Pisco. José Miguel Panizo García

Si no fuera porque me duele el costado y porque tengo frío, si no fuera por la boca seca y por la sed, si no fuera porque no duermo como quiero y por mi postura incómoda y porque sé que quedan un par de horas para la próxima paliza, diría que me encuentro bien. Si no fuera porque llevo atado a esta misma silla y dentro de esta misma habitación no sé cuánto tiempo y porque echo de menos todo lo que está fuera de estas cuatro paredes, podría decir que estoy bien

    
Pisco, dicen que se llama así porque nació en esa ciudad y porque le gusta tomar. Pero realmente le llaman así porque de chavalito se peleó duro con un chilenito que le discutió sobre quiénes inventaron el pisco sauer.

Pisco no rehuía nunca las peleas y siempre era el primero en dar un paso al frente en las disputas. A veces temerario -corría el rumor de que no tenía conciencia del peligro porque algo no le conectaba bien en el cerebro-, todos preferían estar a bien con él.
Como no era muy bueno en los estudios y además era pobre, enseguida se puso a trabajar y, como en la ciudad de Pisco no había mucho donde elegir, se marchó a Lima a ver qué tenían allí para él.

El día que se fue, su madre le advirtió sobre las malas compañías y le recomendó que no dejara de ir los domingos a la Misa. Ella no se puso muy triste cuando él se marchó; había tenido ya doce hijos y se le habían ido a la capital y al cielo más de la mitad. Él, sin embargo, sintió que ya no pisaba el suelo con la misma fuerza: o sus piernas se habían debilitado o el suelo se hacía más duro a medida que se alejaba de su casa.

La sensación no le duró mucho, porque necesitó pisar fuerte desde el mismo momento en que llegó a la capital. Le asombró tanta gente que iba y venía sin saber muy bien adónde, el ruido, el barullo. Estaba acostumbrado a una ciudad donde quien más quien menos se conoce y en la que sabes hacia dónde dirigirte según la necesidad que tengas. En la ciudad enorme todo se diluía y no sabía muy bien por dónde empezar.

Los primeros días buscó trabajo con cierta ilusión. Sólo le ofrecían carga y descarga de camiones, de trenes. Como no había mucho más, trabajaba en eso y en cualquier chapuza que le saliera y por la noche gastaba en tomar casi todo lo que tenía.
Con el alcohol las gentes se van calentando, se gritan y al final pelean. Pues él estaba en todas. Y casi siempre las ganaba.

Cuando se recogía en la chabola que había encontrado, pensaba en su madre y en Pisco hasta que se dormía.

Una noche se le acercaron en una cantina dos hombres bien vestidos. “Hermano”, dijeron, “¿tú crees que, con lo bien que peleas, no te podrías sacar más soles que descargando mercancía?” Y, como era un echado para adelante, dijo que sí.
Así es como empezó en el mundo de la Lucha Libre Americana, esa pantomima de golpes brutales que no son ni golpes. No duró mucho. Enseguida se enfurecía y pegaba de verdad y un día estuvo a punto de partirle el cuello a Tony “Vampiro” Corleone.

Fuera ya de la lucha, empezó a gastar lo poco ahorrado en pisco y mujeres. En esas estaba cuando alguien que conocía su fama le ofreció unos buenos soles por partirle las piernas a un individuo determinado. Lo estuvo dudando: al fin y al cabo él siempre había luchado para defenderse y nunca había hecho nada a sangre fría. Dijo que sí pero estuvo a punto de salir corriendo cuando vio que a quien tenía que pegar era un cholo medio flaco que no podría con una mosca. Finalmente, le dio una buena tunda, recibió su dinero y se marchó a beber.

A la tercera o cuarta zurra ya no tenía que encharcarse en alcohol y le parecía hasta divertido lo que hacía; esperaba inquieto a su víctima y ya no le importaba ni tamaño, ni color, ni nada. Les esperaba en lo oscuro y, en un descuido, se echaba sobre ellos, los inmovilizaba y les repartía toda clase de golpes. Algunas veces con mensaje: “esto para que te acuerdes de X”. La equis de la incógnita era el nombre de quien había hecho el encargo.

Si no fuera porque el febrero de Madrid es muy frío, porque por el patio de luces al que da esta habitación llegan olores a deliciosas comidas y sonidos de risas y música, podría decir que estoy bien. Si no fuera porque no tengo manera de saber qué hora es y me da la sensación de que estoy a punto de perder la noción del tiempo. Si no fuera porque cada vez que me dan agua me dan con ella un tranquilizante para que esté atontado y me encuentro en un estado mental muy parecido a la agonía, podría decir que me he visto en circunstancias peores.

Una vez comprobada por parte de los hampones la valía de Pisco, y en el devenir normal de las cosas, la siguiente proposición fue la de matar a un hombre. Le habían dicho, “piénsatelo, no hay prisa, hay muchos dólares (¡dólares, no soles!) para estos trabajos, si no quieres sigues en lo tuyo, ganas menos, eres bueno en ello, a lo mejor trabajos de esta envergadura te vienen grandes...”.

Bebió dos, tres días sin parar –tenía la impresión de que pensaba mejor cuando había llegado a un nivel determinado de alcohol en su cuerpo- y al cuarto, medio superada la resaca dijo sí y entonces le proporcionaron una pistola no muy pesada y le dieron una dirección. Se cercioró de quién era la víctima, aprendió sus hábitos y su figura hasta asegurarse de que era imposible una equivocación.

La noche que se decidió a hacerlo, en la oscuridad, fuera de la visión de la víctima, Pisco rumiaba todavía si salir corriendo, si volver a su ciudad de nuevo. Agrupó todo su valor antes de que saliera definitivamente en desbandada, y por la espalda y sin temblar, le pegó dos tiros al hombre señalado. Estuvo a punto de decirle “esto para que te acuerdes de...”, pero se dio cuenta de que no era necesario.

Otros dos días de alcohol y olvidó.

Los remordimientos que tuvo con el primer asesinato se le fueron quitando. Dos, cinco, ocho muertos más, casi la cuenta perdida, le habían hecho callo. Tenía, además, una sensación cercana a la omnipotencia y a la inmortalidad: disponía de la vida humana a su antojo, podía decidir hasta cuándo viviría alguien y el modo en que moriría y nadie le perseguía. Parecía que nadie en el mundo ni en el cielo sabía lo que él hacía. Había perdido el miedo a que lo mataran: su poder sobre la vida, su ausencia de culpa y su pasar desapercibido creía que le hacían inmortal.

Y en cuestiones menos metafísicas, tanto la cantidad de dinero que ganaba como la posición que mantenía en el escalafón del hampa le habían subido la autoestima hasta casi la pérdida del control: con la suficiencia que da la ignorancia bien pagada, en cualquier discusión tiraba de pistola, amenazaba con ella, la enseñaba, se exhibía y se crecía.

Vuelven de nuevo, ya están aquí. Hoy parecen más suaves: toca el hígado. Dos golpes fuertes y... desmayado. Al principio tenía ira y les mentaba la madre y me retorcía con mis ligaduras. Pero ahora ya no. No tengo fuerzas, no tengo ganas.
Si al menos me preguntaran algo, si me interrogaran, podría ser medio héroe y no delataría a no sé quién. Pero las palizas porque sí son como los gallinazos: la antesala de la muerte.

Poco a poco fue consiguiendo un gran autocontrol y cierta fama –bastante bien ganada- de valentía. Sus jefes apreciaron los favorables cambios.

El máximo nivel en el estatus para los “cuadros medios” hampones son las misiones internacionales. Visa de turista, dos, tres meses y dos, tres muertos en otro país, un pastón y a casita.

Dado el avance experimentado por Pisco, entró a formar parte de esa elite y le propusieron España como primer destino. Debía ajustar cuentas con un par de hijos de puta que debían dinero a los jefes. Y allá fue.

Una tarde de enero fría y entre blanca y gris llegó a Barajas. Él estaba acostumbrado al frío de la sierra y no le pareció exagerado el frío madrileño.

De la ciudad esperaba más luz y más alegría. Eran los mismos atareados sin nombre que paseaban en Lima, pero con otro aspecto. Eran los mismos espíritus, pero más claros de piel. Caminaban sin sentido en días blancos que duraban poco y en noches largas y opacas.
Sin embargo, a veces veía las mismas caras que en Perú. Cholos que iban a trabajar en trabajos comunes, cholas que llevaban a los niños al colegio. Cholas guapas que iban de fiesta. En fin, a ratos y en rostros, Madrid también se parecía en sus gentes a Lima.

Su contacto le indicó nombres, lugares y maneras de acabar con los dos indisciplinados. Le proporcionó el arma y le dio una buena cantidad de euros a modo de dieta. Se alojó en un hotel mediano del centro de la ciudad.
Una vez marcados día y hora para la “ejecución” del primero de los individuos, su contacto le puso un ayudante que solamente le haría de chofer y que se encargaría de esconder el arma hasta el día de la ejecución del segundo.

Fue fácil cargarse al primero. Solamente cambiaba la ciudad, su luz y su aire, pero lo demás era igual que en el Perú: descarga de adrenalina, salir corriendo y a esconderse.
Que lo llevase un chofer a su hotel era otra diferencia y que la chica contratada para pasar la noche y olvidar fuera tan alta, también.

Otra vez toca beber. Me darán el calmante y a casi dormir durante no sé cuántas horas.
Qué frío. Qué soledad. Si no fuera un tío duro, haría tiempo que habría palmado. Si salgo vivo de ésta, se agrandará mi leyenda y seguro que llegaré a ser un miembro más entre los jefes de la organización.
Qué sueño. Qué cansancio.

Con una rutina casi de fraile, Pisco preparó el segundo asesinato. Esperó la llamada de su chofer que le llevó hasta las cercanías de la puerta de la casa de la segunda víctima. Como siempre, se puso detrás del señalado, apuntó a su nuca, pero esta vez no pudo disparar: alguien le había golpeado a él en la cabeza y... oscuridad.

Y aquí estoy, atado a esta silla. Alguien había dado el chivatazo o el tipo tenía guardaespaldas. Nadie me dijo que podía pasar esto. Nadie me avisó del peligro. Resulta que no soy omnipotente y, a lo mejor, no soy inmortal. Oigo ruidos; me sacan del duermevela. Vuelven a por mí. Pero ese sonido es distinto aunque lo reconozco: alguien ha amartillado un arma. Alguien está abriendo la puerta.

Cuando el miembro de los GEOS que estaba entre los que participaban en la operación anti-narco abrió la puerta de la habitación, se encontró con un tipo atado a una silla, desencajado, que imploraba que no le matasen y que se estaba defecando y orinando encima. No parecía muy valiente. Parecía un pobre diablo al que le estaban saldando cuentas por algo y al que habían salvado la vida.

En la comisaría le interrogaron, pero casi no pudo decir nada porque no hacía más que llorar. Dio la dirección del hotel en el que se alojaba y en su habitación encontraron su pasaporte y una cierta cantidad de euros. Parecía un simple turista con los papeles en regla. Por si acaso, preguntaron en Perú y no tenía antecedentes.

Aunque la policía sospechaba que había algo raro, nadie de los detenidos le había implicado en nada. No obstante, le pusieron a disposición judicial en el plazo convenido una vez recuperado físicamente. Realmente no tenían nada contra él y le dejaron libre.
Pisco, con los euros sobrantes, compró un billete de avión para Lima y ahí uno de autobús a su ciudad.

Fue a casa de su madre que entendió todo y nada solo con verlo. Su hijo tenía en visaje la cara del miedo. Del miedo difuso y el concreto, del pánico absoluto y de la leve angustia.
Pisco cambió el carácter. No salía. No hablaba. No bebía. Su madre se desconsolaba porque su hijo se pasaba las horas perdido en sus pensamientos.

Ella le llamaba, “Pisco, Pisco” y él no contestaba.

Y entonces se dio cuenta. Le llamó por su nombre y contestó. Sin hablar. Sonriendo. Ella lo había descubierto: su hijo había hecho dos viajes, uno desde España a Perú y el otro desde la valentía a la cobardía. O sea, hasta la normalidad.  



Pisco es uno de los muchos relatos incluidos en el libro Cuentos Revueltos (http://www.bubok.com/libros/191267/CUENTOS-REVUELTOS) recientemente publicado por la editorial Bubok, que reúne la narrativa breve de Jose Miguel Panizo García.


   
   

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