Harlan Coben: Premio RBA de novela negra, 2010

Muerte en el hoyo 18 es una novela tan superficial como entretenida. Se disfruta y se olvida. Harlan Coben narra las consecuencias de un secuestro que tiene lugar durante el máximo torneo de golf, ese tontísimo deporte que mezcla el gua y el billar, para no ser ni lo uno ni lo otro.

Palmadas en el hombro, codazo cómplice
Pues hombre, así, a primera lectura, de algo no me debo haber enterado, pero que la serie de novelas protagonizadas por Myron Bolitar sea la Gran Esperanza Blanca del Género Negro y que en ellas se alojen (se residencien, como dirían los cursis) las Grandes Claves del Policial del Siglo XXI y así; pues hombre, ya digo, yo, con toda la humildad y respeto debidos a los Sabios de la Cosa, no acabo de verlo.
Con la venia: hasta donde alcanzan mis entendederas; yo , aquí, en estas páginas, lo que percibo en una suerte de Ágatha Christie reloaded. Si la Gran Dama del Crimen hacía pulular a sus personajes entre los círculos de la aristocracia rural británica, Coben hace que los suyos deambulen entre las elites del deporte; si aquella utilizaba mansiones Tudor como escenario, éste, exclusivos clubes deportivos; si la Tía Ághata plagaba sus novelas con ingleses excéntricos (¿hay otros?), el Primo Coben lo hace con pirados yankis (¿hay otros?); pero, a lo que voy, mutatis mutandi, transcurran entre brumas de la campiña o entre soles surferos, su manera de novelar es básicamente idéntica. No muy noir que digamos.
En lo que respecta a Muerte en el hoyo 18, Coben utilizando a su trío de investigadores en nómina: el citado Myron Bolitar (un agente deportivo que se las da de Marlowe); Win (un millonario con tendencia a tirar el dinero) y Esme (una especie de chica de todo; para eso es mujer y chicana)
Coben narra las tremebundas consecuencias que tiene un secuestro durante el máximo torneo de golf, ese tontísimo deporte que mezcla el gua y el billar, para no ser ni lo uno ni lo otro.
El mencionado terceto se emplea a fondo, para mayor disfrute de los lectores, en desfacer el entuerto. Desvelan entresijos del mundillo de la alta competición, desgranan chascarrillos varios sobre amaños y contratos de publicidad, sacan a la luz sus traumas –desamores maternos, paternidades ausentes, homosexualidades latentes–, y frecuentan lo mejorcito del hampa californiana, digna de figurar en cualquier episodio de Bob Esponja: guardaespaldas que simulan patadas voladoras, chuloputas que se creen gerentes del Waldorf Astoria y mafiosos que posan buscando su mejor perfil ( sic).
Y todo ello se cuenta con mucho colegueo, palmadas en el hombro, codazo cómplice, frases ingeniosas y abundante jajajiji. Vamos, para que se hagan una idea, durante dos tercios de su longitud la novela viene a ser como Remington Steele pasado por Ross MacDonald. No se si me explico...
Bueno, la cosa cambia en el ultimo tercio del libro, fin de fiesta, una especie de monumental “Tú la llevas” en el que la culpabilidad del susodicho secuestro (y de un par de asesinatos que han ido amenizando la trama) se sucede de sospechoso a sospechoso ya que todos tienen sus motivos válidos y ocultos (paternidades difusas, identidades confusas, inexplicables fortunas) hasta que se la acaba por ligar  el personaje más inesperado, para tranquilidad del lector, que ya podrá respirar tranquilo.
Muerte en el hoyo 18 es una novela tan superficial como entretenida, tan disfrutable desde que se abre el libro, como olvidable desde que se cierra. Méritos todos valorados por esa entelequia llamada Gran Público Lector, a quien la recientísima concesión de la IV edición del Premio de Novela Negra RBA a Harlan Coben pondrá sobre aviso de los dones de la serie de Bolitar. Además, la editorial que lo publica (casualmente la que otorga el premio) se hinchará a vender.
Final feliz.

RBA, 2010

Luis de Luis
Publicar un comentario en la entrada