La muñeca. Por Ekaitz Ortega

Nunca me he portado mal con ella. Ha tenido una educación, ha sido libre para cometer sus propios errores y siempre he supervisado las decisiones más importantes

Era una chica normal hasta ese día
No me cogió por sorpresa. Soy su madre, yo la crié y esas cosas se intuyen. Ahí tienen las imágenes. ¿Qué puedo decir? Ella cogió el arma y lo hizo. El vídeo es lo bastante clarificador como para que aporte algo nuevo.
Lo supe por la televisión. En casa tengo una pequeña, de esas en blanco y negro. Al llegar de limpiar la encendí mientras me cambiaba y estaban con los avances informativos. Todavía no la habían identificado pero al verla no existía confusión alguna. Cualquiera que la conociese podía haber llamado a la policía, por eso no lo hice. Me senté en la cocina a esperar que viniesen. Cuando iba por el tercer vaso llamaron al timbre y entraron los dos agentes. El teléfono no dejaba de sonar pero no quise coger, no tengo nadie a quien rendir cuentas. No se conformaron con desordenar su habitación; también fueron a la mía, al baño y la cocina. Vivimos en una casa pequeña, no quiero pensar lo que hubiesen tardado en una mansión. Fueron concienzudos ¿Se dice así? ¿Concienzudos? Pues eso. Desde la cocina los veía pasar de un lado a otro, esperaba que viniesen a decirme si la habían detenido, pero ninguno se digno a hablarme. Cuando se fueron encendí de nuevo la televisión y supe que la habían matado.
Mi hija era una chica normal hasta ese día. Creo que antes tenía novio pero no sé lo que pasó con ese chico. Mire, tampoco es que tuviésemos demasiada relación. Me levanto pronto a trabajar y por las tarde suelo quedar con mis amigas para jugar. Ella se hacía la comida y limpiaba sus cosas. Desde que mi marido se fue paso las tardes con mis amigas, no quiero quedarme en el apartamento como otra viuda triste más, todavía tengo 54 años y quiero divertirme. A veces hablábamos o me dejaba notas. Cuando dejó los estudios y se puso a trabajar en el restaurante no le dije nada. A su edad ya era capaz de decidir que era lo mejor para ella. Mientras no se quedase en casa viviendo de mi dinero no me importaba que estudiase o trabajase. Sabía que los estudios no le llevarían a ningún lado, en mi familia no somos demasiado listos. Ella aprobaba, a veces en junio y otras veces en septiembre. Nunca me llamaron del instituto, como mucho tenía que firmar alguna nota o justificante que mandaban. ¿Amigas? Tuvo unas cuantas, creo. El año pasado cuando llegaba a casas a veces me encontraba a una chica rubia, con rizos. Era muy callada. Pero tampoco sé mucho más. Creo mi hija era como las demás, no era espectacular pero tampoco fea, del montón. Pienso que tendría su grupo de amigos, un chico que le gustara, que habría experimentado la vida. Últimamente no pasaba ninguna noche fuera, en eso sí había cambiado, el año pasado había veces que no la encontraba cuando volvía por la noche. Veía su puerta abierta y me metía a la cama. Si podía trabajar y ganar su dinero también podía salir de fiesta y dormir en otras casas. Yo con su edad ya me había ido con mi marido.
Sé que a veces lloraba, hace unos meses estuvo unos días sin hablar y con los ojos rojos a todas horas. Cuando pregunté me dijo que no pasaba nada, supuse que si era algo importante ya me lo diría. Yo la reñí porque dejó de asearse y peinarse, creo que no fue a trabajar esos días. Luego volvió a la normalidad.
Nunca me he portado mal con ella. Ha tenido una educación, ha sido libre para cometer sus propios errores y siempre he supervisado las decisiones más importantes. Conozco parejas que hacen menos que eso, yo le he tratado con mano dura pero flexible.
Antes se llevaba un azote o tortazo, pero un día llegó a casa y me dijo que no la volviese a pegar más. Obedecí. Su tono de voz era fuerte y seguro, sentí un poco de miedo, pero también orgullo de que supiese marcar su territorio. A veces tenía un tono de voz que hacía que obedecieses, se encendía la llama de su carácter y… No sé explicarlo, espero que lo entienda. Por eso digo que no me sorprendió lo que hizo. Bueno, sí, claro, ¿quién se puede esperar algo así? Pero no me es difícil imaginarlo. Mire, cuando vivía mi marido nos dijo que quería tener una hermana pequeña, nosotros contestamos que nos diese tiempo, que primero teníamos que comprar una casa más grande. Para compensarla compramos una de esas muñecas, con carrito y todo, de las que al tumbarlas cierran los ojos. Ella empezó a llevarla a todos lados, cuando salíamos a pasear no podía dejarla en casa, la cuidaba y dormía con ella. Decía que era su hermana. Ya sabe cómo son las niñas. Después mataron a su padre en aquel estanco. Fueron unos meses complicados para las dos. Tenía doce años y no podía dormir bien por las noches, lloraba abrazada a la muñeca. A mí me parecía que aquello no podía ser bueno, ya era mayor para andar con muñecas. Hubo una tarde que se enfurruño y tiró el plato de comida al suelo. Yo exploté y le aticé, hice que limpiase el suelo y grité que dejase la muñeca en paz, que nunca tendría ninguna hermana. Ella dejó de llorar y obedeció. Cuando volví de trabajar al día siguiente no la encontré en casa. Fui a su habitación y tampoco estaba la muñeca ni el carrito, lo que significaba que había vuelto del colegio. Esperé a que volviese. Cuando llegó no traía la muñeca. Pregunté a ver dónde diablos se había metido y me contestó que ya no vería más la muñeca. No dijo nada más, pero tenía heridas en las manos. Fue la primera vez que habló con ese tono de voz. Yo me quedé sin palabras. Eso fue hace seis años y lo he vuelto a ver otras veces. Esa furia. No me extraña lo que sucedió, ella era capaz de hacerlo, por eso no lloré en su entierro.
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