sostiene Olloqui. Afirmar esto siendo de Móstoles es tener polémica asegurada en cualquier reunión social. ¡Con la de cosas que hay que hacer antes que apostatar! Limpiar el coche, pasarse por Ikea, pillar las ofertas del Carrefour…

    
El amigo Panadero, que no da puntada sin hilo, me sugiere el otro día: El próximo Cowboy japonés lo podías dedicar a la religión. Y me lo suelta así, como quien no quiere la cosa, mientras termina de dar cuenta de un sándwich de Ferpal. Y yo, que soy como un toro cuando ve un trapo rojo, voy y entro a embestir con los cuernos por delante ¿Por qué comento esto? Porque si habitualmente mis artículos son de discutible objetividad (y de más que discutible calidad), este tema en concreto me llega directamente a las vísceras, y sé que el amigo Panadero (que es un cuco, repito), me ha lanzado el reto para que me retrate y quede con el culo al aire delante de todos los sufridos lectores de esta columna.

Yo creo, no sé, en una energía, o algo
Dejemos las cosas claras desde un principio, para que nadie se me escandalice más adelante: Soy ateo y apostata. Ateo, porque no creo en Dios, y apostata, porque he renunciado a la iglesia (ya llegaremos a eso). Afirmar esto, siendo de Móstoles, es tener polémica asegurada en cualquier reunión social a la que se asiste, ya que el mostoleño medio, incoherente por naturaleza (como ya habrán deducido por mis anteriores artículos), te pregunta siempre por las causas que te llevan a tomarte la molestia de apostatar (con la cantidad de cosas que hay que hacer: ver el futbol, llevar el coche a lavar, ir al Ikea…). Cuando explico cómo y por qué lo hice, siempre te comentan lo mismo:
–A ver, yo cristiano cristiano no soy… Yo creo, no sé, en una energía, o algo. Eso sí, yo paso de la iglesia, me la suda… Bueno, pero al niño lo bautizamos, ya sabes, por no escuchar a mis padres y tal… Pero bueno, que a mí me da igual estar apuntado a la iglesia, si total, no voy nunca…

Magnífico. Así nos luce el pelo.

Los orígenes de mi ateísmo recalcitrante se encuentran en mi suburbial infancia. Yo de pequeño, además de guapo y listo (luego me empecé a juntar con punkis melenudos y me eché a perder), era pío y devoto como el que más. No estoy exagerando: yo creía ciegamente en Dios, en sus pompas y sus obras. Hice la comunión, y la catequista viejuna felicitó a mi madre por mi disposición a la hora de comprender y abrazar las materias concernientes a la fe. Mi abuelo, que era bastante rojillo –escuchaba Radio París en la posguerra–, le decía con retranca a mi madre:

–Hija, el niño va para obispo.

Entonces hice dos cosas que pocos cristianos hacen, y que lo estropearon todo. La primera fue leerme la Biblia. La segunda, pensar.

Cosas que no me entraban en la mollera
Conozco pocos cristianos que hayan leído de verdad sus textos sagrados. Si acaso saben dos o tres cosas, aprendidas de carrerilla. Los musulmanes, por ejemplo, leen el Corán y lo observan escrupulosamente. Ojo, no digo que los musulmanes sean mejor que los cristianos, de hecho creo que la estricta observancia de una religión conduce al fanatismo. Pero de ahí a lo que hacen los cristianos, hay un mundo ¡Ni calvo ni con melenas! Los cristianos desconocen en gran medida su texto sagrado, y acatan las normas de su iglesia cuando les va bien. Cuando no, pues no las acatan, y aquí no ha pasado nada ¿Qué es este cachondeo? ¡O eres cristiano o no lo eres! ¡No te puedes quedar sólo con lo que te va bien! Bueno, pues como decía, con diez años, más o menos, me puse a leer la biblia. Y había cosas que no me entraban en la mollera. Yo es que, por lo visto, siempre le busque los tres pies al gato. El caso es que, en la parroquia de mi barrio, los domingos antes de misa, hacían una especie de misa-coloquio para los niños. El cura, enrollado y gafotas, tocaba la guitarra, explicaba los evangelios como si fueran cuentecillos y fabulas, y los niños hacían preguntas. Las preguntas eran del tipo:

 –Si Dios está en todas partes, también está en un bote de Coca Cola ¿no? Entonces, si me bebo una Coca Cola ¿estoy bebiéndome a Dios?

 El cura contestaba lo mejor que podía a aquellas preguntas, llenas de infantil candidez. Un día, no me pude contener más, y le lancé al cura aquella duda que me llenaba de desazón:

 –A ver, si Dios creo a Adán y Eva, y estaban solos en el mundo, y Dios no creo a nadie más ¿Somos todos hijos de Adán y Eva? Entonces ¿Somos todos familia? Es que mis padres me han dicho que liarse entre familiares está prohibido. Y si solo estaban Adán y Eva, y tuvieron a Caín y Abel ¿Con quién se casaron Caín y Abel para tener más hijos? Porque no viene en ningún sitio que hubiera más chicas por ahí ¿Se liaron con su madre o con quién? Y si Adán y Eva si tuvieron hijas también ¿Se liaron entre hermanos?

La parroquia parece Port Aventura
 El cura cortó mi intervención tajantemente, ya que los críos se estaban empezando a alborotar y a decir barbaridades (que si no sé quién se había follado a su madre, que si no sé cuántos era mariquita, y no sé qué cosas más), me dijo que no me tomara al pie de la letra lo que ponía en la Biblia, que eran parábolas, ejemplos para que entendiéramos la palabra de Dios. Pero a mí el rollo no me convenció.

 La semana siguiente volví a la misa infantil, y me propuse ser un buen cristiano y no meter en otro lio al pobre cura, cuyas gafas me miraron con regomello durante toda la ceremonia. Cuando llegó el turno de preguntas, intenté morderme la lengua, pero no pude contenerme, así que levanté la mano y volví a preguntar:

 - ¿De qué color eran Adán y Eva?- se puede comprobar que, en aquella época, el tema de la reproducción de los moradores del paraíso era una de mis obsesiones- Lo digo porque si eran blancos ¿De dónde vienen los negros? ¿Y los chinos?

 El jolgorio y los comentarios soeces se hicieron presentes de nuevo en la casa de Dios (escuché decir a un niño que Adán se había follado a una mona, y que de ahí vienen los negros, opinión racista, que, por supuesto, no comparto, pero que expongo aquí para que vean como se la gastaba la muchachería de la época). Ante la algarabía, al pobre cura no le quedó otra que suspender el oficio infantil y mandar a todos los críos a la calle. Después de eso, el cura llamó a mi madre y le pidió que, por favor, no dejara asistir a la misa infantil al “preguntón de su hijo” (textualmente), porque le revolucionaba a la chiquillería.

 Así tuve mi crisis de fe ¿Por qué, un cura, un erudito de las escrituras, todo un doctor de la iglesia, no era capaz de contestar una simple e inocente duda de un crio de diez años? Algo olía a podrido en Dinamarca. Cuanto más leía y más pensaba, menos creía.

 Así que acabe ateo perdido.

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