El caso del perro de Baskerville. Pierre Bayard

El caso del perro de Baskerville es, en más de un sentido, un juego de malabares, un alegato y un manifiesto a favor de la literatura y de los lectores activos y creadores. Una propuesta a favor de las personas que descartan que la ficción sea un mero entretenimiento

Insultantemente entretenida


De entrada la propuesta es, sencillamente, irresistible: Pierre Bayard, un afamado catedrático, se ensaña con El perro de Baskerville hasta triturar la novela. Dudo que no haya lector alguno, holmesiano militante o no, que no salive pavlovianas cataratas de baba de, como poco, curiosidad para comprobar de que va esto.

un manifiesto a favor de la literatura


Y mucho me temo que El caso del perro de Baskerville cumple con creces ¡y como! las expectativas. La propuesta de Bayard es inteligente, atrevida, provocadora e insultantemente entretenida. El autor azuza al lector a reflexionar sobre la naturaleza y la importancia de la literatura en su ánimo, convicciones y certezas. Bayard espolea a especular sobre la importancia de los personajes de ficción y sobre el trasvase, siempre incierto, indefinible y frágil, entre las realidad literaria y la, por así decirlo, realidad tangible.


Como torero hábil e inspirado, Bayard concibe bien su faena, de menos a más, para embaucar (y embocar) inadvertidamente al lector en el engaño hasta conseguir su entrega sin reservas.

El libro pone en suerte al lector con –a la usanza de las antiguas ediciones de la Editorial Molino– la descripción del elenco de personajes, para dar paso a un resumen -acertado e intencionado– del argumento de la sinpar El perro de los Baskerville.

Ya cuadrada la res (digo el lector), el autor toma los trastos y, alternativamente, a capricho y placer, escamotea y ofrece el capote, recreándose en la suerte, absorto y meditabundo, sobre la lógica y la humanidad de Holmes, el nebuloso triángulo –ocasionalmente equilátero, a menudo isósceles y siempre escaleno entre lectores-personajes–autor .

Alardeará el diestro (digo el autor) de la “crítica policial”, su personal aportación a la tauromaquia: un estilo y método que se emplea en deshilvanar argumentos célebres (ya lo hizo Bayard con “Hamlet” y “El asesinato de Rogelio Ackroyd”) , rehacer con deleite lecturas y ahormar ficciones como un juego, charada, divertimento o, ¿por qué no?, placer.

Como experimentado lidiador que es, reserva Bayard para el último tercio de la faena sus suertes más vistosas, sus lances más llamativos, sus desplantes más descarados y analiza –sin apartarse un ápice de lo establecido el argumento, la trama, la prosa, los personajes. Por el Dr. Watson en su inmortal relato desvela, como un prestidigitador con toda la baraja ante las retinas del asombrado e iluso lector, que el desaventurado Stapleton, a quien siempre se consideró y aceptó como culpable, no lo fue; o, al menos, Bayard así lo afirma, ofreciendo el guante para el lector lo acepte, lo recoja y le plante cara en este extraordinario ensayo que, al fin y al cabo, habla, diserta y deambula por el amor a la literatura, el derecho del lector a abandonarse, sin pre  ni perjuicios, al disfrute, al placer, al encanto de la lectura.

El caso del perro de Baskerville es, en más de un sentido, un juego de malabares, un alegato y un manifiesto a favor de la literatura y de los lectores activos y creadores. Una propuesta a favor de las personas que descartan que la ficción sea un mero entretenimiento, que dejan que empape su vida y que les afecte, no para mejorarles (sería una soberbia), no para hacerles más felices (sería una vanidad), sino para que los días leídos transcurran con pena y con gloria, que no es mala manera, en mi apocado parecer, de dejar que pasen.

Anagrama, 2011

Luis de Luis


   

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