Mis viejos papeles

A mi padre, que nunca quiso ver estas películas. A mi madre, que las veía sólo por estar conmigo

    

Esta dedicatoria, una de las más emotivas que recuerdo, pertenece a Terror en Píldoras, el anterior libro de David G. Panadero, que repasa las películas episódicas de terror. Yo creo que Los Viejos Papeles, de alguna forma, parte de este punto. Padres. Trama de identidad. Nuestro ayer. Nostalgia, sí, pero positiva. Porque hurgar en el pasado, más que dolor, puede que complete nuestro confuso puzle del presente. 


En Los Viejos Papeles se ajustan cuentas con la vida, se rellenan huecos, se arreglan goteras y pintan muros. Y quizá todo sea pura invención. Pero al igual que las autobiografías están llenas de mentiras, la ficción se puebla de verdades, y aquí Panadero se nos muestra más generoso que nunca. Y aunque él pueda rebatir, refutar y refanfinflar muchas de estas apreciaciones, no debéis hacerle demasiado caso porque, en el fondo, las novelas son de los lectores. 



Estos papeles rinden un sentido homenaje a las novelitas de kiosco, las de sesenta pelas, una literatura de oficio, ajena a vanidades y enemiga de obscenas extensiones. El relato puro y duro. La chicha. Y hasta la propia novela ha sido inteligentemente envuelta en sí misma: formato, portada, aroma... 



Es bueno y necesario recordar que estos pequeños libros fueron grandes espacios de nuestra crianza. Quizá debamos perder cierta pátina intelectual y asumir la validez de los pilares juveniles. Por eso, hoy, estos Viejos Papeles se renuevan para regocijo de todos nosotros. 



Seguro que esta vez, David, tus padres te leen juntos. 


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