La ventana pintada. José Carlos Somoza

Javier Verdaguer colecciona compulsivamente toda suerte de objetos relacionados con su actriz favorita: Jodie Foster. Callejeando por el Madrid antiguo llegará a la Filmoteca Soledad, un cine clandestino donde se proyecta la película que tú desees, todas las veces que quieras... Somoza reflexiona sobre el culto a la imagen y la adicción al cine en esta novela para mirones

Sólo para mirones

No se puede poner en duda la originalidad de José Carlos Somoza, que con sus thrillers ha aportado una mirada ceremoniosa y filosófica, centrándose a menudo en el poder destructor y alucinatorio del arte

las posibilidades de una fantasía desatada

Con Clara y la penumbra nos presentaba un futuro cercano en el cual el cuerpo humano era el lienzo donde pintar las mejores obras maestras. Bajo el lema de "la poesía es un arma, las palabras matan", escribió La Dama Número Trece, una reflexión sobre el canibalismo de la literatura. Y La ventana pintada nos habla de ese mundo falso, etéreo, pero eterno y mítico que forman las imágenes cinematográficas. Unas imágenes poderosas que sobreviven a sus creadores, y que asumimos como parte indispensable de nuestra vida cotidiana.

Este es el inquieto planteamiento de José Carlos Somoza, que remite a la obra de cineastas de vanguardia, como David Mamet, Cronenberg o Lynch; a escritores incendiarios como Barker o Palahniuk. Y además, para mayor curiosidad, ubica la acción en las calles de Madrid.

La ventana pintada podría haber sido una gran novela de culto, sin embargo queda en obra estimable, declaración de buenas intenciones. Por algún motivo, el autor intercala capítulos sobre la poco estimulante vida cotidiana de su protagonista, contable de una compañía de seguros, matrimonio aburrido, hijos... Además, se da cuenta del poco interés de esas páginas, pues más de una vez retoma la acción con fórmulas del tipo: "Pero lo que importa es continuar con mi narración".

Pasado el ecuador de la novela, y establecido un planteamiento muy interesante, José Carlos Somoza parece desatender las posibilidades de una fantasía desatada como la que plantea, y conformarse con explicaciones mecanicistas. Aunque el argumento podría haber llegado más lejos, en muchos momentos roza el didactismo, dando más importancia a la fábula moral que se desprende del relato que a sus propias, inquietantes, posibilidades... Los mejores artesanos del thriller y el terror, como Jacques Tourneur o Ramsey Campbell, lo saben: más importante que cerrar todos los acontecimientos con explicaciones racionalistas, es saber sugerir la inquietud, la atmósfera... 

Debolsillo, 2010

David G. Panadero


   

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