Así empiezan las peleas (Extraído del libro de cuentos Miedo a salir de noche. David G. Panadero)

De la calle me llega el ruido de la pelea. El que golpea tiene que ser mi hijo. En condiciones normales, no se trata de un ruido capaz de quitarme el sueño, pero esta vez alguien ha roto cristales. Con suerte, habré conciliado el sueño antes de que el niño suba victorioso, y ya mañana le diré que la próxima vez hagan el favor de no molestar
   
–Te falta tono, chaval. A este ritmo no vas a terminar a tiempo; no esperes salir a las cinco de la tarde.

–Anoche no dormí demasiado.
–¿Y eso?
–Mi hijo se sumó a la pelea. Cristales rotos, ruido...

No tardé en darme cuenta de mi error. No me preocupaba tanto lo que pudiera pensar de mí, de mí y de mi hijo mejor dicho, como el hecho de que no me comprendería, así que detuve en seco la conversación. Pero mi compañero empezó a animarse, y no dejó de lanzarme preguntas. Era habilidoso interrogando, y su tono interesado correspondía a la amabilidad de un jefe de planta de grandes almacenes. Debía contestar con mucho cuidado para no resultar borde. Porque sí, yo sabía que me sobraban los motivos para ser borde. Pero me lo estaba poniendo difícil, y debía responderle con el mismo tacto, la misma diplomacia con que me trataba. Él había decidido que mis problemas con el sueño le concernían, así que, lo quisiera o no, acabaría rindiendo cuentas.

Como todas las noches, le acabé diciendo, anoche hubo pelea debajo de mi ventana, y eso era algo que yo tenía asumido desde hacía mucho tiempo, y ni siquiera intentaba cuestionarlo. No podía pensar que en algún momento dejaría de ser así. Pero entiendo que al que le venga de nuevas con todo esto, le pueda sonar raro.

–Pero, ¿y tu hijo? ¿Qué le dicen en el instituto? Habrá aparecido con un ojo a la virulé, con un cristal de las gafas roto, qué sé yo...

Nunca he jugado al póker, pero sé a qué se refieren los que hablan de la cara de póker. El secreto está en tu indiferencia hacia la conversación que estás manteniendo. Ojo, que uno tiene su corazoncito, pero todo es acostumbrarse. En todo caso, no es difícil acostumbrarse a ese tipo de cháchara. ¿Acaso mi compañero pretendía solucionar los problemas del vecindario? Ahí me gustaría verle a él, una noche, y otra, y otra...

Cuando estaba sentado otra vez frente al ordenador, hice un esfuerzo por seguir trabajando como si nada, y no alarmar a mi compañero. Puse el piloto automático, y fui avanzando en las casillas, telefoneando a los morosos con unas amenazas que ni yo mismo me terminaba de creer. Tampoco iba mal la cosa; con cancelar un par de deudas cumpliría mis objetivos semanales, y el resto del tiempo me bastaría con cubrir el expediente.

–¡Espera! Deja que te invite a una cerveza.


Lo que más me apetecía en ese momento, recién terminada mi jornada, era meterme en la cama a ojear alguna revista para conciliar el sueño temprano, pero me daba que debía ir con mi compañero. De lo contrario, su imaginación podría ir demasiado lejos, y pensar que lo que había sucedido la noche anterior era más grave para mí, y para mi hijo, de lo que realmente era. Fui con él en un intento por tranquilizarle, aunque no supe discernir si estaba nervioso, o simplemente se había quedado con ganas de más, y pedía la información –la que él pensaba que en justicia le correspondía– de manera enérgica.

–¿Tiene problemas tu hijo? ¿Toma drogas o algo así?
–Hablas como un padre de familia de serie de televisión...
–¡Pero bueno! Parece que te diera igual lo que le sucede.
–No es eso. Es que no se trata de nada personal contra mi hijo. En mi calle siempre hay peleas.
–Es increíble lo que me dices. ¿Y nadie llama a la policía?
–Da igual. De una u otra manera, la pelea continúa. Y si se entera más gente, hay más implicados, y más destrozos.
–¿La pelea...?
–Muchos vecinos hemos hablado de esto. Sí, la pelea, porque estamos convencidos de que es una misma pelea interminable, que sólo se interrumpe de día, y que empieza todas las noches.
–Parece de locos. ¿Nadie se ha parado a pensar en...? Vamos a ver: ¿quién empieza la pelea? ¿Hace cuánto tiempo que sucede? ¿Qué dicen los periódicos, la radio, la televisión?

Intenté resumirle la situación, más dejándome llevar por los lugares comunes, y repitiendo lo que hemos escuchado una y mil veces, que dando mi opinión sincera, que no tengo claro adónde apunta. Al principio hablaban de la inundación que hubo en 1984. Afectó a todo el barrio, y a partir de ese momento empezaron los problemas. Otros apuntan a 1995. Un terremoto, o algo parecido. Algo que no mereció mención en los periódicos, ni como nota a pie de página. Ahora no faltan los que señalan el bar de marroquíes. Incluso han entrado allí los periodistas a entrevistarlos. Como no hablan nuestro idioma, no pudieron defenderse de las acusaciones veladas, y ahora muchos piensan que ellos son los malos de la película.
Mi compañero me miraba con paternalismo, como si yo fuera un estudiante indisciplinado que merece una buena colleja. Si desistió y dejó ahí la conversación, quizás fue porque se estaba dando cuenta de que no había ninguna conclusión que le dejara en buen lugar. Cuando salimos del bar, cada uno retomó su propio camino. Antes de subir a casa, pasé por la farmacia, y compré tapones para los oídos y unas pastillas para dormir mejor.



    
   



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