Police & thieves (1ª entrega)

Olloqui nos ofrece este retrato nostálgico, que no complaciente, de su Móstoles natal y sus pasiones musicales. Allí todo estaba permitido: música ruidosa, chupas de cuero y pelos de colores. Y siendo punk, casi era obligado odiar a la policía. Más aún si vivías encima de una comisaría, como es el caso.

El suburbial Móstoles de mi infancia
Los punks y la policía nunca se han llevado demasiado bien; eso es un hecho. Y cuando yo era joven (ejem, más joven, quería decir), fui punk. No me culpen: corrían los alegres ochenta, y todo lo que fuera música ruidosa, chupas de cuero y pelos de colores, me fascinaba sin remedio. Así que fui punk, y luego siniestro, y luego New Romantic, y luego no se cuántas cosas mas, aunque si le preguntan ustedes a mi sufrido padre, lo que les dirá es que yo era gilipollas. De mi anterior confesión podrán deducir que no me gustaba la policía, y es cierto, pero no por los motivos que ustedes sospechan: yo no odiaba a la policía por ser punk, odiaba a la policía porque yo vivía encima de una comisaría.

Y así le fui tomando inquina al cuerpo

Verán, cuando uno es niño, en su inocencia cree que las fuerzas del orden están ahí para protegernos, y tú te imaginas que en el mundo de los adultos el orden y la lógica impera, de manera que el abusón de un curso superior, que te empuja en el recreo y te quita el bocata de chopped, no se queda sin su justo castigo como ocurre en el ácrata mundo escolar, sino que un policía justiciero le atrapará, le dará un par de buenas hostias para que confiese sus horribles crímenes, y acabara sus días en una oscura mazmorra con la sola compañía de las ratas... a no ser que intente escapar del policía justiciero, en cuyo caso éste no tendrá mas remedio que sacar su arma y disparar contra el abusón, que morirá en un charco de sangre entre terribles estertores. Confieso que este último era el tipo de justicia que deseaba para el abusón, mientras veía con impotencia cómo se zampaba el bocadillo que con tanto amor y esmero, mi madre había elaborado unas horas antes.

En un charco de sangre entre terribles estertores
Entiendo que esa es la imagen tópica que uno tiene de la policía cuando es un niño, la imagen que nos trasladan las películas norteamericanas, las series de televisión, los comics (ahora no, porque los críos leen manga)... Yo, por el contrario, pude ver, desde mi más tierna infancia, a la policía tal y como es. No como héroes de una pieza y sin dobleces, sino como personas de a pie. No como las máquinas perfectas de impartir justicia que tenemos en mente cuando jugamos con nuestros amigos a policías y ladrones, sino como gente normal, como tu padre o tu vecino, gente a la que se le puede ir la olla teniendo un arma en la mano. La mayor parte de los policías que yo conocía no eran servidores de la ley vocacionales, de los que intentan hacer del mundo un lugar mejor, sino que eran funcionarios a media jornada, buscando un trabajo que les asegurara un sueldecito y les permitiera sacarse un extra haciendo chapuzas como fontaneros, albañiles o pintores. Y eso es, para un niño, tan traumático como descubrir que los reyes eran los padres o que Chema el panadero era yonki.

Llegué a desarrollar una empatía
solidaria con los detenidos

En el suburbial Móstoles de mi infancia (y no es que ahora sea un residencial de lujo, la verdad), la policía nacional, con su uniforme café con leche, eran mis vecinos. La comisaría ocupaba los bajos del edificio, y la ventana de mi habitación estaba justo encima de la puerta por donde entraban y salían los detenidos, así que con tan solo asomarme, podía contemplar cómo conducían a la gente al interior, peleas entre los agentes y los familiares de los arrestados, violencia, comportamiento amoral, lenguaje grueso y otras lindezas... Incluso, en una ocasión, llegue a ver una espectacular fuga y la posterior persecución, con la comisaría al completo participando, con todos sus medios materiales y humanos. Este espectáculo, tan poco edificante como irresistible, resultaba mucho más interesante que la tele, y hubo días que me llegue a perder Mazinger-Z por estar al tanto de lo que ocurría bajo mi ventana. Lo que ocurrió es que, a fuerza de ver tantos años la misma escena mientras hacía los deberes, llegué a desarrollar una empatía solidaria con los detenidos. No me cabe duda que aquellos delincuentes que eran conducidos a dependencias habrían cometido todo tipo de tropelías, pero lo que yo veía desde mi ventana eran pobres hombres, la mitad de las veces con las ropas y la cara ensangrentadas, muchas otras veces tan hechos polvo que ni se tenían de pie (porque habían “chupado drogaina”, que decía mi abuela), humillados y cabizbajos, mientras la policía, sus captores, iban mas tiesos que una vela, con la cabeza bien alta y con ese aire de chulería que adopta quien sabe que tiene el poder. Ojo, no digo que la policía no debiera hacer su trabajo, seguro que aquellos tipos que llegaban detenidos habrían cometido fechorías por las que debían responder ante la justicia, pero yo esa parte no la veía, solo presenciaba el drama humano del detenido y la superioridad del policía. Siempre he tenido la tendencia de ponerme de parte del “malo” oficial: cuando veía películas del Oeste, quería que ganaran los indios, cuando vi La mujer y el monstruo, lloré cantidad al morir la Criatura de la Laguna Negra... y con esa misma premisa observaba la relación entre policía y criminal, que a mí se me antojaba vertical, y así le fui tomando inquina al cuerpo.
Claro, que tampoco eran los vecinos ideales. La verdad es que iban a su bola y no colaboraban mucho en lo de intentar hacerse querer por el resto del vecindario. La normal y ordenada convivencia se la sudaba. Por ejemplo, una bonita costumbre que tenían era, en las guardias de las noches de verano, sacarse unas sillas a la puerta y hacerse unos cubatitas de Dyc con Coca cola. Abrían las puertas de un coche Z, ponían canciones de Los Chunguitos y así estaban hasta las tantas, charlando despreocupadamente sobre drogas, armas y putas. A veces, mi madre, que siempre ha tenido un punto combativo, contraatacaba sacando el loro doble pletina a la ventana con casetes de Mocedades o Paloma San Basilio. Esto, como se pueden imaginar, influía negativamente en mi rendimiento escolar, porque a pesar de que mi madre me mandaba a la cama a las diez, hasta que mis vecinos no tenían a bien dejar de hacer ruido, no podía conciliar el sueño. Eso sí, hay que reconocer que con ocho años ya poseía valiosos conocimientos, como las sustancias con las que cortar la heroína, cuántas balas es capaz de resistir un moro en edad penal antes de palmar, o cómo pegar un polvo en un puticlub sin necesidad de pagar... Por cierto, cuando tuve edad de raciocinio me di cuenta de otro hecho inquietante: se ponían ciegos en horas de servicio. Aquella noche no pude dormir ni cuando se callaron.

Ciudadanos cabreados que
mascullan improperios

Vivir encima de la policía, hay que reconocerlo, también era muy divertido. El juego favorito de mi vecino y mío consistía en salir a la terraza y mojar al policía que estaba de plantón con nuestras pistolas de agua. Incluso llegamos a llenar con agua botes de gel de baño vacíos, o de crema Vasenol para las manos, porque nos dimos cuenta que el agua salía con mas presión, y le hacia mas pupa al agente. Y una vez tiramos por la ventana el hámster de mi hermana, que falleció por impacto contra la cabeza del sufrido agente. Lo paradójico del caso es que mi vecino, pasado el tiempo, ingreso en la Guardia Civil...
Las llenábamos de crema Vasenol
Una noche ocurrió algo que se me ha quedado grabado vivamente: la vecindad se enfrentó, por primera vez, a la policía. Era verano, por lo que esa noche había varios vecinos tomando el fresco en la terraza. Llegó un coche patrulla con un detenido. Los agentes salieron, y uno de ellos abrió la puerta de atrás para sacar al detenido, pero al meter el brazo dentro, el detenido, que debía ir hasta arriba, le pego un mordisco en la mano.
            –¡Hijo de puta! –gritaba el agente– ¡Me ha mordido! ¡Seguro que el cabrón me ha pegado el sida!
Al oír los gritos, los vecinos que no estaban ya en la terraza, salieron al instante. Mis padres me invitaron a entrar en casa para no ver esa escena tan violenta, pero yo les dije que sí, que me iba yo a perder aquello. Mientras, el detenido, fuera de control, le daba patadas a los cristales del coche, tumbado en el asiento. Raudos salieron otros tres o cuatro policías de la comisaría, entre todos sacaron al tipo del coche, le redujeron, le tumbaron en el suelo, y emplearon con oficio sus porras contra él.
            –¡Dejádmelo a mí! –decía el mordido, mientras le daba patadas.
            Transcurrieron unos minutos, la policía no se cansaba de dar palos, pero la vecindad sí se cansó de verlos, así que se empezaron a escuchar protestas, primero suavemente, luego a grito pelaó.
            –¡Dejad ya al pobre chaval!
            –¡Abusones!
            –¡Fascistas! –esto lo gritaba el del quinto, que había corrido delante de los grises.
            –¡A casa todo el mundo! –voceaba el del mordisco– ¡Cállese, señora!
            –¡Cabrones! ¡Dejadle ya, que está medio muerto! ¡Ya podréis, cinco contra uno! –continuaba el del quinto.
            –¡Cállese o subo y le detengo! –amenazó el policía.
            –¡Suba si tiene cojones! ¡Ramón Boceguilla, quinto B!
            –¡A tomar por culo! –gritó el policía, sacando su arma de la funda. No sé si tenía intención de realizar un tiro al aire, o de cargarse a Ramón Boceguilla, nunca lo supimos, porque el solo hecho de ver la pistola hizo que todo el bloque entrara en tropel en sus respectivas casas, terminando con la prometedora carrera como héroe del pueblo de nuestro vecino, y dejando a su suerte a aquel pobre desgraciado, que se busque la vida él solito, oye.
Le pegó un mordisco en la mano
Después de aquello hubo manifestaciones, protestas delante del ayuntamiento y cosas así, hasta que el pueblo soberano consiguió que se llevaran a la comisaría a otro lado. En su lugar ubicaron las oficinas del DNI. Y hoy, cuando voy a visitar a mis padres y, al asomarme a la ventana de mi antigua habitación, en lugar de interesantes y morbosas escenas de violencia gratuita, veo ciudadanos cabreados que mascullan improperios contra el ministerio del interior porque llevan haciendo cola siete horas para sacarse el puto DNI electrónico; me pregunto si el cambio no ha sido a peor.

Continuará...
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