El Palacio del Porno. Jack O´Connell

Un antiguo cine erótico hace las veces de Templo, ya que ahí residen las claves para desvelar los misterios de la existencia. Pero en la novela Palacio del Porno se folla menos que en un cuartel. Además, el lector se ve agredido por unas meditaciones trascendentales que hacen entrañable a Paulo Coelho

Igual está codificada


Trasteando por la Red me encuentro con una entrevista con el autor estadounidense Jack O´Connell en la que afirma que sus libros tienen varios niveles de lectura, que incluso son susceptibles de una interpretación teológica en clave católica. “ La jodimos”, pensé, “¡si éramos pocos parió la abuela! ¡Otro trepanado que no tiene nada mejor que hacer con el género que trascenderlo!”. Así que, en vista de lo cual, y honrando el sagrado principio de no hacer nunca lo que uno debe, emprendí la lectura de El Palacio del Porno, novela escrita en 1985, que ahora publica Akal, formando el número 192 de su colección Básica de Bolsillo. Mi ilusión era encontrar algo de fornicio en estas páginas, el suficiente como para amortizar el precio.

A Billy Wilder pongo por testigo 
de que nada invento

La novela es el tercer tomo de la saga de Quisigamond, una decaída y decadente ciudad post industrial que es inventada con minucia, oficio e ingenio. Tal es el escenario donde  O´Connell  desarrolla las paranoias, las propias y las de sus personajes. En este caso, el hijo de un mafioso que se revela y da la espalda a la tradición familiar, y una chica que lleva a cuestas la muerte de su madre. Cada uno por su lado, intentan acceder al conocimiento de la Verdad Revelada a través del análisis y exégesis de las imágenes, bien sean las que provienen del cine negro o de la fotografía artística.

Y, a esto se dedican los protas, a recorrer las inacabables 444 páginas de la novela a la caza y captura de la Imagen Suprema para apre(h)ender el Secreto de la Existencia y alcanzar una Epifanía como está mandado. Así accederán a un Estado Cognoscitivo Supremo. A Billy Wilder (Dios) pongo por testigo que nada invento.

Un antiguo cine erótico hace las veces de Templo, ya que en el mismo residen las claves para desvelar los misterios de la existencia. Pero en la novela Palacio del Porno se folla menos que en un cuartel. Por si esto fuera poco, el lector se ve agredido por cursilerías de ínfulas trascendentales que ruborizarían al mismísimo Paulo Coelho.

Ladrillo intransitable, pantanosa lectura y fárrago monumental, El Palacio del Porno es un formidable y catedralicio truño. Y, mucho me temo que no opino, ojalá, sino que refiero.

Akal, 2010
Luis de Luis 


   

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