Ghost town

Permitan que les cuente un sangrante caso de estafa inmobiliaria. Lo crean o no, el protagonista de esa estafa es Mazinger-Z. The Specials ponen el coro: "This town, is coming like a ghost town"

El turismo según Carol Spengler y Olloqui

De todos los delitos posibles, seguramente el menos épico y glamuroso es el inmobiliario. Ironicamente, también es uno de los que están mejor vistos por la sociedad. Es curioso: el crimen pasional, por ejemplo, ha sido ampliamente retratado, tanto en la literatura como en el cine, aunque en la sociedad actual cause rechazo y asqueo; mientras que el delito inmobiliario, practicamente no se ha tratado en niguna manifestación cultural, aunque goze de la comprensión, cuando no de la simpatía del ciudadano de a pie. Y es que, no nos engañemos, quien más y quien menos ha hecho algún chanchullete a la hora de comprar o vender una vivienda: escrituras a precio de tasación y el resto en negro, declaración del valor del piso sensiblemente inferior para pagar menos impuestos… En nuestro pais no entendemos lo público como algo nuestro, es como si la sociedad y el estado fueran un ente abstracto aparte, y nosotros no formásemos parte de él. Esta extraña dicotomía en la mente del español hace que, íntimamente, admiremos al constructor corrupto que llega al juzgado a declarar en su Mercedes plateado, con su traje de malas hechuras y su mariconera en la mano.
Móstoles: un apéndice necesario de Madrid
En Móstoles (donde yo me crie, como, a estas alturas, ya sabrán), el ladrillo y el cemento son la savia que hace que el pueblo viva. Al igual que otras muchas ciudades dormitorio creadas en los últimos sesenta en los arrabales de los grandes nucleos urbanos, Móstoles se planeó como un apéndice necesario de Madrid. Un depósito donde los trabajadores que curraban en la capital, se almacenaban al terminar sus jornadas laborales. Por eso, este tipo de pequeñas ciudades no tienen un plan urbanístico en condiciones, que respete cosas tan evidentes como el entorno natural o la estética. Lo único que importaba era hacer pisos, pisos y más pisos. Había que dar cobijo a todas esas familias que emigraban de sus empobrecidas tierras, para alimentar la maquinaria de la gran ciudad. El panorama de cualquier calle mostoleña a las seis y media de la mañana es de lo más parecido a la escena de Metropolis, cuando los obreros se encaminan en silencio al cambio de turno.
Debido a esta necesidad de edificar a toda costa para satisfacer la demanda de una población que buscaba “prosperar”, los bloques tienen ese inconfundible sabor a arquitectura social de la transición, diseños que, cuando fueron entregados, ya habían pasado de moda. Los edificios no forman manzanas, sino que se alzan dispersos y solitarios, o agrupados en conjuntos de dos o tres, sin guardar orden alguno en apariencia, color o número de plantas. Los vecinos han contribuido a aumentar este caos, añadiendo a las fachadas cerramientos de aluminio en pisos alternos, tuberías de gas natural, máquinas de aire acondicionado, y esas caprichosas formas de tubos metálicos que son las antenas. Estos añadidos, junto a la proliferación de bazares y restaurantes chinos, le dan a la ciudad un aire de Blade Runner cañí. Entre los bloques aparecen descampados, polvorientos en verano y embarrados en invierno, tristes amagos de lo que un día se planificó como un parque, pero que solo quedó en proyecto, donde hoy los vecinos sacan a sus perros para que caguen, y los niños juegan al futbol.
Muchas deben ser las tropelías urbanísticas que se han cometido en mi ciudad natal. Pero, como ningún juez ha ordenado aún intervenir las dependencias municipales para buscar pruebas de delitos urbanísticos, mejor no hablo de lo que no está probado, no sea que me meta en un lío. Por el contrario, les contaré un sangrante caso de estafa inmobiliaria que, lo crean o no, tiene como protagonista secundario al mismísimo Mazinger- Z.

En la mitad de los años 70, en la provincia de Tarragona, un espabiladísimo promotor inmobiliario planeó una urbanización, en plena naturaleza, llamada Mas de Plata. A este buen señor se le ocurrió la idea de construir unas figuras recreando los personajes de los dibujos animados más famosos de la época. Así, cuando las familias pasaban por allí a informarse de las parcelas, los críos quedaban subyugados por la visión de sus personajes favoritos de la televisión, y los padres, con tal de no escuchar a la cansina chiquillería, accedían a comprar un terrenito o un chalet. Ahora bien, el tipo decidió llevar hasta las últimas consecuencias su idea, nada de materiales cutres y figuritas feas. No, que va, las cosas a lo grande: además de la casita de Heidi, y de un Marco con su mono Amedio subidos en el carro de Peppino, el tipo construyó una estatua de Mazinger Z… de más de 10 metros de altura. Además, en fibra de vidrio, para que durase. Y vaya si duró. A dia de hoy, sigue en pie, para gozo y deleite de cualquier friker que se precie, o, simplemente, de cualquier anormal (como el que esto escribe) que quiera organizar una visita con su pareja, con la absurda idea de que resultará algo romántico. Hasta aquí todo muy bien, porque ahora viene la parte chunga del asunto: por lo que se ve, el promotor huyó con la pasta de los que allí habian comprado terrenos y casas, dejándoles con el culo al aire, y sin los servicios básicos tales como agua corriente, luz o calles asfaltadas. Eso sí, les dejó una impresionante estatua de Mazinger Z en medio de un pinar, como recuerdo de lo que iba a ser este fastuoso proyecto. Así que, los pobres propietarios tuvieron que hacerse cargo y subsanar las deficiencias con las que les dejaron colgados, para hacer de aquel frondoso paraje de salvaje naturaleza algo medianamente habitable. Y así, mientras año tras año contemplan impotentes como hordas de descerebrados nos acercamos a hacernos unas fotos a los pies de Mazinger Z, piensan que las calles llenas de socavones bien podrían estar en tan buen estado como la estatua del televisivo robot.
Para ilustrar este entretenido tema, he traido hoy una canción de The Specials, “Ghost town”. La canción, en principio, parece ser que habla del abandono de las ciudades industriales por parte de los trabajadores en el periodo de reconversión industrial más duro de la época de gobierno de Margaret Thatcher (una señora que, según “La hora chanante”, es de esas mujeres que se quitan las bragas a pedos), pero, para el asunto que nos ocupa, nos va de perlas.


Su primera maqueta acabó en la papelera

The Specials se formó en Coventry (Reino Unido) en 1977, y es uno de los máximos exponentes del sonido “2 Tone” (de hecho, Jerry Dammers, teclista y uno de los compositores del grupo, fue el fundador de este sello). Son quizá, junto con Madness, el grupo más famoso de la oleada ska de los primeros 80. La música de The Specials fusionaba Reggae, punk y ska, y su estética reivindicaba los 60, con su atrezzo mod- skin- rude boy. Por supuesto, al hacer el tipo de música que hacían, no faltaban los himnos anti-racistas y a favor de la integración (llegaron a componer una canción a Nelson Mandela, que, entonces, se encontraba en prisión). A pesar de que llegaron a codearse con la aristocracia musical de la época (su primer disco lo produjo Elvis Costello, y colaboraron con ellos, entre otros, Belinda Carlisle o Chrissie Hynde), al principio nadie les hizo ni puto caso: grabaron una maqueta que acabó en las papeleras de la práctica totalidad de los A&R de las islas británicas. Pero se ve que estos simpáticos rudeboys tenian una flor en el culo, y resultó que un amigo conocía al mánager de The Clash (otros viejos conocidos de esta humilde sección), Bernie Rhodes. Al final, Rhodes acabó siendo también su mánager, y de este modo, The Specials telonearon a los Clash durante su gira del 78. Y, a pesar de todo, tuvieron que formar su propio sello discográfico para grabar su primer single (“Gangsters”, en 1979), y después su primer album, el clasicazo “The Specials”, donde aparecen canciones tan conocidas como “Too much too young” (por cierto, una alegre oda al uso del condón. Recordemos que estamos hablando de finales de los 70. Mientras, en nuestro país, hace un par de años salió un rap aconsejando lo mismo, el uso de la gomita al ir a ayuntarse carnalmente, pero además de una manera muy light y muy politicamente correcta… vamos, que hasta lo podía cantar mi abuela. Bueno, pues todavía hubo sectores sociales que se escandalizaron y decían que esto es el acabose… recordemos, a finales de la década del 2000 ¿es que vamos a estar toda la vida con las mismas gilipolleces?), o la archiconocida “A Message To You, Rudy”, una versión de un clásico jamaicano de los 60, pero que la mayoría de la gente recordará por ser la canción que acompañaba un anuncio de coches.
¿Tú crees que se quita las bragas a pedos?
 “Ghost town” se grabó como single en 1981, y fue el último gran éxito de The Specials. Después de este tema, la banda se disolvió; parte de ella fue a parar a Fun boy three, y los que quedaban refundaron el grupo con el nombre de The Special AKA, pero ya no tuvieron ni de lejos el éxito que habían cosechado antes. “Ghost town”, como decía, alcanzó el nº1 de las listas de éxito del Reino Unido en 1981, justo en el momento de mayor dureza en los disturbios de aquel año, cuando trabajadores descontentos y policías se medían el lomo a base de bien. La canción habla de las ciudades industriales, donde antes había alegría, trabajo, prosperidad, gente riendo y cantando… y ahora no hay nadie, solo el viento silbando. Seguro que The Specials escribieron esta cancion pensando en la gente que huía en tropel de los pueblos, ante la falta de oportunidades. Pero cuando yo la escucho, pienso en estas otras ciudades fantasma que tenemos actualmente cerca de nosotros: barrios y ensanches a medio construir, con edificios aislados ya entregados, donde viven algunas familias bien puteadas, sin servicios o equipamientos básicos, y sin la finalización de su urbanización a la vista, en un corto-medio plazo; largas avenidas aun sin alumbrado público, donde puedes caminar varios kilómetros sin encontrarte un alma, alcantarillas donde ha ido a parar el detritus del capitalismo (refundado y sin refundar), la vergüenza del constructor ambicioso, del inversor ansioso, del concejal corrupto, del banco y la caja de ahorros, y de la madre que los pario a todos… y donde parece que en, cualquier momento, empezará a sonar un Farfisa, y un coro susurrará “This town, is coming like a ghost town”…

Olloqui

Olloqui lleva muchos años vinculado a la cultura popular, y vive en el extrarradio madrileño. Es amante del cómic y el cine de marcianos. Ha tocado en varios grupos pop, como Bishop, Ill Planet, Criaturas Celestiales o Moscú. Ahora, junto con Carol Spengler, Sergio Igor y Javi Olloqui, hace lo propio en Igor Spengler. Llegó a la literatura por casualidad, cuando decidió escribir sus memorias. "Vivo en Móstoles y eso explica gran parte de mis fracasos". Así empezaba el manuscrito que nunca acabó. La insistencia de sus amigos de Prótesis le ha llevado a escribir esta columna de opinión, El cowboy japonés, desde la que denuncia realidades dolorosas e injusticias sociales, siempre con Móstoles como tema central, y sus canciones favoritas como principal herramienta crítica.
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