Un western que desemboca en la tristeza

Rito de paso en el que se celebra el final de las actitudes y emociones de una época, estos viejos papeles se erigen en su brillante e inolvidable canto de cisne


Brillante canto de cisne



En El detective y la doctora, la memorable película de Anthony Harvey, un pletórico George C. Scott seduce a una bellísima Joanne Woodward con estas palabras sobre las películas de vaqueros: 

“...si se fija con atención, verá la posibilidad de justicia y proporción; verá hombres que manejan sus propias vidas. No hay masas en Virginia City. Solo individuos cuyas inclinaciones al bien y al mal les conducen al fin que se merecen. Y eso me gusta”.



Un western sin épica que 
desemboca en el desencanto 


Y no solo a él. Generaciones de españolitos y españolitas crecimos con novelitas del Oeste que nos brindaban ese mundo paralelo que tan bien describe George C. Scott, donde se ejercían por regla y sin lugar a dudas la justicia, la honradez y la equidad y, donde siempre se sabía quién era el bueno, quién el malo, y quién se llevaría a la chica…

Irremediablemente fascinados, las personas que vivieron los años 60 y 70 del pasado siglo leían (leíamos) hechizados, una y otra vez, la misma novela en distintas ediciones bajo diferentes títulos, que nunca nos defraudaba, que nunca nos engañaba, que siempre nos fascinaba. 

Como fascina a Arturo Iglesias, el joven protagonista de Los viejos papeles, quien lleva su encantamiento hasta el extremo de “cruzar al otro lado” para desvelar, para descubrir, si existen certezas en las bambalinas de las ficciones que tanto le han deslumbrado. 

Allí se encontrará con Mateo Duque, un solitario y escéptico escritor de novelitas del Oeste, quien, a pesar de estar acribillado de resignación y sentido común, no dudará en emprender un Duelo a muerte en O.K. Corral: el que solo puede tener lugar al crepúsculo, con las calles vacías, las ventanas cerradas, el sudor en el colt y la soledad en las miradas. 

Mateo embaucará a Iglesias (quien se dejará hechizar) para terminar Yo, la Ejecutora, una novela sobre una mujer acorralada y desamparada que debe cometer una venganza. Las tensas reuniones narradas, que enfrentan y acercan como en un juego de espejos distorsionados a los personajes, desvelarán otra historia, otra novela, otro western que tuvo lugar en las catacumbas y las cunetas de la lucha antifranquista, allá por la realidad. 

Durante su duelo mental y emocional, Arturo aprenderá de Mateo, y Mateo se dejará llevar por Arturo, para alcanzar el mejor de los finales posibles: el que se narra en Los viejos papeles, novela elegíaca, melancólica y, a su manera, esperanzada. 

La novela de David G. Panadero es, en cierto sentido, un rito de paso en el que se celebra el final de las actitudes, las emociones y (pre)juicios de una época la soñada por George C. Scott tan inocente como ingenua e imposible, y, de alguna manera, estos viejos papeles se erigen en su brillante e inolvidable canto de cisne. 

Los viejos papeles ya es, y será, la última y definitiva novelita del Oeste. Y no le debe caber al autor mayor honor que haber sido él quien la ha escrito.

Los viejos papeles
Primera edición:

NGC Ficción!, 2010
Edición digital:
LCL, 2012
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Luis de Luis
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