Los deleites nocturnos (2ª entrega). Por Jesús Fernández

II

Conocíamos muy bien a todos los del pueblo
Las semanas de asueto que solíamos permanecer en Port Adue mi hermano y yo eran por lo general memorables y plenamente satisfactorias. Como habíamos pasado las vacaciones en este emplazamiento desde nuestra más tierna infancia, conocíamos muy bien a todos los habituales del pueblo, por lo que nos demorábamos muchas veces en la terraza del bar departiendo con los paisanos del lugar, incluidos los dueños de dicho establecimiento, situado al comienzo del puerto, donde empezábamos la jornada desayunando. Después nos dirigíamos a la playa, que estaba situada a apenas cinco minutos del bar, y allí pasábamos el resto de la mañana, entre baño y baño, compaginándolos con la lectura o con aquellas charlas intrascendentes pero divertidas. Después de comer, o bien nos encaminábamos al paseo marítimo, donde terminábamos cenando en el restaurante de nuestro primo Paul Rigest, o cogíamos el coche para salir a cualquiera de los pequeños pueblos costeros que estaban más cerca, para saludar a los amigos o familiares que teníamos repartidos en ellos. Así era cada vez, año tras año, y aparte de que siempre necesitábamos de aquel sitio después de un invierno por lo general frío y agotador allá en la ciudad, conseguíamos que nunca fuese aburrido, pues las anécdotas de todo tipo se sucedían casi instintivamente. Y es que Port Adue, todos los veranos, tenía la extraña capacidad de atraer a diferentes y curiosos personajes de todos los rincones del país, lo que originaba una fuente de situaciones ingente y apasionante, fuera de lo normal en cualquier otro lugar de retiro.

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Y allí me encontraba con Brian cuando arranca la incalculable historia que le relataré a continuación. Fue hace dos meses, y empieza el primer día de nuestra estancia en el pueblo. Recibimos con satisfacción la llamada de Paul, que nos daba la bienvenida un año más al aroma y los colores inconfundibles de Port Adue, en el barrio de Las Margaritas, invitándonos a acercarnos a su negocio esa misma tarde. Se le notaba su habitual tono alegre, cálido y distendido. Además de charlar con él delante de unos buenos tragos de ginebra, comentar las novedades desde del último verano y preguntar por los allegados comunes tanto de Boston como de allí, subrayó su interés por presentarnos a un nuevo amigo que se había instalado en el hotelito que estaba justo encima de su restaurante, en la primera planta, y que se había convertido en frecuente junto a la barra del bar que tenía nuestro primo en el lado izquierdo del local, según se subía la pequeña escalinata de mármol. Al parecer era un tipo interesante, aunque no exento de extravagancia y peculiaridades. Su nombre era Robert Poole, un escritor “de culto” y “todoterreno” que había publicado siempre con relativo éxito diversos estudios bastante bien considerados y de lo más variopinto. Los había sobre las especies marinas menos conocidas o los accidentes geográficos más inusuales, además de novelas decadentes y alguna que otra concesión a obras más alimenticias.

Poole era un tipo delgado, de pelo entrecano y tez morena. Aparentaba no obstante unos cuarenta años, y las arrugas que flanqueaban ambos lados de su rostro, junto con el tono afligido e intranquilo de sus gestos, dejaban entrever un cansancio y un aire preocupado en exceso acusados, quizá producto de una vida desordenada. De mirada inquisitiva, que nos pareció a mi hermano y a mí incluso impertinente, hablaba con decisión, aunque noté un leve nerviosismo en el deje que me pareció chocante y hasta cierto punto sugestivo. A pesar de todo ello, era un tipo de modos correctos y educados que se sostenían en una conversación erudita ciertamente agradable. Pero también era un hombre asustado.

De todo ello pudimos dar cuenta en la cena que nos organizó nuestro primo, a partir de las nueve. Tras intercambiar opiniones sobre cuestiones de lo más dispares, el señor Poole pasó a confesarnos el motivo principal de su retiro en este apartado lugar de la costa. Había vivido una experiencia única que le había trastornado lo suficiente para sentirse perseguido por fuerzas ocultas, por presentimientos obscenos provocados por un horrible encuentro, hacía relativamente poco tiempo, en un término aislado de una de las cordilleras menos horadadas junto a la frontera con el estado de New Hampshire. No se sentía seguro en la gran ciudad, y también se sentía intimidado en áreas con grandes superficies boscosas cerca. Por ello había optado por un pequeño pueblo pegado al mar, donde se respirara un tipo de ambiente totalmente diferente al del interior, y tras varios tanteos en diminutas localidades del sur, había recalado en Port Adue, un paraje que parecía haberle satisfecho lo suficiente, dado el récord de estancia que había adquirido con respecto a las demás poblaciones donde apenas pudo resistir unos días.

- Creo que se está yendo algo por las ramas, señor Poole –saltó mi primo Paul, con su acostumbrada entonación afable, viendo que su huésped tardaba en concretar la exhibición del relato-, le gusta mucho adornar con palabras atractivas lo que debería contarnos de una forma más directa, más...

- Descarnada –puntualizó mi hermano Brian-. Estoy de acuerdo con mi primo: si tan extremo y fulminante fue aquel acontecimiento, no creo que sea el lenguaje literario el más apropiado para convencernos de la veracidad de lo ocurrido.

- Para mí que estáis siendo demasiado meticulosos con nuestro amigo –espeté-, si él considera que ésa es la mejor forma de presentarlo, es muy irrespetuoso por vuestra parte forzarle a contarlo de una manera que, ante todo, adule vuestras expectativas narcisistas.

- Al grano; creo que ellos tienen razón –respondió Robert Poole, dirigiéndose a mí con acento avenido pero temerario-. Nuestras vidas son a menudo pequeñas epopeyas inofensivas en sí mismas, pero hay ocasiones en que incluyen capítulos sombríos que las alteran más allá de lo concebible y llegan a jugar seriamente con la propia razón, logrando incluso cuestionarnos nuestra normal percepción -esa película tan frágil en sí misma- frente a la luz del mundo que nos atrevemos a dar la mayoría de las veces por sentado.

Y así fue cómo alcanzó a extirpar la criatura que gritaba por salir de dentro, desgranando paso a paso, en un giro acusado, los pormenores de una peripecia primordial que nos llegó a sobresaltar por su manera abruptamente sutil de narrarla. La descripción atormentada de los hechos, trufada con momentos de delirio verosímil y serenísima sobreexcitación en los que, sin embargo -como coincidimos después los tres-, no percibimos ni de lejos atisbos de locura, no nos dejó en absoluto indiferentes, sino todo lo contrario, pudo catequizarnos con una sensación de desasosiego e impaciencia de la que no logramos recobrarnos fácilmente en varias semanas. Sentíamos apuro sólo con aludir someramente a aquello, como si existiese una ley irrefutable y dominadora sobre nuestras mentes que tuviese el poder de conquistarlas y vencer sobre una posible exteriorización común.

De hecho, y tras separarnos notablemente turbados de mi primo y aquel forastero, advertí enseguida, y de manera absolutamente íntima cómo, por ejemplo, mi hermano empezaba a mostrar un inusitado desapego hacia todo lo que tenía que ver con el reino vegetal, cuando había sido hasta ese momento una de sus principales fijaciones y motivo de desmesurada atracción y cuidado tanto en la urbe como en nuestro tradicional lugar de descanso. Mandó retirar esa misma noche, antes de acostarnos, todos los tiestos interiores y floreros, además de ordenar peinar los días posteriores las enredaderas que habían avanzado y colonizado tanto paredes como ventanas de nuestra casa, y cuyo crecimiento y belleza habíamos pretendido y admirado con tanta frecuencia, siendo incluso pretexto para la visita de muchos de nuestros vecinos, interesados en los particulares métodos de conservación que desplegaba en ellas mi hermano, verdadero maestro en el arte de la herbaria casera.

Yo, por mi parte, tuve que aceptar dificultades inéditas en mí para abrazar con normalidad el sueño, revolviéndome constantemente entre las sábanas, soltando en voz alta frases extrañas sin aparente sentido, vislumbrando en la oscuridad imágenes espeluznantes, transformaciones en figuras perversas de algunos de los más amados objetos que adornaban mi habitación, obligándome a encender la luz y entretenerme con algún libro o anotando en mi diario ideas confusas y malditas. Además, como supo confiarme algún tiempo después, mi hermano también pudo dar cuenta desde esa misma fecha de nuevas manías que acaparaban mi comportamiento. Racionaba mucho más mis salidas al exterior, y podía llegar a reaccionar violentamente si alguien insistía en pasear o desplazarnos a entornos poco habitados, cuando había sido una de mis máximas aficiones hasta entonces. Dejé de proponer nuevas rutas y excursiones, cuando había sido un consumado especialista en organizar itinerarios cada vez más específicos y originales.

Pero nuestras temibles conjeturas ya habían tomado definitiva carta de naturaleza al día siguiente de ese primer encuentro con Robert Poole, cuando volvimos a encontrarnos con él en la taberna emplazada al comienzo del puerto. Su andar dificultoso, apreciable ya desde la lejanía, nos trajo nuevos augurios demasiado reveladores. Insospechadamente, nuestro contertulio parecía haber envejecido en unas horas lo que debiera haber acusado en un par de lustros. Aquella determinación en su plática de unas horas antes, había desaparecido para dar paso a una tartamudez manifiesta que rozaba el patetismo absoluto, cuyo punto álgido desembocó al tratar de apaciguarnos absurdamente sobre su estado claramente oprimido. Sentimos temor por un vuelco inesperado en su salud. Pese a ello, instantes después, lograba zafarse de nuestro interés al respecto. La revisión final de su última novela y una molesta ráfaga de viento que parecía haberse levantado tan sólo desde su estricto apercibimiento, nos imposibilitó a mi hermano y a mí para sonsacar a nuestro conocido más información, al menos más pistas sobre la situación incierta en que parecíamos sumidos en aquel periodo los allí presentes. No volvimos a verle jamás por el pueblo.

*          *          *

El funeral de una amiga común
El siseo del despertador zarandeó brutalmente mis sentidos. Fue el penúltimo día de verano, cuando nos vimos obligados Brian y yo a interrumpir de forma repentina nuestras vacaciones y regresar a Boston para asistir al funeral de una amiga común, fallecida dos días antes. Aquella tragedia nos había sumido en un estado de exaltación exacerbada más abultado todavía que el que ya propiamente llevábamos en nuestra desesperación de las semanas anteriores. Salté de la cama y logré reunir y colocar escrupulosamente en unos pocos minutos todo mi equipaje sin apenas darme cuenta. Afuera me esperaba Brian, que ya llevaba sentado al volante hacía rato con un semblante harto taciturno y abatido. Nos pusimos rápidamente en marcha, sin apenas dirigirnos más que unas frases de cortesía y sin llegar a presumir en absoluto que nuestro recorrido hacia la ciudad sería más azaroso de lo habitual.

Los primeros kilómetros fueron sosegados y nos permitieron relegar a un segundo plano las turbias prácticas en las que nos habíamos visto sacrificados. Estacionamos sin problemas en algunas comarcas asiduas a la sempiterna cita anual de partida y retorno. Empero, el último trecho, a unas cien millas de culminar nuestro éxodo, nos fue orientando hacia el alarmante temporal que se extendía detrás de las montañas de Statton, hacia donde pretendíamos adentrarnos. Sin solución de continuidad, y cuando quisimos darnos cuenta, nos encontramos sumidos en una lluvia torrencial, animada por el fastidioso aliento de una feroz ventisca que hizo peligrar la estabilidad de nuestro vehículo. La civilización parecía haberse esfumado por culpa del aguacero, pues no llegamos a distinguir vestigio alguno de vida humana o animal con la que sentirnos medianamente identificados a ambos lados de la carretera o dentro de la misma. Era necesario tomar una decisión de urgencia tal, que se acrecentaron y colisionaron los ánimos encrespados entre los dos. Sin embargo, en mitad de aquel azote de los elementos, tanto externos como internos, logramos conquistar un atisbo de serenidad que nos permitió controlar lo suficiente todos los impulsos desatados como para acertar con un camino alternativo que alejara el peligro en que nos veíamos envueltos. Recorrimos así varias millas de una autovía solitaria donde el temporal no parecía presentarse con tanta violencia, y al final de una larga recta pudimos saludar unos tímidos rayos de sol que anunciaban un mediodía desencajado, que nos arrastraba a su regazo y ahuyentaba las nubes furiosas.

Pese a ello, nos encontrábamos perdidos. Habíamos realizado varios giros sobre caminos de un parecido casi asfixiante, que nos llegaron a despistar por completo. Brian, con las prisas y el desconcierto general en el que se encontraba sometido en aquel tiempo, había olvidado  el mapa, suponiendo inconscientemente que quizá no lo fuera a necesitar en absoluto, pues el trayecto que habíamos iniciado aquella mañana era de sobra conocido por él, de tantos años como lo veníamos utilizando; no así los términos circundantes, bañados en su mayor parte por las escasamente habitadas superficies que las constituían. Seguimos circulando a una velocidad muy reducida, como haciendo tiempo para que a alguien que por allí transitara le diera tiempo a reconocernos y hacerse una idea muy definida de la situación en que nos hallábamos.

Así pasó bastante tiempo, la carretera serpenteaba cada vez más, de manera insidiosa e inaguantable, mientras nos íbamos adentrando en un territorio exuberante de follaje retador que estiraba sus miembros como pretendiendo asirnos coléricamente, gracias al impulso del cierzo que por ellos se filtraba. Todo ello alternado con rachas lluviosas que volvían a anunciarse y que hacían del paisaje un lugar molesto y desolador. El paso del tiempo desfilaba de manera vertiginosa sobre nosotros, cuando nos dimos cuenta que se hacía la hora de la comida.

Paramos junto a la única vivienda que pudimos localizar: una vieja capilla abandonada y pegada a la calzada, que parecía el hogar de algún ermitaño ya expulsado de este mundo. Allí pudimos dar cuenta de los escasos alimentos que nos había dado tiempo a preparar en Port Adue. Fue entonces cuando reparé por primera vez en el nuevo semblante que ostentaba mi hermano. Era su rictus, uno que jamás había observado antes en él, y un aprieto a la hora de comunicarse conmigo que me dejó helado, y que me recordó por un instante otra conducta no muy pretérita que me exigía desconfiar. El acento era diferente, con un eco que me produjo un escalofrío fulgurante. También interpreté en su actitud unas ansias inesperadas por finiquitar el almuerzo cuanto antes y salir enardecido de aquel refugio, respirar aire fresco; ambiciones expuestas con algún movimiento antipático no muy propio de personas. Fue tan sólo durante un breve lapso de tiempo, el suficiente para incomodarme a partir de ese momento, alentado por el espacio penumbroso en el que estábamos rodeados y donde uno podía elucubrar con inminencias palpitantes. Sin embargo, hice todo lo posible por no llamar la atención hacia ese arrebato en mis suposiciones. Al terminar, intentamos ponernos de acuerdo y decidir qué dirección tomar. Si seguir adelante o dar la vuelta e intentar desandar nuestros pasos y atinar con la autopista hacia Boston. De cualquier manera, éramos conscientes de la absoluta ausencia de carteles o señales que nos indicaran la situación exacta o aproximada en que nos movíamos, lo que hacía todo muy difícil y mortificante. Nos pusimos de nuevo en marcha sin mucha fe, y probamos diferentes opciones, pero parecíamos insertados sin solución en la campiña de algún planeta extraño e imprevisible que se alzara sobre éste, sacudiendo a capricho con sus manos nuestras energías. Su regazo se adhirió a todo lo que nos bordeaba, advirtiéndonos de la llegada de la noche, inexorable y hosca.

Afortunadamente, en el maletero de nuestro coche habíamos incluido una vieja tienda de campaña desgastada que nos serviría para pasar aquella oscuridad algo protegidos del frío nocturno que ya se pronosticaba. Ahora sí que no oteábamos ninguna casa donde poder resguardarnos, por lo que no nos quedaba otro remedio que plantar nuestro cobijo provisional en un costado de la carretera, en un desvío que abría un paso estrecho hacia un bosque negro y hermético como el sueño eterno.

Apenas el rumor de una lechuza solitaria ponía sonidos a aquella naturaleza desapacible. El viento parecía haberse acostado ya, y sólo el silbido de su hermana pequeña, la brisa, coleaba para los dos. Logramos montar la tienda no sin esfuerzo y una ridícula discusión en medio, centrada en mi obstinación por mantener encendida una pequeña lámpara que nos daría la única claridad y el excepcional calor que, a mi juicio, necesitábamos en unas condiciones preocupantes y sombrías como la noche que nos ceñía. Discusión que logró sofocarse gracias a las ganas que teníamos ambos de descansar y pasar de largo lo mejor posible aquel día inoportuno.

Serían alrededor de las dos cuando mi hermano, sorpresivamente, se incorporó de la cama eventual que habíamos armado. Recuerdo que lo sentí como una descarga incontrolada y vehemente. Entorné todo lo que pude los ojos para escrutar sin ser descubierto lo que estaba pasando, pues aquello no parecía augurar precisamente cosas buenas. Tras aquel primer impulso, Brian respiraba presuroso sentado junto a mi, dándome la espalda. No obstante, inclinaba su cabeza a los lados como esperando la llamada de algo o de alguien, hasta que se giró hacia mí con una expresión que nunca podré olvidar y que me produjo una sensación de espanto y aversión inconcebibles, hasta tal punto que creí ver en mi hermano alguien completamente desconocido, algo así como un demonio esencial trasplantado a su cuerpo. Asimismo apretaba la mirada, que conjugaba amenaza y resentimiento a partes iguales. Tuve la intención de hacer frente a aquella situación tan desagradable en un primer momento, porque bien podía ser que sólo estuviera sufriendo alguna fiebre en mitad de un raro sonambulismo y yo pudiera atajarla con prudencia, pero me las compuse para conservar la calma que aún me quedaba y seguir haciéndome el dormido. Algo, por otro lado, me decía que debía actuar y evitar quizá una tragedia que avisaba con desdoblarse en todo su esplendor, pero decidí esperar acontecimientos.

Éstos llegaron apresurados, como manotazos que luchan por sacudirse la negrura circundante. Mi hermano parecía apremiado por un reclamo que yo no lograba detectar y que empezaba a ofuscar mis sentidos hasta forrarlos de un insólito desamparo. Noté cómo salía de la tienda y se deslizaba con pisadas firmes sobre el barro y la abundante hierba que guerreaban para protagonizar la superficie del bosque. Fue en ese momento, con los ojos todavía cerrados, cuando sentí algo rozándome la cara, como un alambre que se iba dividiendo en varios, coronados en sus extremos por protuberancias como de terciopelo y que parecían emitir chasquidos sordos. Así quedé unos segundos, impotente para rechazar aquello, subyugado incomprensiblemente por el magnetismo insano que no me atrevía a averiguar con los ojos, por miedo a convivir con algo aborrecible bajo los destellos del candil que tenía a mi izquierda.

No recuerdo si esa manifestación había terminado de acosarme cuando abrí los párpados para acoger sin remedio al horror. Pero, una vez despejados del todo, aquello que me había hostigado mansamente no se estableció tras una primera ojeada exhaustiva alrededor de la tienda. Parecía una broma, una burla sádica que algún ente cruel querría haber derrochado a mi costa. No había nada junto a mí, únicamente las mantas que me arropaban a medias y las paredes plastificadas que me incomunicaban de más riesgos aún sin explorar. Estiré mi cuerpo hasta la entrada, procurando abrir ésta con todo el sigilo del que era capaz, con el objetivo de no ser descubierto y poder investigar lo que sucediese afuera. Mi hermano parecía haber desaparecido del todo, dejando no obstante alguna huella inequívoca en los primeros metros según se salía de la tienda.

Me levanté y troté con el cuerpo ligeramente encorvado hacia las fauces del parque, hasta llegar a un árbol hercúleo cuyo grosor me daba garantías de permanecer escondido e indagar sin ser visto. A espaldas de su tronco –el cual no me atreví a tocar por un miedo incontenible que me embistió de veras y me contuvo extraordinariamente ante mi sorpresa- y muy cerca de sus pies, se expandía un barranco no muy profundo, pero sí considerablemente extenso, haciendo las veces de claro en aquel bosque y anegado por la pálida brillantez de la luna, cuya efigie parecía acodarse sobre una única nube cercana que vagaba a esas horas por el cielo. Allí, casi en el centro de aquella hondonada apenas moteada por unos cuantos arbustos famélicos, podía observarse un bulto destacado en el suelo y como retraído en sí mismo, que bien podía parecer humano desde mi punto de vigilancia, pues parecían discernirse desde la lejanía ropas que lo vestían y que bullían de manera ostensible con la brisa. No dudé un instante, y corrí hasta ir acelerando el paso desesperadamente, pues según me aproximaba a aquella forma, más parecía posarse en mí la certeza de que podía ser Brian, cuyo atuendo creía ir reconociendo. Parecía agachado y en posición examinadora a su vez sobre un hoyo que era tapado en su mayor parte por el cuerpo. Segundos después, ya delante de él, la evidencia terminó de refrendarse. No había duda, se trataba de mi hermano, cuya cabeza se retorcía medio-hundida en el fango, luchando con unas zarzas incipientes que la aferraban contra el piso, como pretendiendo absorberla hacia un sub-mundo ignorado por los hombres y dispuesto a tomarse un nuevo partidario esa misma noche. Aquellas malezas respiraban, forcejeaban, mostraban unos dientes puntiagudos sobresaliendo de entre el lodo, mezclando su rictus de autoridad ancestral e ignota para los habitantes de este mundo con los gruñidos de pánico que profería lo que ya quedaba de aquel extremo corporal. Brian se revolvía, y me escudriñaba como objetando un auxilio en mitad de aquella cruda y descompensada batalla. Creo que me quedé paralizado, sin llegar a reaccionar para nada, permitiendo con agobio cómo la cabeza de mi hermano era devorada por una entidad abominable que progresaba alrededor de la silueta familiar y que iba transformando su complexión en un monstruoso amasijo vegetal, de una engañosa magnificencia.

Detrás de mi algo se movió en esos precisos instantes. Intentó engancharme por el cuello. Parecían extremidades duras, anudadas como las cortezas de los árboles, despidiendo una fragancia hipnótica y seductora. Con todo, mis impresiones incómodas y el terror que ya llevaba dentro, me decidieron a escabullirme, tropezar y rodar por la hondonada que parecía oscurecerse llenándose de decenas de plantas, todas ellas de clases y formas que yo jamás había previsto o figurado, y, seguramente, tampoco la imaginación más desbordante de nuestra sociedad a lo largo de los siglos. Huí, huí muy lejos, mientras lloraba la pérdida de mi hermano.

Lo demás es de sobra conocido por usted, doctor Reeves. Después de mucho caminar sin rumbo alguno, fue cuando los dos encargados del mantenimiento del centro me trajeron a esta su colonia donde vivo desde hace quince días. Esta es mi experiencia y mi relato es la excusa, la justificación por la que decidí hace una semana saltarme las medidas de seguridad del sanatorio y buscar aquel lugar donde dejé a Brian debatiéndose con una raza nueva y majestuosa. Lugar con el que me reencontré y en el cual rastreé algún indicio de mi hermano, pero sin logro alguno.

A pesar de lo quizá pueda usted pensar, no estoy loco, y perjuraré siempre que lo que acabo de contar es cierto, tan verídico como que existen los días y las noches. Es más, en mitad de estas últimas, a diario, he podido ver desfilar, desde la ventana de mi habitación, en el huerto que tengo enfrente, signos demasiado innegables de que no es necesario buscar a través de las sendas lindantes, río abajo, donde creí perder a Brian para siempre. Intuyo, entre reflejos de luces y sombras que penetran en un hipogeo de insolentes brotes, incorporado a su flamante atuendo de aguijones y enramadas, la nueva ley que sustenta y conmueve a Robert Poole y del mismo modo a otros. Sus rasgos recién estrenados, que parecen aguardarme con pasmosa templanza para guiarme y traspasar una frontera que me llevará hacia el bando tentador, son los resortes que espolean mis inmediatos argumentos. Porque si centro mi atención, entre los terrenos hollados durante el día por los individuos y las demás variedades mortales, puedo ver consolidada una provincia insondable rebosante de maravillas distintas e imperturbables, al calor de su propio entusiasmo, ajenas a la decadencia, dispuestas a perpetuar y extender sus planes, a convertirnos a los que aún no estamos convertidos. Pero la acción se volatiza con el alba y recobro el desvelo, si bien ahora las expectativas se han renovado en mí. Creo que he topado al fin con un resquicio donde obtener el premio a una vida cabal. Las irradiaciones del sol y la luna ya no me parecen admirables. Las montañas que contemplamos, los arroyos donde nos recreamos, los valles donde un día nos descuidamos libremente, las flores que olemos y con las que en otro tiempo tanto me embelesé, ya no despiertan en mí sino la más absoluta indiferencia. Ahora sé que hay otra creación, otra naturaleza que me espera, que se está adelantando y a la que me debo desde no sé muy bien cuándo. Hacia allí quiero ir, porque en ese lugar seguro que encontraré a mi hermano y beberé de una noción definitiva. Sólo me separa un cristal que obstaculiza estas ansias, este deseo de dilucidarlo todo, de desentrañarme a lo más indispensable, a lo que quizá una vez fui o a lo que me corresponde desde ahora pertenecer.

Por eso le escribo estas páginas: porque si mis propósitos llegan a buen puerto, que quede testimonio de la verdad, de una enunciación de la misma. Y si fracaso, oh, perdóneme, doctor, perdóneme y asístame en la agonía, en la singular clarividencia en la que me hallo preso. Caeré a ese lecho y quizá no podré volver a contar ni un poco.


Julio 2004 (1ª parte)
                                                                       De Septiembre 2004 a Marzo 2005 (2ª parte)

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Jesús Fernández es músico y caballero literario. Icono generacional a su pesar. Ha tocado en formaciones míticas del pop madrileño como Criaturas Celestiales. Pese a las insistencias de algunos editores, se resiste a hacer públicos sus poemarios. Junto con Ahmed Moussa, Bittor Agitado y Miguel Gil, ha fundado el grupo Sector de Agitadas, pop sin fisuras de trasfondo misterioso y cierto aire melancólico.
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