El quimérico inquilino. Roland Topor

La voz de narrador es más que habilidosa, y sabe fundir acontecimientos e impresiones con visiones distorsionadas, hasta tal punto que no podemos discernir dónde acaba el delirio y dónde empieza, si es que empieza, la amenaza real

Epopeya del absurdo

Sólo los grandes autores consiguen lo imposible: que comulguemos con ruedas de molino, y aceptemos las reglas de su juego, por más estrambóticas que puedan resultar. Roland Topor sabe jugar sus cartas, y sabe mantener nuestra atención hasta el final en esta epopeya del absurdo que es El quimérico inquilino.

el complot de un vecindario silencioso

El punto de partida es familiar: un humilde empleado busca piso. Su búsqueda no tiene mucho de particular: se conforma casi con cualquier cosa. No le importa que la casa sea pequeña, y que la única ventana dé a un patio interior, cuya principal vista es el WC comunal. Las cosas se empiezan a complicar si quien nos enseña el piso se encarga de contarnos que la anterior inquilina saltó por la ventana y ahora está en coma. Como si nada.

El sufrido Trelkovsky empieza con mal pie, sus nervios no tardarán en traicionarlo, su disparatada imaginación se liberará, y no tardará en ver el complot de un vecindario silencioso que, por algún motivo, le quiere ajusticiar.

La voz de narrador es más que habilidosa, y sabe fundir acontecimientos e impresiones con visiones distorsionadas, hasta tal punto que no podemos discernir dónde acaba el delirio y dónde empieza la amenaza real. No es casual que fuera Roman Polanski el cineasta que adaptara estas páginas. Ya había demostrado en más de una ocasión —El cuchillo en el agua (1962), Repulsión (1965)— lo lejos que puede llegar un delirio, y lo fácil que le resulta seguir la lógica de una mente febril.

Ese narrador se acerca en todo momento al protagonista, y nos divierte con sus alocadas asociaciones de ideas. Las rarezas de Trelkovsky hacen que lo veamos como a un amigo excéntrico, que nos divierte y desagrada a partes iguales (es incapaz de echar el terrón de azúcar en el té; prefiere ponérselo en la boca y beber en pequeños sorbos).

El quimérico inquilino es una muestra de caos perfectamente estructurado. Los delirios parecen estar fuera de toda discusión, y el humor sádico hace más llevadera la lectura.

Buchet Chastel, París, 1964
Valdemar, 2009

David G. Panadero


   

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