Suburbia (1984)

Nos quiere mostrar su historia, sin adelantar una moral didáctica que haga más digerible el conjunto ni pretender un espectáculo explosivo de acción donde se erotice la violencia
Siempre me han interesado las películas que intentan acercarse a las subculturas juveniles. En primer lugar, porque nos acercan a unos ambientes y unos personajes que no comprendemos, que resultan del todo ajenos al llamado mundo adulto, y se guían por unos principios distintos a los de la mayoría. Además, porque retratan una edad, la adolescencia, en la que predomina la acción, la urgencia de tomar decisiones, y a veces la negación sistemática de “lo establecido”. Si añadimos que esos años implican turbulentos cambios físicos y de desarrollo de la personalidad, tenemos un punto de partida verdaderamente rico y sugestivo, del que pueden surgir historias intensas, emocionantes y complejas.
Pese a todo, si hablamos con un mínimo de seriedad, veremos que, a menudo, el cine ha hecho poca justicia a estos personajes tan cercanos y tan desconocidos que son los adolescentes. Aunque cabe salvar honrosas excepciones, como Suburbia (1983), de Penelope Spheeris, largometraje que produjera el incansable Roger Corman.
Muchos dicen, y no sin razón, que la adolescencia se inventó en la década de los cincuenta en los Estados Unidos. Y no han faltado películas que, estando básicamente dirigidas a los adultos, trataran de dar una solución –por la vía rápida, manu militari– a los nuevos conflictos. Véase Semilla de maldad (1955). A menudo nos gusta aplaudir la alarma social, y si va servida con tintes periodísticos, que justifiquen una supuesta verosimilitud, el éxito está asegurado. Véase además Diario de un skin (2005), adaptación del best seller homónimo.
Sin embargo, no es tan fácil encontrar películas como Suburbia, donde los verdaderos protagonistas son los jóvenes, que se expresan usando sus propios códigos, de la mano de una cineasta que nos quiere mostrar su historia, sin adelantar una moral didáctica que haga más digerible el conjunto ni pretender un espectáculo explosivo de acción donde se erotice la violencia.


Suburbia nos cuenta la historia de un grupo de jóvenes que, por azares del destino, cada cual con sus propias razones, se acaba reuniendo en una casa okupada en las afueras de la ciudad, allí donde no hay más que autopistas, infraviviendas vacías y perros rabiosos. Unos arrastran malas experiencias familiares; otros, simplemente, falta de comunicación, pero todos comparten su desencanto y el gusto por la música punk norteamericana. Como toda sociedad que se precie, ellos siguen sus propios rituales: para ser aceptado como uno más, hay que tatuarse con hierro candente las letras TR en la piel. Todos Rechazados.
Precisamente, la fuerza de la película reside en su sencillez. Spheeris no necesita grandes aventuras para retratar la vida de los jóvenes okupas, y tampoco quiere traicionar su historia –se intuye que hay una historia detrás, no tanto nacida de la imaginación como vista y experimentada en las calles– añadiendo subtramas y otras florituras cinematográficas que podían haber desviado la intención inicial. Por el contrario, podemos observar con gran naturalidad momentos de la vida cotidiana de estos punks: cómo amanecen, embutidos en sus sacos de dormir; cómo elaboran sus desafiantes peinados; cómo roban la comida; cómo van a conciertos y beben, juegan…
Puede que no estemos ante una obra de madurez, pero no cabe la menor duda de que la Spheeris creía en lo que estaba haciendo y se implicó a fondo con esta historia. Muchos exigirán explicaciones, y más de uno, después de ver Suburbia, podrá añadir que aún sigue sin comprender porqué estos chavales hacen lo que hacen. Lo mismo da. La directora se aproximó a una temática arriesgada y no le tembló el pulso. Con el paso de los años, siguió interesada en estos ambientes, e hizo nuevas aportaciones. Lástima que, a la postre, se hiciera conocida por otra obra más superficial, más confusa y más adocenada, que dirigió en 1992: Wayne´s World.
David G. Panadero
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