Brocheta de pollo. Pedro Tejada

John Sincurro estaba realmente harto de su suegra. Todo el día recordándole que era un fracasado, que si no fuera por su hija no tendrían nada que comer, que no podrían pagar ni la luz ni el agua… Y eso que era la vieja zorra la que más tragaba, la que sólo dejaba de insultarlo cuando hincaba el diente a un bollo.

Era el último desayuno

Desayunaban departiendo a base de gruñidos y miradas asesinas

Algo había que hacer y pronto. Esa misma mañana al levantarse había tomado la decisión liberadora. Disponía de arsénico para envenenar a un cachalote y el desayuno era un buen momento. Su mujer ya se había ido al trabajo y todas las mañanas, foca y capullo (traducido: suegra y yerno) desayunaban juntos en la cocina, departiendo a base de gruñidos y miradas asesinas. Había administrado el arsénico sin compasión en el tazón de leche con Eco que siempre se zampaba la bruja. Mientras ella no dejaba de sumergir en el líquido croissants, sobaos pasiegos y miniensaimadas, John no dejaba de relamerse pensando en que era el último desayuno con su señora suegra.
Al mismo tiempo, en otro lugar no muy distante, un tipo se hallaba apostado entre unos matorrales y con una pistola a punto. Había recibido el encargo de cargarse a cierto hombrecillo que debía un pastón a su jefe y al que romperle anteriormente las piernas no le había resultado suficiente aviso. Iba a cumplir el trabajo con sumo gusto, porque se trataba de eliminar al cornudo esposo de la mujer que se llevaba trajinando los últimos seis meses. Y ya iba siendo hora de que fuera sólo suya y no de aquel bobalicón.
En el interior de la casa, la vieja acababa de eructar y el yerno pensaba complacido en que no tardarían en llegar las náuseas y los dolores de vientre. Con un gesto de “hasta nunca, arpía”, John se levantó, abrió la nevera y miró para ver qué se prepararía para comer ese día. Y nada más que para él, pues su suegra ya sería ballena fiambre. Echó un vistazo, revolvió entre varias bandejas, y no sabía si decidirse por las brochetas de pollo o por las hamburguesas. Decidió salir al porche, encenderse un pitillo y allí resolver tan difícil dilema.
–Ya está. Hoy me hago brochetas de po…
Y resolver tan difícil dilema
No pudo acabar la última palabra, y eso que era una triste bisílaba . El matón que se trajinaba a su esposa también decidió tirarle a él, pero de manera más rotunda y menos agradable. John Sincurro cayó desplomado. ¿Quién lo iba a decir? Murió antes que su suegra y con menos sobaos entre pecho y espalda.
Cuando el matón sonreía, después de cumplida la misión, y a punto de incorporarse se vio abordado violentamente por detrás. Intentó girarse, pero unas grandes manos negras en su cuello lo impedían. Ya era mala suerte: hacía días que por allí merodeaba Buba, senegalés al que le enloquecían los culos blanquitos. Mientras éste vencía la resistencia del matón, una tormenta que llevaba rato anunciando su presencia estaba cada vez más cerca. El senegalés, que en sus ratos libres era un reputado hispanista, no pudo dejar de asociar ”tormenta” con “rayo” y éste con aquel rayo que no cesa. Y mientras desgarraba el pantalón del matón recitaba aquellos versos que decían: “¿No cesará este rayo que me habita / el corazón de exasperadas fieras …”. El matón protestó, y no por los atributos del senegalés:
–¡Maldita sea! Sodomízame si quieres, pero no me pongas esa musiquilla de fondo. ¡ Vale ya del puto centenario del poeta de Orihuela!
Ajeno a estas protestas, Buba recitaba y empujaba, hasta que de pronto la tormenta se posó sobre ellos y descargó un potentísimo rayo que los fulminó sin piedad. ¿Justicia divina? ¿Imprudencia temeraria? ¿Revancha literaria del poeta pastor? No lo sabemos. Sólo que al final la brocheta salió muy tostada.

Pedro Tejada
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