Agente doble en Berlín (Target, 1985)

Esta película se realizó pocos años antes de que desapareciese el Muro de Berlín, y muchos, en su ingenuidad, esperaban esa caída como si fuese el inicio de una paz sin precedentes

Obra menor llena de oficio

Hay cineastas que se hacen sombra a sí mismos. Tal es el caso de Arthur Penn, uno de los directores más inquietos de su generación, que nos ha legado grandes títulos, como Bonnie & Clyde (1967), Pequeño gran hombre (1970) o La noche se mueve (1975). Y precisamente, por ser autor de películas de esa envergadura, no hemos tolerado que hiciera obras menores tan estimables y llenas de oficio –a la vez que humildes en su planteamiento– como Agente doble en Berlín (1985).
No debemos olvidar que esta última fue una película de encargo. Y como encargo que fue, en éste se diluyeron algunas de las constantes del cineasta; de hecho, cuesta trabajo encontrar el sentido crítico hacia la sociedad norteamericana que exhibiera Penn en muchos de sus mejores títulos. En efecto, Agente doble en Berlín es una película de cierto aire conformista, que en lugar de profundizar en las intrigas de los servicios secretos, prefiere adentrarse en otras intrigas más cotidianas: las que rodean a una familia. Pero se adentra y lo hace con mucha solidez, partiendo de una espléndida dirección de actores, que de forma muy intuitiva, analiza la relación entre un padre y su hijo. Un padre de aspecto gris que resulta haber sido un hombre de acción, agente de la CIA (excelente Gene Hackman), y un hijo inconformista (enérgico Matt Dillon) que encuentra muchas preguntas sin respuesta, y aún tiene mucho que aprender.
Pese a los pequeños desencuentros, son una familia de vida tranquila, pero su tranquilidad se ve bruscamente interrumpida cuando la mujer (desaprovechada Gayle Hunnicutt, a la que apenas vemos en acción) es secuestrada mientras hace un viaje por París.
Como decíamos, Arthur Penn prefiere pasar de puntillas, desatendiendo las implicaciones ideológicas del argumento. Así, presenta al espía retirado como orondo padre de familia, cuya “locura de juventud” fue recorrer Europa a la caza de agentes comunistas, como si de un pasatiempos se tratara. Una locura de juventud que ha pasado con el tiempo, una vez que éste ha sentado cabeza para formar una familia.
Pero el tiempo no cicatriza las heridas, y alguien, desde el Este, reclama su atención, para completar una venganza equivocada, que ya ni tiene sentido. Padre e hijo habrán de unir fuerzas para ir al rescate de la madre, y en su camino, de París a Berlín, recorrerán varias ciudades europeas. Ciudades, barrios y calles que Arthur Penn nos muestra con toda naturalidad, mezclando a Hackman y Dillon con sus gentes, rehuyendo esa visión “de turista” a la que tan acostumbrados nos tienen tantos directores norteamericanos, mostrando nuestro cineasta más interés por los detalles cotidianos que por retratar con espectacularidad los monumentos más famosos. Así, consigue filmar un thriller con estupendo sentido del ritmo, de factura artesanal, demostrando su brillantez dentro de esta pequeña película por encargo.
Agente doble en Berlín nos habla de un mundo que va camino de conseguir la estabilidad. Las venganzas ya no tienen sentido, y las víctimas elegidas, son las equivocadas. No olvidemos que se realizó en 1985, pocos años antes de que desapareciese el Muro de Berlín. Y muchos, en su ingenuidad, esperaban esa caída como si fuese el inicio de una paz sin precedentes. Hará unos veinte años desde aquello, y no hace falta insistir en que aquellas promesas de paz fueron una quimera, y que el mundo que ahora vivimos es mucho más conflictivo e inseguro que aquel que recorrían Gene Hackman y Matt Dillon en busca de Gayle Hunnicutt.

David G. Panadero
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