Música para los muertos: Guía de audición

Luis Gutiérrez Maluenda, gran amante del jazz, bautiza cada capítulo de su novela Música para los muertos con el título de una canción compuesta por Edward Duke Ellington y Billy Strayhorn, los Lennon & McCartney del jazz

Por Luis de Luis

La música de este dúo, compuesta entre 1927 y 1974, abarca desde sencillos bailes llenapistas a suites clásicas y conciertos sacros. Ha sido interpretada infatigablemente, durante cinco décadas, en tugurios de Harlem, hasta convertirse en la música clásica del siglo XX. Si algún lector quiere acompañar su lectura con música, disfrutará esta B.S.O. (Banda Sonora Oficiosa).

En tugurios de Harlem

Capítulo I .Take the “A” train

Es, por excelencia, tema introductorio y prefacial (¡bonito palabro!) allá donde los haya. Así lo entendieron los Rolling Stones en su gira de 1982[1] Tony Bennett, el crooner díscolo, que la utiliza segmentada como puente entre los temas de Hot and Cool (1999), el disco que dedicó al Duque. Es un tema de música de raíl, ferroviaria y urbana. Sobre un incansable traqueteo viajan un puñado de solistas de Ellington. Propongo la alborazada y saludable versión de la banda sonora de Paris Blues (1961), engalanada con trombón, saxo tenor y trompeta con sordina para subirse en marcha.



Capítulo II Lush Life

La Canción (así, con mayúsculas) de Billy Strayhorn. Balada melancólica, lejana y desesperada. Una suerte de lieder en clave de jazz cuya difícil estructura, que se desenreda en intrincados tempos, la hace tan atractiva como difícil de abordar (el mismísimo Sinatra, tras bregar con ella en varias ocasiones, acabó por desistir). Sin embargo, su colega del Rat Pack, el gran e infravalorado Sammy Davis Jr, en The Wham of Sam (1961), la tumbó, dando a la exigente canción la resignada desesperación y contenido dolor que demanda, de un sentido tirón.


Capítulo III. Mood indigo

Allá por 1961 se produjo el tan incomprensiblemente pospuesto, como a la postre ineludible, encuentro entre el Duque y el Rey[2] del jazz. Como corresponde a toda reunión en la cumbre de la nobleza, las negociaciones fueron arduas, hasta conseguir un acuerdo que garantizase que ningún ego quedaría herido ni dignidad dañada más allá de todo reparo, enmienda o consuelo.
El Duque se incorporó al grupo de Satchmo que, por aquel entonces, contaba con el gran clarinetista y ex –ellingtoniano Barney Bigard, quien ayudó a escoltar una versión elegíaca, solemne y cálida de la canción, digna del mejor desfile funeral por las calles de Nueva Orleans. Louis Armstrong la scatea y deconstruye, paladeando con garganta de lija y evidente placer, cada sílaba y compás.


Capítulo IV. Passion Flower

Desesperadamente triste balada, que, narrada por el gran Johnny Hodges, el eterno saxo alto de la orquesta de Ellington, sobrevuela majestuosa. La versión incluida en Blue Rose, disco de 1955 de la cantante Rosemary Clooney[3], es de una belleza sobrecogedora.


Capítulo V. Diminuendo and Crescendo in Blue

Si bien es un tema antiguo, favorito de los parroquianos del Cotton Club en la década de los 20, no cabe sino recomendar la versión registrada en el Festival de Newport de 1956, donde la orquesta del Duque demostró a críticos y desavisados que estaba por encima de boperrs y hardbebopers, vanguardias y retaguardias, gracias al espontáneo, incesante (más de 27 choruses), furioso, hipnótico y trepidante solo de sonoridad colemanhawksiana a cargo Paul Gonsalves (infravalorado saxo tenor de la formación), que enfervorizó al público asistente hasta llevarle al borde del altercado público.


Capítulo VI. Satin Doll

El riff de viento más pegadizo e infeccioso de la historia del jazz. Absolutamente imposible no silbarlo. Si bien las versiones del tema son cuasi infinitas, destaca sobre todas El hombre de los caramelos[4], de una Orquesta Mondragón cosecha 1979: cabaretera, burlesca y avodevilada que, encabezada por Javier Gurruchaga (antes de ahormarse al gusto popular, interpretándose a si mismo como bufón políticamente correcto), se lo pasaba como Dios, desdeñando modas y corsés que limitasen su inigualable capacidad de escandalizar y divertirse.

Capítulo VII. Rude Interlude

El Cotton Club reunía sofisticación y exotismo, ilustrado como nunca en esta lánguida canción de 1929, de largas y perezosas cadencias, tarareada más que cantada con naturalidad e indiferencia por Louis Bacon, mientras se toma un martini y se arregla con discreción la pajarita del smoking.


Capítulo VIII .Something to live for

Susannah McCorkle nació en la época, lugar y color de piel equivocado. En tiempos de punks, nuevas olas y technos varios se empeñó en desarrollar a contracorriente, con pulcritud y elegancia de neoyorkina fashion y blanca, un repertorio basado en las grandes canciones del siglo XX. Entre ellas, claro, se encuentra esta poderosa balada (caballo de batalla para tod@ cantante de jazz que se precie), que canta con gusto y suavidad, evitando caer en excesos o exageraciones. La canción se encuentra incluida en From broken hearts to blue skies (1999).



Capítulo IX. Sophisticated lady

Suave y aterciopelada balada, cuya enorme elegancia provoca que, en manos poco capaces, se cocktalice y vulgarice, convertiéndose en inocua e intrascendente pitanza de piano–bar para cincuentones. La seria y robusta versión de George Coleman (recio saxo tenor de severa sonoridad hard bop) y el enorme Tete Montoliú, incluida en Meditation, su disco conjunto de 1977, explora sin concesiones y de forma infatigable (¡durante más de 15 minutos!) todos los recovecos y vericuetos del tema.


Capítulo X. VIP´S Boogie

Para entendernos, este tema sería el equivalente a un pasodoble, ellingtonianamente hablando, que permitía un desmadre (más o menos controlado) del banquillo de la orquesta, es decir, aquellos instrumentistas que no solían tener asignados solos preeminentes. Solía desembocar en Jam with Sam, tema pirotécnico y exhibicionista que, para seguir entendiéndonos, equivaldría a un pasacalles a la ellington, alegre y despendolado. La versión de 1953 de los Conciertos de Pasadena es particularmente alborozada.


Capítulo XI. Things ain´t what it used to be

 
Tema, por así decirlo, hijo de Take the A train. En Piano reflections (1953), uno de sus escasos discos de piano, el Duque lo interpreta suave y junto a bajo y batería con su inimitable estilo al teclado: tocando lo justo, como si despegase los dedos de las teclas, para desmenuzar los temas hasta dejarlos en hechos un puro pellejo. Gran versión.


Capítulo XII. Saturday Night Function

A lo largo de la noche, la respiración colectiva del Cotton Club se contenía mientras las bailarinas desfilaban por la pasarela hasta el escenario, a los sones de este brioso tema de 1934, en el que la orquesta del Duque, seguía como un solo hombre al impetuoso clarinete de Barney Bigard, que lidera la marcha y marca el paso con precisión y sin titubeos.


Capítulo XIII .Bad Blood

Esta canción no es del repertorio ellingtoniano. Ni podría serlo jamás. Es un blues interpretado con las vísceras, empapuzado de pringoso piano boogie, saxo humeante e intensidad canalla por Champion Jack Dupree. Adecuadamente anticlimática coda. Auténtica música para los muertos.


¿Usted cree que puede manejar este asunto?
NOTAS:
[1] Fue el tema introductoria en el concierto de la mítica visita a Madrid, en 1982, de la banda. Para que no faltase de nada, los Dioses tuvieron a bien colaborar en el espectáculo haciendo crepitar unos rayitos y derramando una (so)manta de agua sobre un Mick Jagger vestido de lagarterana y un achicharrado y sufrido publico que había desembolsado 5,50 doblones (900 piastras de aquel entonces) para ver a la legendario banda despedirse de los escenarios(je,je,je).
[2] No insultaré al lector especificando su nombre.
[3] De los Clooney de toda la vida y tía de George, el que anuncia Nespresso.
[4] La canción cuenta con una inolvidable letra del malogrado Eduardo Haro Ibars sobre esa entrañable figura popular que le da título. Figura encarnada por el tarado del barrio, el pervertido de la zona o, si así se terciaba, el tonto del pueblo, que tantas salidas de clase alegró, ofreciendo sugus y sacis a cambio de que los y las impúberes deslizasen un par de (in)discretas miradas sobre sus partes pudendas. Hoy en día, lamentablemente, tanto la envergadura y tonelaje del adoslescent@ medio (contra quienes los dulces pervertidos no resistirían ni media oblea) así como su desmedida sapiencia sexual (que les ha dejado sin ápice de curiosidad por el tema) han desterrado a tan cordiales personajes del paisaje urbano.

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