Verdades a medias


Los que escribimos tenemos la fea costumbre de regalar nuestras publicaciones a los amigos. Esperamos, además, que empleen su tiempo en leernos y, por supuesto, nos regalen los oídos. En el peor de los casos, podemos llegar a perseguirlos en espera del halago. Pues bien, Olloqui llevaba años recibiendo mis novedades. Libros de cine, ejemplares de la revista Prótesis y demás. Y, aun compartiendo las mismas aficiones, siempre me echaba en cara un tono doctoral, distanciado, como si al hablar de lo que me gusta, yo me considerara ajeno a ello, y ofreciera opiniones inamovibles que están fuera de toda discusión. Eminencia. Eso me decía mi amigo, que no se calla ni debajo del agua (¡y hace bien!), y en lugar de elogiar mi escritura me daba una opinión sincera, sin pensar en las posibles represalias infantiles, inofensivas y propias de un orgullo herido, como corresponde a un juntaletras...


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