Los deleites nocturnos (1ª entrega). Por Jesús Fernández

Creí que era víctima de un terrible peligro, y salí disparado de aquella habitación...


I

Héroe regional a su temprana edad
Conocí a David Lamphere por carta hace justo tres años. Contacté con él por este medio debido al asombro inevitable que en mí se había originado gracias a sus cortos pero sugerentes y reveladores artículos que habían salido publicados en la revista de botánica “Hyoscyamus Niger”, con sede en la ciudad de Boston. Su verbo atrevido, puntilloso y extrañamente espontáneo y sus teorías audaces y astutas me habían fascinado, con el añadido de los comentarios procedentes de fuentes cercanas y fiables para mí, que habían tenido la oportunidad de verle en persona en algún coloquio ocasional, confirmándome lo convincente de su oratoria, sólida y elocuente. A su temprana edad –escasamente dieciocho años recién cumplidos-, había tenido la osadía de poner en jaque a toda la comunidad de expertos del estado en lo que a materia de histología se refiere, y se había convertido en un héroe regional, blanco de las más duras y excitantes controversias en los círculos intelectuales y afines, no dejando en la práctica a casi nadie indiferente a la hora de tomar partido, de opinar, sobre aquel “niño prodigio” y sus evoluciones en el ya por entonces asentado rotativo.

Una breve pero jugosa y realmente cordial correspondencia me decidió a visitarle pocos meses después a la casa de campo donde él vivía, a las afueras de Karlingston, algo más allá del corazón del bosque de Vermini, al norte de la región. En sus cartas no había dejado entrever ni por asomo esa indolencia, ese despotismo ya tan famoso que por entonces le habían adjudicado sin remedio algunos de los que le conocían (o creían conocerle), y se mostraba conmigo en cambio tremendamente atento, suave y comprensivo, siempre dispuesto al diálogo constructivo y a mostrar un interés respetuoso y razonable por la más nimia observación, aunque fuese banal o reiterativa.

A decir verdad, tenía venia asegurada, pues mi estudio editado algunos años antes en forma de libreto en el más puro estilo didáctico, pero ante todo alegórico, sobre los bosques persuasivos, como no cesaba de repetirme a la menor ocasión, le había impresionado como pocos en su corta pero provechosa existencia.

Para hacer aquel viaje en el que tuve que cruzar una buena parte del país de sur a norte, esperé a la caída de la tarde, cuando cubre el cielo un aparatoso manto violeta, poblado de rugosos tirabuzones, últimas nubes que preceden a un verano severo y diligente.

Mis compromisos de aquel día del mes de junio no me permitían iniciar dicho viaje a una hora más apropiada, y como tampoco llegué a encontrar la posibilidad de conseguir un medio de transporte medianamente cómodo y rápido para emprenderlo a la mañana del día siguiente, envié una nota casi de improviso dos días antes a mi inminente anfitrión solicitándole permiso para presentarme en su hogar el viernes, con la medianoche. En realidad el permiso tuvieron que aprobármelo su tío materno William y la institutriz de aquel, las personas que, por lo visto, oficiaban de progenitores de manera férrea por expreso deseo de los padres naturales del joven tras la muerte de éstos escasos años atrás, pues aunque David poseyera a esas alturas y carácter y personalidad suficientes para dirigir su vida con total solvencia, pesaban aún demasiado las indicaciones dejadas en testamento hacia su único hijo.

*          *          *

El camino que acabábamos de recorrer
El coche que alquilé se detuvo a unos cincuenta metros de la casa, ya que ahí terminaba el camino que nacía en una de las orillas de la carretera principal. Delante de nosotros (me acompañaba el chofer del vehículo) crecía una prominente vegetación que se percibía agreste y que apenas dejaba vislumbrar el piso más alto de la residencia de los Lamphere. Me apeé del coche y recogí los contados bártulos que había traído conmigo. Esperé a ver cómo el automóvil daba media vuelta y se perdía entre los árboles frondosos que cubrían en su mayor parte el camino irregular que acabábamos de recorrer segundos antes. Volví a girarme hacia la casa de mi nuevo amigo, una construcción de marcado corte señorial, de muros color arena quizá algo desgastados por el tiempo, y ventanales con formas abombadas a los lados que daban un aspecto cuanto menos extravagante, pero también extrañamente cautivador. Una vivienda que, de lo que me pude percatar, me pareció desde el principio inmensa, y creando en mi una considerable sensación de malestar, de rechazo inexplicable, pese a que realmente se tratara de una mansión atractiva y con seguridad nada molesta para cualquier otro excursionista que se hubiese detenido ante ella incluso a esas horas de la noche.

La luna que había vislumbrado casi a lo largo de todo el trayecto, se había ocultado entre las altas ramas y, mirando al cielo negro, sólo pude saludar a un pequeño grupo de estrellas que parecían haberse acumulado exactamente sobre mi cabeza.

Al llegar junto a la puerta principal, me detuve unos segundos antes de apretar el interruptor. Un detalle casi imperceptible me había inmovilizado como si una fuerza invisible hubiese querido que reparara en algo importante de aquel lugar. Justo a la vez, mientras desde el interior de la vivienda se escuchaban sollozos y lamentos que me parecieron de un patetismo indolente, a mi alrededor podía percibir unas risas histriónicas de edades indefinidas con un tamiz de ironía cruel e incómoda que no sabía de dónde procedían, con la primera sensación en relación a éstas últimas de haber tardado años en dar con su origen si me hubiese decidido a su búsqueda únicamente por mi mismo.

No obstante, resolví llamar no exento de vacilación, abriéndome una criada de edad avanzada, con ojos irritados y habla entrecortada. Tras presentarme, la noticia de la muerte de David consiguió dejarme absolutamente petrificado, sin darme tiempo para reaccionar de forma regular. Debo reconocer que, a pesar de no conocer a mi camarada personalmente, dicho acontecimiento me afectó lo suyo, pues se trataba de un hecho totalmente inesperado para mi que tenía como protagonista a una persona a la cual admiraba, sentía un aprecio extraordinario, y con la que estimaba había iniciado –y acababa de romper sin solución- una amistad profunda y fructífera como pocas.

Tardé unos minutos en recobrarme del anuncio fatal, y mientras la sirvienta me acompañaba hacia la cocina para proporcionarme algún refrigerio que me recompusiera al menos en parte, fue contando el suceso expresándose aún con gran dificultad. Al parecer, David había sido encontrado a primera hora de la tarde del jueves, justo después de la comida, tirado sin respiración en medio de su dormitorio, teniendo al lado, y como curiosidad, la única compañía de un voluminoso ejemplar sobre brujería natural, mientras crecía un olor fortísimo e inclasificable inundando por completo la alcoba. Habían intentado reanimarle mientras esperaban la llegada del médico de la zona, pero éste, en cuanto pudo examinar al joven, diagnosticó rápidamente muerte por paro cardiaco.

Mientras me contaba esto la mujer, aparecieron en escena William Reeves, tío de David, y la institutriz, Margaret Franklin. Ambos fueron también muy amables conmigo, lamentaban haberme hecho llegar hasta ahí para coincidir en un momento tan duro para la familia (no habían tenido tiempo de poder contactar conmigo para comunicarme la noticia) y, a pesar del dolor patente que se dibujaba en sus rostros y la poca predisposición y ánimo tras lo sucedido –lógicos por otra parte-, tuvieron la gentileza de invitarme de todas formas a pasar aquella noche en su casa. Pese a que dudé en aceptar su ofrecimiento, finalmente accedí, pues me encontraba bastante cansado y aturdido, tanto del viaje como de las novedades desafortunadas que acababa de recibir y, sobre todo, porque parecía que no tendría posibilidad de encontrar por allí ningún otro lugar donde hospedarme en varias millas a la redonda.

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Los antepasados de la familia
David era, sin duda alguna, lo que vulgarmente se denomina “el rey de la casa”. Además de los cuadros y fotos de los antepasados de la familia, había algunos retratos de otros parientes actuales, pero de quien más había bajo aquel techo, sin duda, era de David. Y la mayor parte, con un rasgo distintivo: en la mayoría de ellas aparecía con uno o varios libros en la mano o bajo el brazo. Me lo confirmaron las personas que le habían tenido a su cargo: era ante todo un chico estudioso y perseverante, con una fuerza de voluntad fuera de lo común, un amor por la lectura que rozaba casi lo enfermizo, no separándose de sus páginas más que lo justo, y todo ello además aderezado con su gusto por lo solitario, con su carácter difícil, terco y caprichoso para con los demás, incluidos sus protectores. Las fotos mostraban a un chico moreno, de estatura media tirando a baja, mirada profunda y provocativa, amenazante, aunque de regusto algo melancólico. Poco que ver, excepcionalmente, con el único allegado al que pude tratar de soslayo entonces, su tío William: alto, de pelo castaño tirando a rubio, cara delgada y expresión firme y serena.

A medida que avanzábamos únicamente otro de los criados y yo por las escaleras hacia el segundo piso donde estaba situada la habitación en la que dormiría esa noche, y tras haber sido presentado a una serie de amistades de la familia que parecían oficiar de voluntariosas plañideras, comprobé cómo volvía la angustia a mi estado de ánimo. Algo, en lo más profundo de mi ser, me decía que aquel lugar parecía espolvoreado con raras vibraciones, con una inquietud calmada pero intimidante, que parecía acechar en algún rincón indeterminado del edificio. Tras conducirme el anciano en medio de la iluminación poco menos que insinuada que nos escoltaba -aun así con un resplandor que me pareció en todo momento insidioso-, llegamos al cuarto que me había sido asignado para pasar la noche.

Me había quedado por fin solo, y como pareciendo formar parte de un acuerdo estudiado al máximo, cesaron de repente los lloros y cualquier tipo de ruido dentro de la casa, como si hubiese quedado yo en ella como único y exclusivo habitante. Me dirigí a la ventana y la abrí con una súbita ansiedad de la que yo mismo me reconocí altamente sorprendido. Afuera también habían cesado aquellas risas. Y los ruidos de los grillos, que habían sido los primeros en agolparse a mi llegada. El silencio más profundo parecía haberse apoderado también del exterior.

Así estuve durante breves minutos, disfrutando de la brisa veraniega que ahora parecía darme una bienvenida un poco más placentera y que me despojó durante ese intervalo de tiempo de las preocupaciones y recelos asaltados en mi mente momentos atrás.

Recuerdo que estaba totalmente despierto, pero lo que vi a continuación superó con creces las fantasías o pesadillas que algunos hemos podido –o hemos creído- llegar a soñar o imaginar. Fue tan real que aún hoy regresan las imágenes con tanta claridad a mi cabeza de modo que llegan a perturbar peligrosamente mi conciencia y salud mental. Debajo de mi, y frente al primer piso de la casa, se extendía un pequeño jardín formado por hermosos grupos de arbustos agitados por el tímido soplo de la canícula, con flores que me estaban mirando, que me sonreían de una manera cruel y atemorizante. Agracejos, rosas, espinos albares y boneteros con rostros humanos, como formando parte indisoluble de sus hojas, de la manera más natural y arcana, de pleno carnales, que me produjeron, me infringieron una sensación de horror y de repugnancia, pero también de belleza, inimaginables. Un precioso edén que se desplegaba a cada segundo con nuevos elementos demasiado reconocibles y recientes para mi, mostrándome sus dientes y retorciéndose sacrílegamente. Presidiendo aquellos grupos de vegetación diversa estaba David, y no era tan sólo una imagen suya o una ilusión. Él estaba ahí, como fusionado con aquellos tallos, aquellos pétalos, emitiendo aquellas risas insoportables que todavía anidan en mi cerebro, aquella alegría malsana y pavorosa. En medio de sus risotadas infames, se dirigía a mi, me hablaba de sus experimentos, de la ayuda inestimable que había supuesto mi libro en aquel resultado, de aquellos otros tratados prohibidos, del material antiguo y las fórmulas de las que habíamos hablado en nuestras cartas y que no habían podido esperar más para ser probadas. Todo ello con una voz chillona, que taladraba mis oídos, en un lenguaje blasfemo, con una presencia que notaba pegada a mí sin moverse en la distancia, padeciendo cómo aguijoneaba en mi cara, y que me hizo suplicar por el fin de aquella experiencia, que no fue un sueño, pues aún puedo recordarlo nítidamente a la luz del día.

Creí que era víctima de un terrible peligro, y salí disparado de aquella habitación, bajé volando las escaleras en mitad de las tinieblas, me fui veloz y tembloroso de aquella casa, sin echar en ningún momento la vista atrás o hacia los lados, siempre hacia delante, con los ojos apenas entornados para no toparme con ninguna otra sorpresa tan impensable como la que acababa de sufrir, hasta que pude dar al fin con la carretera y dos luces amigas que me acercaron al mundo, a nuestro mundo, y que me alejaron, quién sabe si para siempre, de aquel portentoso infierno innombrable.

Continuará... 
Leer la segunda entrega

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Jesús Fernández es músico y caballero literario. Icono generacional a su pesar. Ha tocado en formaciones míticas del pop madrileño como Criaturas Celestiales. Pese a las insistencias de algunos editores, se resiste a hacer públicos sus poemarios. Junto con Ahmed Moussa, Bittor Agitado y Miguel Gil, ha fundado el grupo Sector de Agitadas, pop sin fisuras de trasfondo misterioso y cierto aire melancólico. Grupo que, por cierto, ya ha abandonado, quizás debido a otras pasiones.
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