Testigo de Cargo (Witness for the prosecution, 1957)

En cualquier escuela de cine se debería ver obligatoriamente Testigo de Cargo, aún a riesgo de dejar fuera a Tarantino y David Fincher, aunque bajaran las matriculaciones

Lo convirtió en oro molido...
Tan grande es, ha sido y será la influencia de Alfred Hitchcock en el cine que sería una tarea tan inútil como inacabable intentar enumerar las películas que le han homenajeado, se han inspirado o, sencillamente, plagiado a quien se dio en llamar El Mago de Suspense.
Pero existen dentro de la enorme herencia Efecto Hitchcock dos delicatessen, dos joyitas, películas anómalas en la trayectoria de sus directores, que voluntariamente aceptaron hitchcockizar sin reparos o ambages su cine. Se dieron ese gustazo, para ver qué salía.
Salieron, por cierto, dos perlas: la irónica, radiante y descabalada Charada de Stanley Donen (una relectura urbana y parisina de la ya de por sí desmandada Con la muerte en los Talones) y Testigo de Cargo (una reinterpretación luminosa de la muy sombría El Caso Paradine).
Y sí, Testigo de Cargo es, en muchos sentidos, una película radiante.
Después de décadas reinterpretando géneros y legando a los estudios obras maestras, como Berlín Occidente, Perdición, Sabrina, Cinco tumbas al Cairo, Traidor en el infierno, o La tentación vive arriba, Billy Wilder estaba en la rampa de salida para iniciar una nueva etapa, marcada por el sarcasmo y la amargura que asomaban en El Gran carnaval y El Crepúsculo de los Dioses.
Cabe imaginar al gran director velando armas, aburrido y tedioso, esperando inspiraciones y pescando motivos para cuajar esas naderías que llegaron a ser Con faldas a lo Loco y El apartamento,  cuando cae en sus manos la posibilidad de filmar la exitosa obra de teatro Testigo de Cargo .
Billy Wilder –que no debía ser, precisamente, lo que se dice un gilipollas– se encontró con un texto de hierro y no tuvo más que, con la ayuda del guionista Harry Kurnitz, convertirlo en oro molido, añadiendo personajes como la ínclita enfermera Plimsoul (que interpretaría, con gusto y evidente disfrute, la gran Elsa Lanchester), afilando con ironía diálogos, midiendo con precisión secuencias y puestas en escena y encontrando un cojo-reparto para tener a huevo la posibilidad de filmar un clásico. Como de hecho hizo.
Poco más tuvo que hacer Wilder, salvo ejercer de guardia de tráfico para evitar el atropello y garantizar la fluidez en la narración del terso y tenso drama judicial y de maestro de escuela: ninguno de los actores dio menos de sus capacidades.
Por riguroso turno, Wilder concede el estrado a Tyrone Power, para que se luzca en su papel de Leonard Vole, un irresistible y escurridizo seductor. A Marlene Dietrich, como Christine Vole, le regala las mejores secuencias de su vida para que muestre desvalimiento, frialdad, erotismo (¡con 56 tacos!), desamparo, arrogancia y, de paso, se sobre hablando en slang y disfrazándose de gitana. Cuanto mayor la diva, más enorme es su grandeza. Para no dejar cabos sueltos, a los muy fiables secundarios John Williams y Henry Daniells, les hace repetir, una vez más, sus eternos papeles de probos funcionarios, y a la indefinible y delirada Una O´Connor le otorga un inolvidable interrogatorio con Charles Laughton.
Por cierto, ya que saco el tema de Laughton, tengo para mí que Wilder sabía que si guiando a Power y a Dietrich obtendría las mejores interpretaciones de sus carreras, también tenía claro que conseguiría lo mismo de Charles Laughton quitándose de en medio: “Sin necesidad de indicaciones, Laughton interpretaba cada escena de 20 maneras diferentes”, declaró el director, “y cada una mejor que la anterior”. De hecho, la película gira en torno al abogado gruñón, déspota, desdeñoso, arbitrario, histriónico, caprichoso y honrado. Es una interpretación grandiosa y absorbente, que polariza la película.
Si no fuera porque su visionado puede deprimir a cualquier estudiante y a más de un profesional que intente acercarse a su fórmula maestra, en cualquier escuela de cine se debería ver obligatoriamente Testigo de Cargo, aún a riesgo de dejar fuera a Tarantino y David Fincher, aunque bajaran las matriculaciones.
Pues eso, ¿que quieren que les diga? ¿qué se le va a hacer? ... ¡Peliculón!

Luis de Luis
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